miércoles, 18 de junio de 2014

"Por una nueva canción"... a tres voces

Era un domingo algo frío y no quería cambiarme de ropa tres veces, así que decidí salir de casa con mi atuendo del siglo XVII. De todas maneras tenía que dar pocos pasos fuera del escenario, al subir y descender del auto hasta encontrar el Pabellón Infantil y regresar a casa, solo eso. 
Durante el trayecto sentíamos que las personas de los otros autos nos miraban asombrados, pero quizás era solo nuestra expectativa de ver sus rostros al descubrir que nos habíamos infiltrado en el siglo XXI desde lejanas tierras. Mi hermano llevaba una camisa blanca con chaleco bordo, medias pantis blancas, zapatos de tacón con cordones, un pantalón corto y un sombrero negro de capitán en la cabeza. Mi atuendo era más sencillo porque simplemente era una música del palacio y no el capitán que con sus hazañas nos llevaría al nuevo mundo. 

Hace ya un tiempo que deseaba ver a mi compañera sobre el escenario, la Feria del libro me dio la oportunidad. Se trataba de una obra teatral para niños;  para no ir sola a un evento infantil, rapté a mi sobrino de su casa solo por unas horas.

Íbamos dos horas antes para tener todo preparado, el escenario era algo familiar porque sería la segunda presentación durante la Feria, pero siempre teníamos nervios, en realidad un poco de nervios. Nos invadía la duda de comprobar si subirse al escenario en papel de actores y músicos al mismo tiempo, sería óptima como las anteriores ocasiones. 

Llegamos a la feria algo atrasados, no quince minutos antes (como de costumbre), sino que solamente cinco. Luego de hacer la común movida técnica de “colarse” a la fila compramos los tickets y entramos. Por fortuna yo ya conocía el lugar exacto en el cual se desarrollaría la obra, así que a pasos agigantados llegamos en menos de tres minutos. En el salón no se encontraba el gentío que yo esperaba, estaba más vacío que colmado. Apresuré al niño en vano.

La prisa me invadía. Había salido tarde de casa y sabía que llegaría tarde a la presentación musical en la cual esperaba encontrar a por lo menos una compañera de la universidad.
Luego de atravesar la entrada a la Feria, estuve a punto de echar a correr hacia el pabellón en el que se estaba llevando a cabo la actividad que yo quería presenciar, cuando caí en cuenta de que no tenía la menor idea de dónde se hallaba mi destino. Era la tercera vez que asistía a la Feria y aún así era incapaz de ubicarme.
Menos mal, no estaba sola. Mi acompañante (mi novio) me sacó de mi apuro y muy amable y rápidamente, me guió hasta el pabellón infantil. 

Teníamos experiencia en poner en escena repertorio con un alto nivel académico y técnico, pero además de todo lo musical teníamos que tener el cerebro pendiente en muchas cosas: memorizar nuestros guiones, saber todas las notas y cortes, recordar que al subirte al escenario ya no eras tú, sino el personaje dentro de la obra, bajar corriendo del escenario por detrás para cambiar de instrumento, saber improvisar en caso que alguno olvide su parte para enlazar con el guión general del relato, no realizar movimientos bruscos para no presionar el botón de off y apagar el micrófono; era como un millón de detalles que parecen insignificantes pero que daban vueltas en el cerebro a cada minuto. 

Sentados esperamos y esperamos, las sillas comenzaban a ocuparse por niños entusiastas y mayores con actitud de viejos. Adelante,  justo frente al escenario,  había un par de filas de sillas pequeñas y coloridas, asientos especiales para niños. Mi sobrino no quiso sentarse con los niños así que se quedó conmigo, yo estaba tentada de ocupar un lugar de niña, más no cabía en él.

Anunciaron que faltaban minutos para el comienzo de la obra. Miré a mi alrededor y pude percibir que el niño sentado a mi lado era el menos exaltado, estaba pálido y dijo que tenía dolor de cabeza. No presté demasiada importancia, los niños son así, pensé. Se apagaron las luces y la función comenzó.

Con la respiración agitada, ingresé al fondo del pabellón, al salón teatral. Como esperaba, la obra ya había iniciado hace quince minutos.

Subirse al escenario era como despegarte del mundo y viajar a otro planeta donde paralelamente sucedían muchas cosas en el que tú eras parte de la historia. Cada escena tenía su esencia y su nerviosismo en particular, porque no era simplemente saber a la perfección lo que tú tenías que hacer y decir, sino estar al tanto de que el otro se podía olvidar de algo y tú podías salvarlo, eso es lo genial de trabajar en equipo. En mi memoria cada escena tenía una frase clave en orden correlativo: cumpleaños de la reina, atentan con cortarnos la cabeza, viaje al nuevo mundo, selva y nativos, regreso al palacio, felices con nuestra nueva canción y fin.  

Tengo pésima memoria así que ya no sé de qué modo exactamente comenzó la obra, en fin entró la reina de España y su fiel servidor. Para ese entonces el salón estaba repleto, incluso había gente sentada en el piso. Luego entró un grupo de músicos, en el cual se encontraba mi compañera, los cuales debían tocar en honor al cumpleaños de la reina. Lo hicieron, mas la reina exigía una nueva canción, motivo que dio el comienzo del clímax a la obra.

Aunque quería concentrarme en la acción en el escenario, lo primero es lo primero, así que estiré el cuello en busca de un lugar para sentarnos (mi novio y yo). Lo encontramos a un extremo de las largas filas de asientos.
Ya acomodados, y con la cámara preparada en mi mano, fijé mi atención en lo que sucedía al frente. Un grupo de personas, vestidas con ropas que me hicieron pensar en Cristóbal Colón, dialogaban entre sí. Cada una de ellas (y entre ellas estaba mi compañera) llevaba un instrumento musical en sus manos, y todos los instrumentos tenían forma de la flauta dulce que yo usaba en el colegio, pero algunos eran más grandes y otros más pequeños. Cuando yo me daba cuenta de este detalle, los personajes presentaban los nombres y cualidades de sus instrumentos. Y fue así como me perdí en la obra musical.

Creo que debo hacer un paréntesis para destacar la calidad de la presentación musical dentro de la obra, los actores tocaban distintos tipos de flauta, y lo hacían con gran habilidad. Lo cual le dio un plus a la presentación, puesto que atraía aún más la atención de los niños.



Dulces melodías llenaban la estancia, los personajes aparecían en diversos escenarios, tocando sus instrumentos. Un barco, una jungla, un palacio, todos eran testigos de la música.
El público, absorto, escuchaba. Tanto niños como adultos tenían su atención puesta en la historia representada, que se resume en la búsqueda de un grupo de músicos por una nueva canción, a petición de la reina.

Justo cuando los músicos se dirigían rumbo al nuevo mundo para hallar nuevos ritmos musicales, una vocecita me dijo: Me duele mucho la cabeza, quiero irme a mi casa. Eso fue todo, me quedé con la obra a medias, justo cuando se ponía más interesante, supongo que el raptado no se identificó con la raptora.  





La obra me permitió relajarme y divertirme, acompañando la música con palmas y presenciando cómo los actores invitaban al público a bailar.



Y al final de la misma, cuando los músicos le presentaron sus hallazgos a la reina, no pude evitar sonreír al escuchar ritmos típicos de mi país animando el ambiente.







En general nunca reconocía a nadie del público, sabía que había muchos niños y personas porque cuando observaba al horizonte mientras actuaba detectaba una mancha parecida a una multitud de rostros. Mi mejor momento era la segunda venia cuando volvía a ser yo, abría los ojos para mirar fijamente al público y podía sonreír todo lo que quería.




Mucha gente desprecia a su país (me refiero a Bolivia), hablan mal de él (es cierto que a veces lo hacen con razón) y lo hace menos, sin apreciar lo que tiene. Mucha gente sueña con irse de su nación, porque la situación aquí no les gusta, porque no hay progreso, por la mala dirección política, etcétera, etcétera, sin darse cuenta de que si los bolivianos mismos no apoyan a su país ni hacen algo por mejorarlo, nada va a cambiar.
"Por una nueva canción" me gustó mucho, porque exhibe un poco de la cultura boliviana a través de la música, permitiendo apreciar una forma de belleza nacional y que las personas se den cuenta  que no todo aquí es malo, que hay cosas de las cuales enorgullecerse.