jueves, 8 de marzo de 2012

WG, Episodio 26

Debí permanecer allí un par de horas más. De nuevo me había quedado dormido. ¿Qué me pasaba, que ni tan siquiera la inquietud era capaz de mantenerme despierto? Demasiado razonamiento para tan poca posibilidad de acción. "Atrofiamiento neuronal", lo llamaba el doctor del tercio.

Me desperté al ritmo de los fuertes latigazos que me propinaban en el culo. Una vez despabilado al galope, volvió a repetirse el proceso de los nombres y los golpes.

—¿Dónde está la resta de la información? —gritó poseída por un espíritu de interrogación digno de los mejores servicios de espionaje— ¿Dónde? ¿La maleta?

Yo seguía con la cabeza metida en el vano de la pared, de modo que no veía a Valeria. No veía nada en realidad, ya que las rendijas apenas dejaban pasar la luz a través del papel roto del póster. Se hizo un silencio de más de un minuto, solo interrumpido por los sonidos de exasperación que salían de su boca. Soltó varias imprecaciones en su lengua: ¿húngaro? ¿rumano? ¿polaco? ¿ruso? No, no podía ser ruso. ¿O tal vez sí?

Mi cerebro todavía intentaba descifrar algún código con el que interactuar, allí colgado, sumido en lo que parecía un encuentro con una nueva dimensión, cuando noté que acercaba algo frío a mi ano, probablemente de metal. Al recordar la pera infernal que me había mostrado poco antes el esfínter volvió a cerrarse a cal y canto, haciéndome descubrir músculos que jamás pensé que poseyera. Comencé a advertir una actividad neuronal inimaginable en mi cuerpo en reposo. Creo que incluso Valeria oía el mecanismo de relojería de mis pensamientos. Tenía que decir algo. Pero ¿cuál sería la respuesta que me salvaría del tormento? Estaba claro que no se trataba de nada que yo supiera. La única posibilidad de salvación era acertar improvisando algo, pero la experiencia anterior me decía que aquello no sería posible, que esa mujer esperaba algo de mí que no podía encontrar, que se confundía de persona, que estaba completamente desquiciada y con la mente puesta en empresas que nada tenían que ver con la realidad, sino con una fantasía soñada que le habría gustado realizar junto a mí. La fantasía del espía y la torturadora, tuve que suponer.

—¡No sé de qué estas hablando! —grité con desesperación, intentando sacarla de su hipnosis—. ¡Te estás confundiendo! ¡No soy más que un inmigrante!

—¡Ja! —exclamó ella con sorna— ¡Los papeles! ¡La maleta! gritó para penetrarme seguidamente con ese metal nada auspicioso.

Al parecer había dado una respuesta incorrecta de nuevo.

—¡No! ¡No!

Volvía a gritar, pero de algún modo sabía que aquello no era lo que se esperaba de mí, que aquello no me salvaría la vida en ningún caso, sino que empeoraba mi situación. Mi cabeza tuvo una breve visita en forma de rápida ráfaga: una vaga imagen de las novatadas del ejército. Cuanto más débil te veían más se prolongaba la agonía. La única forma de salir de aquello sería mostrar mi fortaleza de espíritu, valor y entereza; dejar que desesperase en sus intentos, superada por la impotencia.

—¿Dónde está la resta de los papeles que había en tu maleta?

—¿Qué? —pregunté asimismo—. ¿Mi maleta? ¿Qué has hecho con ella, hija de puta?

Respondí esto movido por un instinto primitivo. Me parecía que la maleta era mi única pertenencia, aquello que me caracterizaba como persona verdadera, y que sin ella no era más que un desposeído sin ningún rumbo en la vida. En aquel momento creía que era el único hilo al que asirse, aquello que tenía que defender con uñas y dientes.

—¿Así que empiezas a recordar, eh? Maldito fascista a sueldo del capitalismo. ¡Toma esta!

Introdujo el émbolo con toda su fuerza y dejó que se abriera dentro de mi recto.

Fue un dolor desgarrador, no hay otra palabra para definirlo. Pero duró poco, unos segundos, hasta que volvió a apretar el mango de aquella pera diabólica y su mecanismo dentado se replegó sobre sí mismo.

—¿Hablarás, cerdo? ¿Cantarás, urraca? Solo tengo que dejar ir el mano, y adiós.

—¡No sé que tengo que decir! ¡Soy inocente!

Es desconsolador saber que al principio tuvo un efecto sumamente excitante y que incluso en la posición en que me encontraba tuve una erección involuntaria. Siempre había pensado en la injusticia que supone que alguien a quien cuelgan de una cuerda a modo de pena fatal muera empalmado como si rindiera tributo a su verdugo, y ahora comprobaba en mis propias carnes que significaba una irreverencia contra uno mismo, algo más indigno incluso que el propio castigo al que era sometido. Ni qué decir tiene que aquello surtió su efecto en Valeria, que se abalanzó sobre su presa como si le fuera la vida en ello. Su boca anhelosa rodeó el capullo enseguida mostrando esa impudicia y voluptuosidad que la caracterizaban a la hora de lubricar la zona de manera experta y casi maquinal. Esto pronto la llevó a relajar la mano con la que me penetraba por detrás y hacer que la pera se abriera en el interior de mi recto en toda su amplitud.

Se me bajó todo.

—¡Inútil, inútil de mierda! ¡No vales para nada! ¡Vas a volver al sitio de donde vienes! ¡A la puta mierda!

No tardé mucho en notar el desgarro y sentir como si perdiera toda la fuerza que quedaba dentro de mí. Lancé un último grito de agonía y quedé inconsciente de nuevo.

Cuando volví a abrir los ojos ya no estaba allí, sino en otro mundo. ¿Paraíso? ¿Purgatorio? No podía ser el infierno, sabiendo que ya había estado allí. No, la sensación era demasiado blanda y confortable, demasiado acogedora como para eso. Yacía sobre un colchón cómodo y en una atmósfera limpia, de sanatorio, aséptica, completamente desinfectada. Pero no estaba en un hospital, sino en la cama de mi piso compartido. El dolor de cabeza era terrible. ¿Cuántos días habrían pasado desde el suceso? ¿Qué día sería? ¿Viernes? ¿Cómo demonios había llegado hasta allí? ¿Quién me había rescatado? Busqué en torno de la habitación algo, alguien, que pudiera ofrecerme una respuesta, con la esperanza de encontrar a Hoffmann, a Hans-Georg, a cualquiera que me diera pistas sobre lo ocurrido. Estaba tan aturdido que apenas recordaba nada de cuanto había acontecido hasta entonces. Hice el gesto de levantarme para poner en orden mis pensamientos, pero un mareo con accesos de vómito que casi me llevó al suelo me convenció de que no era una gran idea. Me apoyé en el borde de la cama e intenté incorporarme poco a poco, buscando una posición en la que mi cabeza dejara de estallar, pero no era fácil conseguirlo. Sentía como si una cabalgata de hoces y martillos disputaran una carrera frenética en el interior de mi cerebro, como si tuviera dentro a un incansable John Henry que desafiaba a mazazos la máquina de vapor de mi cabeza. Me bajé los pantalones del pijama que alguien me había puesto y descubrí una especie de pañal que me cubría el culo y los genitales. Quien fuera que me rescatara se había tomado la molestia de curarme las heridas, aunque tenía marcas por todas partes y algún que otro morado. Apreté la zona del perineo para conseguir un diagnóstico certero de mi situación. Dolía. Pero no tanto como para impedirme llevar una vida normal si la máquina de vapor de mi cabeza condescendía. Tenía una sed angustiante que apenas me dejaba respirar, pero no habían sido tan delicados como para dejarme agua cerca de la mesilla. Supongo que no esperarían que despertara tan pronto, aunque tal vez simplemente se les hubiera olvidado. ¿Quién era mi salvador? ¿Dónde estaba? Hans-Georg. Probablemente en la biblioteca. Por la luz que se filtraba a través de las cortinas debía ser de día, las doce del mediodía como mucho.

Tras dos nuevos intentos fallidos conseguí levantarme y llegar hasta la cocina. No podía quitarme de la cabeza la sensación de que tenía que ir a alguna parte. Cogí un vaso del armario, abrí el grifo y bebí hasta dar cuenta de casi dos litros. Dejé que el agua corriera como si fuera el símbolo de mi vitalidad recobrada y puse la cabeza bajo su helado flujo, esperando que resultara igual de vivificante que ingerirla. Lo fue. Al menos hasta que dejé de hacerlo y me golpeé con el grifo al levantarme. Una ducha fría serviría para desentumecerme un poco y limpiar mi cuerpo de todas las aberraciones sufridas hasta el momento. A pesar de la conmoción que seguía sintiendo, volví a la habitación a paso rápido para coger mi bolsa de aseo y a medio camino comprendí que era inútil. Había perdido la maleta. Probablemente se encontraba en casa de una maniaca sexual que disfrutaba restregándose el cepillo con ella y pensando en las torturas que podría infligir en su dueño con solo pronunciar la palabra prohibida. Me daba miedo pensar en esa maldita palabra. No quería dormir más. Parecía haber estado hibernando durante años. Así pues, me saqué el ridículo pañal, entré en la bañera, abrí el grifo a la máxima potencia y dejé que el agua purificadora limpiara mi cuerpo. No quise ni mirar lo que me habían hecho en el trasero. Tenía miedo de volver a desfallecer. Sin embargo, en el proceso de lavado no hubo nada que resultara realmente doloroso. Después de aquello me sentí como si hubiera llegado la primavera, una primavera donde un sol cegador te hace perder el rumbo y fruncir el entrecejo, con rayos que penetran directamente hasta el córtex, pero primavera al fin y al cabo. Volví a la habitación, descorrí las cortinas y quedé estupefacto al ver un bulto junto a la cama de las mismas dimensiones, forma y superficie que mi maleta. Me precipité hacia ella pensando que era imposible que alguien me torturase por lo que había en su interior y luego me la devolviera como si tal cosa.

Algún hijo de la gran puta estaba jugando con la realidad para joderme la vida.