viernes, 30 de marzo de 2012

WG, Episodio 27


Solo podía pensar en encontrar a Valeria cuanto antes para romperle los dientes, metérselos por el culo y luego introducir el brazo por su boca hasta llegar al estómago, recuperarlos y usarlos como instrumento para arrancarle los ojos y mearme después en las cuencas vaciadas. Tenía que volver a la clínica y darle su merecido a esa furcia del este. De repente me vino a la cabeza la idea que había algo importante en mi maleta: los papeles. Valeria, o como se llamara, preguntaba por unos papeles que supuestamente tenían que estar dentro de ella, de la maleta. Los únicos que yo tenía allí eran aquellos restos encontrados en la Teufelsberg que no usé para la hoguera. Abrí la maleta y vacié su contenido sobre la cama. El conjunto apestaba a cierta humedad metálica, barro y mierda que me recordó a la primera línea del frente, aunque nunca había estado en ella, sin embargo, a pesar de revolverlo todo concienzudamente, no había ni rastro de los papeles que buscaba. Obviamente se los habría quedado, ya que parecía que resultaban valiosos para ella. ¿O acaso todo aquello no era más que una farsa en la que los papeles hacían de excusa? ¿Existían tales documentos? ¿Qué importancia podían tener? No recordaba lo que decía en ellos: nombres de personas, listas incongruentes, nada que supusiera algo significativo para mí. ¿Lo sería para ella? ¿Algún mensaje cifrado que yo no era capaz de decodificar? Y sobre todo, ¿por qué me devolvía la maleta? Tenía que encontrarla y pedirle explicaciones antes de aplastarla con el talón de mi bota. Pero lo confieso: me daba miedo. No me sentía capaz de enfrentarme a tamaña arpía. Me daba la impresión de que encontraría la forma de dormirme y volvería a quedar a su merced. Me sentía vulnerable, como si no fuera nada, una hoja que tiembla ante el viento, un cartel de propaganda doblada por una punta esperando a que lo arranque quien quiera. Tenía la sensación de que cualquiera, hasta el insecto más ínfimo, podría hacerme daño. Recorrí la casa de parte a parte en un intento de elucubrar un plan y analizar el medio en el que me movía.

El piso, al igual que en las ocasiones anteriores, se encontraba intacto, como si nadie hubiera pasado por allí. O más bien, como si hubiera pasado por allí un escuadrón de limpieza silencioso, ya que no había ni una sola mota de polvo, nada. El espacio estaba completamente esterilizado. Tanto que desde el salón olía el pútrido tufo que desprendían mis ropas y efectos personales. Cogí el montón y lo metí en la lavadora. Tenía prisa, pero me parecía desaprensivo, fuera de lugar, mantener esa suciedad en un lugar tan pulcro.

Hecho esto, me dirigí sin pensarlo a la puerta y salí escaleras abajo, de nuevo sin saber muy bien hacia dónde iba. Lo normal habría sido ir al Koch Institut para buscar a Valeria y al doctor. Si no la encontraba a ella, cuanto menos conseguiría que este me desvelara cómo me habían localizado y si tenía noticias de Hans-Georg. Sin embargo, ya se sabe, cuando a uno le falla la cabeza tiene que valerse de los pies, y los míos funcionaban de manera anárquica, aun al compás de mis pensamientos. Me encontré desplazándome hasta la estación de metro que me llevaba a la Teufelsberg. No me di cuenta, claro está, hasta que salí del tren en esa dirección completamente decidido y sus cúpulas fálicas aparecieron como único objetivo entre ceja y ceja. No tardé en descubrir las ventajas de hacer el trayecto a la luz del día y con las extremidades en mejores condiciones físicas que la ocasión anterior. Hacía un tiempo mucho más benévolo. Las copas de los árboles habían perdido su manto albuminoso y se veían raquíticas, como nudosos dedos de viejo que señalaran el descarriado camino de las alturas. Por un momento pensé que tal vez Hans hubiera vuelto a su morada habitual. No obstante, no lo busqué. Esta vez entré directamente y subí al piso superior de inmediato, no sin cierta dificultad, dada su resbalosa y apestosa superficie. Tiré de la cubierta metálica que sobresalía de la pared para abrirla, pero la compuerta automática no se activó hasta que me harté de patearla, enervado y desesperado ante la imposibilidad de conseguir mi objetivo. El fogonazo de luz me sumió en un absurdo deja vù. Recordaba haber dejado todos esos compartimentos abiertos, pero ahora no había quien accediera a ellos. Actué como si supiera lo que hacía y golpeé la pared con el puño cerrado, tanteando el lugar adecuado en la oscuridad. Dos golpes me bastaron para que se abriera el cajón sobre mi cabeza. Cogí los papeles que asomaban por encima del raíl de metal y me los metí en el bolsillo trasero de los pantalones sin vacilaciones. No me quedé ni un minuto buscando a Hans, ni tan siquiera grité su nombre, que habría sido lo más lógico. Actuaba con una diligencia inusitada. Me movía una fuerza desconocida y unos motivos más desconocidos aún. Salí como un zombi del lugar y regresé al metro que me llevaba de nuevo a casa.

Cerré la puerta con llave y me senté con cuidado en el sofá. La rigidez del papel sobre mi culo y el ruido que este hacía al doblarse me llevaron a sacarme los documentos del bolsillo y extenderlos sobre la mesa. ¿Por qué demonios había ido de nuevo a aquella torre y actuado como si supiera lo que hacía? ¿Para qué quería esos papeles? ¿No habría sido más lógico buscar ayuda, denunciar a Valeria y encontrar a sus amigos? De repente, sentí un peso extraño en la cabeza, como un imán que tiraba de ella hacia arriba, hacia los lados, hacia atrás, en todas las direcciones a la vez. Los ojos se me iban de aquí para allá y no había manera de controlarlos, pero después, como si de las varillas de un zahorí se tratara, tanto la cabeza como los ojos se dirigieron a la misma dirección: el papel. Estaba claro que tenía que leer lo que decía allí para salir de dudas. Siempre que pudiera comprenderlo, claro está. No confiaba plenamente en mis facultades, aunque hasta el momento tampoco podía decir que me hubieran traicionado, al menos por lo que yo sabía. Me concentré concienzudamente en los caracteres mecanografiados que tenía ante mí, pero por más que me esforzara no podía entender nada.

Date: November 29, 1963

To: Director

Bureau of Intelligence and Research

Department of State

From: William Louis Gowen, Director

Subject: Stassi agents involved with GM, GE and Ford’s CEO

Our Berlin, West Germany Office on November 23, 1963, advised that double agent David Willis from the Department of State, advised that some important agents and directors of the East German Intelligence Office, Ministerium für Staatssicherheit (Stassi), met General Motors German branch’s CEO, Marvin F. Pontiac and Ford Motor Company’s CEO, Lincoln R. Mustang and General Electric’s CEO, John H. Goodlight, in order to disclose important information concerning government plans in city motorways and different infrastructures in order to avoid payment and collaborate for a future contribution in the aforementioned companies’ organization chart.

The consequences of the cited case includes charges of high treason, and ultimately dead penalty, according to the law in force in this Socialist country.

Individual information about their respective movements and activities are attached to this document to ensure availabillity and for the right measures to be taken for any Estate or Federal Agency who may need it.

The substance of the foregoing information was orally furnished on November, 24, 1963, by Mr. William L. Gowen, of the Central Intelligence Office, as member of the party who visited the restaurant Il Trovatore, sited in Zimmerstrasse, 23, East Berlin.