viernes, 30 de septiembre de 2011

EL KIPPEL

Seguramente a muchos de ustedes de pronto les pasa lo mismo que a mí. El ajetreo de la vida cotidiana nos hace acumular cosas y cosas en los rincones de la casa, hasta que algunos lugares se vuelven un caos insoportable. Lo que podríamos llamar muy pretensiosamente “mi estudio” en casa, de pronto se convirtió en el cuarto de los tiliches. Pilas de libros en desorden botados por todos lados, discos y discos amontonados aquí y allá, una buena cantidad de objetos que ocultan su encanto tras una gruesa capa de polvo y todo ello dando lugar a la habitación del caos. Un grito insoportable de las cosas inanimadas me llegaba en todo momento exigiendo una limpieza y orden inmediato. Hacía falta lo que llaman en el programa de UGBS una bermuda. Se estaba dando el proceso de kippelización, un fenómeno incontrolable que consiste en la reproducción espontánea de objetos y cosas que han sido abandonados, o que nadie los utiliza desde tiempo atrás.
Así que me puse el viejo pantalón de faena y una playera descolorida, tomé una franela y con el valor de un guerrero medieval me di a la tarea de enfrentar aquél monstruo de mil cabezas.
El proceso fue largo, muy largo, tan largo que pasé todo un día limpiando y acomodando y al caer la noche me di cuenta que no había terminado de limpiar y acomodarlo todo. La labor pudo haber sido más fácil, pero de pronto me topé con hermosas joyas empolvadas: el libro de El Quijote de la Mancha de Cervantes, el cual pareció decirme –Cuándo me vas a leer otra vez- Me dio harta pena, así que lo abrí y leí la primera frase –“En un lugar de la mancha…”- pero luego a su lado encontré la fabulosa colección de Norman Vincent Peale, los libros de Dale Carnegie, de Napoleón Heale, Og Mandino, biografías de Gandi, la Madre Teresa, Napoleón, Rasputín, Herny Ford, Iacocca, Budha, Edison, Dalhí… libros y libros y más libros exigiendo un poco de atención.
En ese momento sentí que me invadía la tristeza. ¡Cuándo tendré el tiempo suficiente para volver a leerlos!. Porque un libro no es para leerse una vez. Una primera lectura nos hace apenas navegar por la superficie, sin comprender lo que realmente hay en el fondo de las palabras.
Y que decir de los discos, una buena cantidad de ellos aún con su celofán, sin que jamás los haya escuchado y muchos otros que tan solo escuché una vez y después me olvidé por completo de ellos. Cerca de 500 discos de música clásica: Bach, Beethoven, Mozart, Vivaldi, Hayden, Moncayo, Revueltas… Los discos que tanto me motivaron en los años 70’s: Led Zeppelín, los Doors, Jimi Hendrix, Janis Joplin… Los grandes clásicos del jazz: Miles Davis, John Coltrane, Ornette Coleman… todo un fabuloso tesoro en el que se incluyen hermosas grabaciones de Serrat, Joaquin Sabina, Aute, Milanés. Discos de New Age, música instrumental, World music y quien sabe cuantos estilos más.
La verdad es que todos acumulamos cosas y cosas y cosas, como si esto nos hiciera felices, pero la felicidad no se encierra en los libros, ni en los discos, ni en el coleccionar caracoles, estampillas postales, monedas o esa infinidad de chucherias a que somos adictos. La felicidad se genera en nuestro interior. Curiosamente se provoca a través de lo que damos, y no en lo que recibimos o adquirimos. Sentimos un enorme deseo de posesión, como si el comprarnos más ropa, libros, calzado, un auto nuevo o que sé yo, fuera a hacernos más felices, pero la realidad es que nada de esto tiene sentido si somos incapaces de dar un poco de nosotros mismos a los demás.
Intentaré volver a leer esos grandiosos libros que he acumulado, procuraré escuchar una vez más esas obras excelsas de los grandes maestros de la música clásica, dedicaré un poco más de tiempo a todo lo que tengo y limitaré mi deseo de seguir acumulando objetos innecesarios. Pero más que nada pretendo que este año sea más rico en abrazos, en palabras de afecto, en tolerancia, en hacer buenos amigos, en sonrisas, en atender con mas esmero a mi familia, apegándome un poco menos a las cosas materiales e ir tras la búsqueda y fortalecimiento de los valores que realmente le dan sentido a la vida.