miércoles, 29 de junio de 2011

WG, Episodio 23, by Sr Odiel Lego

Casi se me había pasado la borrachera para cuando volvimos a la barra. Aunque por la matraca que le daba el doctor a Hans-Georg y cómo este le seguía el juego, cualquiera diría que no me había movido del sitio. La parrafada incongruente seguía su curso. Hans descansaba sobre el regazo de Hoffmann y no se había dado cuenta de que Valeria volvía a estar entre nosotros.

—Lo que realmente me interesa es que diga usted la verdad, doctor. ¿Dice la verdad, o no? Dígamelo, no es una pregunta tan complicada —dijo Hans, haciéndose la muerta en cuanto descubrió a la enfermera tras de sí.

—No me diga que ahora también habla usted solo, doctor. Y jugando con la peluche. ¿Pero no está usted un poco mayor para esa? —dijo prorrumpiendo en una carcajada que intentó serenar sin éxito—. Perdón, doctor. Creo que he bebido demasiado.

Me apresuré a devolver el recto de Hans-Georg a mi puño y darle su apariencia adecuada de muñeco de ventrílocuo.

—Responda, doctor —dije imitando la voz de Hans-Georg mientras miraba a Valeria con mi sonrisa de gato de Chesire.

—Mire, señor Georg. A mí me importaba muy poco quien regentara el trono de España. Que sepa que mis simpatías estuvieron siempre con la República, aunque sabía que aquello duraría menos que un phoskitos pisoteado a la puerta de un colegio…

—¿Con la República? —repliqué instintivamente—. ¿Pero sabe usted lo que dice, acaso? Si no tenían ni idea. Estaba claro que romperían el país. Mire en lo que acabó, mire.

—La sociedad no estaba preparada para eso. Con decirle que acabó aprobándose con minoría de republicanos en las cortes. Su país estaba lleno de analfabetos, Odiel. Analfabetos. Pero si a mí me importaba poco el trono, menos le importaba eso a Otto, que estaba empeñado en provocar una guerra con los franceses.

—¿Y para qué, si acababan de salir de otra? ¿Tanta sed de sangre tenía? —preguntó Hans-Georg, entusiasmado ahora con el discurso.

—¿Sed de sangre? A ese le daba lo mismo sangre, sudor, que lágrimas. Era un megalómano, como todos, un maldito megalómano. Pero le estoy agradecido, porque gracias a todos sus planes estrafalarios al menos me libré de una buena guerra, y no de las menores. Lo que él quería era unir a todos los estados prusianos, esa era su máxima obsesión. Esa, y librarse de mí por todos los medios, claro. Pero creo que he sido un hueso digno y duro de roer para él. Más de una vez me lo dijo. Al final diría que incluso volvió a tomarme aprecio. Y yo a él, ni que decir tiene. El día de su funeral lloré como una cebollera empachada de propanopial. Ha sido el más grande de todos los cancilleres. Nadie lo puede negar. Siempre con segundas intenciones, sí. Pero, ¿qué gran regente no las tiene? —dijo inclinando su bigotito como para convencer a la concurrencia.

Nos quedamos todos ensimismados, preguntándonos por todo lo habido y por haber en la historia universal, las grandes gestas pasadas, los infortunios que depararía el devenir. Hans-Georg se rasgaba el pelaje bajo la mandíbula con gesto de plena concentración. Valeria paseaba su mirada del supuesto muñeco hacia mí alternamente, con cara de devota piadosa en presencia de un milagro.

—¿No ha escrito usted ningún libro, sus memorias, o algo así? —preguntó volviéndose hacia el doctor.

—No. Ni pienso hacerlo. No tendría tiempo suficiente.

—Pues debería —contribuyó Hans-Georg—. El suyo es un punto de vista inigualable, una trayectoria así ha de ser aprovechada, por más que todas sus ideas sean subjetivas. No hay nadie que cuente con una perspectiva como la suya, capaz de hacer entender al resto los acontecimientos del pasado con una visión prácticamente de futuro, global, única, inconfundible. ¿Está usted familiarizado con la noción de eficacia histórica?

—Eficacia histórica: Otto Von Bismarck en estado puro. Eso si que era eficacia histórica y no los mequetrefes que se encuentra uno por aquí desde que se nos fue —dijo entristeciendo repentinamente.

—Creo que Hans se refiere a la necesidad que tenemos el resto de nosotros de mirar todo aquello con cierta distancia y a la vez ponernos en situación histórica —dije recobrando la compostura al recordar una de las lecciones maestras del profesor Herrera Altamirano en la Universidad de Melilla—. En tanto que usted tiene el punto de vista verdadero, no necesita que le cuenten lo sucedido porque lo vivió de primera mano. No sé si me explico.

No tenía ni idea de lo que yo mismo estaba hablando. Era como tirar de una cuerda que sale de la nada cuyo extremo permanece oculto. No obstante mis arcanas palabras no quedaron sin efecto en el amigo Hans-Georg, que parecía saber exactamente a lo que yo me refería.

—Exacto, doctor. ¿Qué me importa a mí cómo conciba la gente la historia, qué me importa lo que interpreten, si la tengo aquí delante de mis propios ojos? Si es que debo creer lo que dice, claro está. Yo diría que es usted hombre de palabra. ¿Lo es? —preguntó sin dar tiempo a una respuesta—. Usted nos puede contar la historia jamás contada. Usted sí tiene conciencia histórica. ¿No es cierto?

—Supongo que sí —respondió el doctor un tanto atribulado.

—Pero también narra sus peripecias con un tono exaltado y afectado por sus propios recuerdos y sentimientos y lo hace muy difícil de interpretar. Procure ser un poco más exacto, doctor. Intente evitar el sentimentalismo. Sea objetivo.

—¿Qué sea objetivo? —dijo el doctor arrastrando las sílabas y levantándose de la silla de repente—. No digo más que la verdad. ¿A quién creerá usted entonces, a los que escriben los libros? Ni hablar. Esto es una infamia, calumnia ignominiosa, vilipendio. ¡Yo estuve allí! ¡Yo fui el artífice! Eso nadie podrá quitármelo jamás. ¿Cómo se atreve a decir que miento?

—Una rata de tranquilidad, señores —dijo Valeria.

Se hizo un silencio en el que los otros tres nos quedamos mirándonos. Aunque aquello no pudiera estar más lejos de la intención de la enfermera, no tuvimos más remedio que romper a reír, con lo que, finalmente, consiguió su objetivo de calmar los caldeados ánimos. A medida que se renovaba la conversación, me parecía entender más de lo que hablaban, como si se encendiera algún pistón de mi memoria. No obstante, no quería ponerme a pensar en ello, pues estaba en un estado nefasto para deambular. Lo más probable era que me atropellaran en cuanto saliera del local. Así que interrumpía la conversación con cuanto se me ocurría, o intentaba dejar la mente en blanco y no pensar en nada, aunque me resultara imposible. Gracias a la fortuna, algo haría que todos mis esfuerzos fueran vanos.

—No era eso lo que quería decir, doctor. Ya le he dicho que le consideraba un hombre de palabra. Es el lenguaje el que miente por usted, aunque lo que narre sea una verdad absoluta. Me refiero a que depende de cómo usted me lo cuente yo lo entenderé de determinada manera, ¿me sigue?

—Pues no, hijo. La verdad es que no lo sigo.

—Simplemente, que no podemos separar lo que se dice de la persona que lo dice. El Dasein…

En efecto. Era mi turno para quedarme dormido. Caí como un toro derribado en la plaza, primero las rodillas y luego el resto del cuerpo. Lo siguiente que recuerdo, parece sacado de un guión de película barata de Roger Corman, o más bien de su discípulo, Jessie Franco, y aunque los relatos de ambos fueran dignos de carcajadas histriónicas, vivir la esencia de la caspa en las propias carnes no es algo que produzca una sensación poco escamosa, además de espeluznante. Antes incluso de abrir los ojos, noté que tenía los huesos entumecidos y casi todo el cuerpo dolorido, como si me hubieran dado una paliza. No sé dónde esperaba encontrarme, porque en ese momento no recordaba nada de mis recientes aventuras, ni del doctor, ni de Valeria ni de Hans-Georg. Supongo que, como cualquiera que despierta de un sueño profundo, no podía imaginarme más que en una cama familiar, de modo que opté por pensar que despertaba en la cama individual de la habitación que ocupé desde niño en casa de mis padres. Estaba ya a punto de pedirle el desayuno a gritos a mamá cuando me percaté de mi inusual posición. Me encontraba de rodillas en una postura que por raro que parezca no era del todo incómoda. Se trataba de la Sasangasana, más conocida como la postura del conejo: de rodillas, con las nalgas sentadas sobre los talones, el torso estirado, la cabeza apoyada contra el suelo y los brazos hacia atrás, tocándome los tobillos. Inspiré profundamente y sentí cómo se fortalecía mi estómago y eliminaba todos los problemas del intestino. Al abrir los ojos me encontré en una habitación desconocida con luz tenue, roja, para ser más exactos. No, la memoria me engaña, es cierto que cualquiera pensaría que había de ser roja y yo mismo he caído en la trampa de recordarlo de tal modo. Pues no. Era verde. No un verde como el de las lámparas de biblioteca, que al final acaban dando un tono cálido, agradable y luminoso sin ser refulgente, sino un verde desvaído y mustio en el que veía menos que un muerto bocabajo en un día de apagón general. No obstante, al cabo de unos minutos acabé por acostumbrarme a él, y descubrí en mis sentidos unas hasta ahora ignotas capacidades felinas. En realidad tampoco es que hubiera demasiado que ver. Al intentar levantarme me di un golpe en la base del colodrillo que me disuadió de nuevos intentos. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía las manos ligadas y no podía cambiar de posición por más ganas de practicar yoga que tuviera. Resignado, apoyé la barbilla en el suelo para hacerme una idea de mi inesperada morada. Me encontraba en lo que parecía una jaula para animales, con barrotes inamovibles, firmes como las palabras de un político conservador de otros tiempos o los incipientes pechos de una muchacha de catorce años. En la pared frente a mí acerté a ver una serie de barras espalderas de gimnasio para hacer dominadas y flexiones. A mi derecha distinguí un extraño banco de trabajo con un torno gigantesco. Al parecer aquello excitó las conexiones sinápticas de mis neuronas que, una vez sensibilizadas, pusieron en funcionamiento mi memoria a corto plazo y me informaron de los eventos acaecidos en mi historia más reciente. Por curioso que parezca lo que más me preocupó en aquel momento no fue lo feo de mi situación. Lo que más me inquietaba era no saber dónde estaba mi maleta ni en qué punto la había perdido. Tal vez esta preocupación estuviera motivada por el hecho de encontrarme completamente desnudo, pero por añadidura, me daba la sensación de que tenía algo en ella de una importancia vital. Si se trataba del cepillo de dientes o la loción de afeitar era algo que escapaba completamente a mi ominosa capacidad de deducción.