lunes, 27 de junio de 2011

WG, Episodio 22


Antes de llegar a la ciudad ya me advirtieron de que no levantara el brazo demasiado cuando llamara a un taxi, y que jamás mencionara mis simpatías hacia los valores que con tanta alegría se promulgaban en mi tercio y a los cuales ahora creo que me acogía más por sentido de camaradería que por creencia verdadera, pero lo cierto es que siempre me sentí cómodo respecto a esas proclamas. No es que me parecieran justas, porque eso no entraba en mis planteamientos en aquellos días, más bien las veía verdaderas. Una vez en la universidad tuve que refrendarme de aquel ideario y en algún punto llegué a renegar de todo ello, empujado por las invectivas del profesorado y la violencia de las disputas entre alumnos, de las que siempre salía escaldado. No obstante, no sé por qué razón, parecía que algo había calado en mi interior, o tal vez simplemente no se pueda escapar tan fácil al pasado como yo pensaba. Fuera como fuese, lo cierto es que en ocasiones seguía sorprendiéndome a mí mismo con unas ideas que a todos parecían abyectas, y a las cuales daban una importancia que yo no llegaba a comprender. Me seguía impresionando la fuerza del personaje y no, no renegaba de él en absoluto, sino que le profesaba una sincera admiración. Para mí era tan grande como Napoleón, tan grande como Bismarck, tan grande como Carlomagno, o su tocayo Alejandro, como Julio César, como Atila, como Felipe II o Enrique VIII. No entendía qué tenía de malo admirar a un hombre que sabía dirigir el destino de una nación y engrandecerla con su propia figura. ¿Había algo oculto y despreciable en las biografías de grandes hombres que decoraban mi habitación de niño? No obstante, esos diversos palos que había recibido me guardaban muy bien de darlo a conocer. Mis ideas eran peregrinas, de eso era consciente, y tampoco creía preciso hacer gala de una fortaleza de personalidad que a todas luces parecía no detentar.

Mientras me dedicaba a estos pensamientos sonó una campana en el interior de la barra. Billy la tañó durante al menos dos agonizantes minutos, hasta que los clientes del bar empezaron a murmurar de nuevo y la tensión se rompió como el alma de una cuerda de guitarra afinada en una tonalidad demasiado aguda.

—¿Quién ha dicho la palabra mágica? —preguntó Billy con sorna.

El doctor señaló hacia mí con su bigotito inquisitivo y me vi obligado a responder.

—Yo mismo.

—¡Cóctel del día gratis para el osado caballero! —dijo imitando el palique de un locutor de tómbola—. Y esto para su amigo —añadió mirando a Hans y sirviendo lo que acababa de preparar en la coctelera.

—Para mi amiga —consiguió corregirlo un ofendido Hans-Georg a duras penas por la borrachera.

—¡No pierde usted el cuento! —dijo Valeria incomprensiblemente y claramente admirada por lo que creía una exhibición de mi temple—. Pero ahora, ¿quién se beberá toda esta? Yo no puedo más.

Acalorado y aturdido como estaba por lo que mi experiencia me dictaba que sería un linchamiento general, me bebí de un trago la copa que me sirvió Billy. El infausto líquido bajó como si mi esófago fuera un tobogán encerado, pero al llegar al estómago decidió que aquel no era un digno alojamiento y trepó de nuevo por el tubo con intención de alcanzar mi faringe. Conseguí frenar su avanzada cuando llegó a la altura de la sexta vértebra cervical y tragué saliva con inquietud, apretando la lengua contra el paladar y haciendo intentos por encoger la campanilla para que volviera a su lugar de residencia, a cuya entrada decidió esperar por un tiempo.

—Pero bebe, mujer, bebe. No seas tímida. Es un cóctel excelente —decía Hans-Georg al pecho izquierdo de Valeria—. Toma —continuó al tiempo que arrimaba la copa a lo que él reconocía como la boca de su amiga.

Valeria parecía encantada con mi broma y no paraba de reír, aunque yo no pudiera pronunciar palabra en mis intentos de controlar los esfínteres.

—Oiga, ¿cuál es el cóctel del día? —oí que preguntaba una voz a la derecha del doctor.

—Sewer Rat, caballero.

La reacción fue instantánea, y en cadena. No es algo de lo que enorgullecerse, pero a la vista de los acontecimientos que estaban por desarrollarse, supongo que aquel puede considerarse como un coup de maître, si se me permite la expresión. Mientras Hans-Georg vaciaba el contenido de la copa entre los pechos de Valeria, las compuertas de mi garganta, activadas por una campanilla incapaz de obviar por más tiempo las mefíticas sensaciones por las que estaba pasando, se abrieron de par en par y dieron paso a un torrente de vodka, kahlúa, naranja y melocotón que bañó la ya estupefacta cara de Valeria y fue a depositarse entre las piernas del doctor. Este se levantó con solemnidignidad, se dirigió hacia mí y me cruzó la cara sin pensárselo. Valeria gritó «Gówno!», me miró con ojos incrédulos y me agarró de la oreja con una mano. Con la otra desencajó el recto de Hans-Georg de mi puño, lo sostuvo en alto durante un instante de agonía y lo estampó contra la barra. Hecho esto, me obligó a levantarme con ojos que irradiaban cólera y me condujo camino de los servicios. Tuve tiempo de ver con el rabillo del ojo cómo mi compañero de infortunios daba un paso en falso para abalanzarse sobre sus pechos. «¿Dónde vas, preciosa? Si acaba de empezar la fiesta», pareció decir. No obstante, el doctor lo agarró por la cola y lo obligó a lamer el vómito que quedaba sobre su regazo, algo que Hans, dado que no se enteraba de nada, hizo con placer, pensando que yacía en brazos de su amada imaginaria.

Valeria no dijo una palabra hasta llegar al interior del baño de señoras.

—¡Fuera! —exclamó con una potente voz que practicó un cardado ochentero en las mujeres que se retocaban frente al espejo. Al ver que habían quedado paralizadas del miedo, añadió en tono más conciliador—: Necesito hablar con mi amigo.

Las mujeres hicieron gala de la tan conocida solidaridad femenina y marcharon en silencio, con la cabeza gacha y sus electrizados penachos. Valeria me empujó contra la pared con una fuerza brutal que no parecía adecuada para una mujer de apariencia tan refinada.

—Perdón —acerté a decir, todavía aguantando los accesos de bilis.

—¡Cállate! Se acabaron las tonterías. —La mujer comenzó a desnudarse, demorándose especialmente en las pistas de aterrizaje de sus piernas, me tomó por los hombros, me acercó a sí y me retuvo entre sus picudos pechos—. ¡Chupa!

Me vi obligado, no sin plena repugnancia, a hacer lo que me pedía, de modo que en cuestión de centésimas de segundos el aspersor de mi esófago volvió a ponerse en movimiento sin nada que pudiera contenerlo. Para mi estupor, la enfermera parecía disfrutar con la ordalía, llegando incluso a abrir la boca y relamerse de gusto. Cuando ya no me quedó nada en el interior, con las comisuras chorreando de sustancia biliar, me pidió que la besara con locura. Yo no podía imaginar nada más trastornado que contagiarla de ictericia, de modo que me acerqué a sus labios con ese pensamiento en la cabeza. Luego aprendería, gracias al doctor, que el contacto con la bilis no produce esa enfermedad, que ni tan siquiera es contagiosa, si bien corría el riesgo de infestarla de hepatitis, una afección que en su segunda fase sí contiene la dolencia antes citada, que no es otra cosa que un aumento de la bilirrubina, algo que por otra parte es improbable que la sangre de esa mujer pudiera contener en dosis más altas.

—¿A dónde vas? —dijo al ver que intentaba escabullirme.

—No puedo, no puedo más —repuse perdiendo el resuello.

—¿Pero es que no te gusto?

—No, sí, es que…

—Si no te gusto, te aguantas —me sorprendió diciendo—. ¿Recuerdas la factura? Yo sí. ¿No la recuerdas? Pues apechuga —dijo apretándome de nuevo contra sí.

Y apechugué. No es que me quedara otra opción, pero lo cierto es que aquello que al principio parecía totalmente aberrante acabó por gustarme bastante. Me metió en uno de los excusados y cerró la puerta tras de sí. Inmediatamente después me bajó los pantalones y comenzó a acariciarme un miembro que, curiosamente, estaba mucho más duro de lo que yo imaginaba. Nunca vi a alguien meterse veintidós centímetros de largo y doce de perímetro con tal rapidez y destreza. ¿Sería posible que se hubiera operado de la campanilla? En seguida me di cuenta de que no, porque empezó a segregar una saliva viscosa, espesa y abundante que me cubrió el pene con una capa de lubricante natural de excelente calidad. La sensación era prácticamente etérea. Apenas había fricción. Mi polla salía y entraba de su boca con la rapidez del rayo, prácticamente sin tocar las paredes, solo lo justo para recibir una sensación fría en la piel del glande, que bajaba y subía libremente, como las velas de un barco cuyo capitán intentara procurarse músculos dignos de los estibadores del puerto. De seguir así la fiesta, no tardaría mucho en restregarla con mi frenesí. De repente me agarró las pelotas con las dos manos y me puse blanco. Tenía tal cara de furia que pensé que me los arrancaría de cuajo. Sin embargo empezó a masajearlos con pericia y la sensación era cualquier cosa menos desagradable. Los soltó un momento para pasar su suntuosa lengua por ellos y cubrirlos con esa espesa secreción que salía directamente de su esófago. Entonces volvió a cogerlos por la base con una sola mano, ayudándose de mi verga para hacer presión y se la metió nuevamente hasta lo más profundo. Me quedé anonadado y también acojonado, sobre todo por no saber a dónde llevaría aquello y por sentir unos escalofríos que me llenaban de dudas respecto a Valeria. Estaba claro que la había subestimado. Notaba una presión en la zona del perineo que mandaba hormigueos por toda mi espina dorsal. Intentaba concentrarlos punto a punto, como si de reiki se tratara, para así aprovechar todo el poder que emanaban los impulsos. Sentía contracciones, algo así como un torrente de esperma formándose en la base de mis pelotas. Entonces vino lo mejor. Se sacó la punta del cipote de la boca, dejándola desnuda, a expensas de la corriente de aire frío que se colaba tras la puerta, y empezó a darle pequeños mordiscos. Al principio resultaron un tanto dolorosos, pero luego se revelaron como fuentes de un placer jamás antes alcanzado. Lo dejó allí a su libre albedrío, se metió uno de los huevos en la boca y succionó como quien chupa de una pipa de agua enorme. La sensación era por completo inusitada, parecía una operación destinada a la creación de semen, porque creía tener los huevos llenitos, a punto de explotar, listos para liberar toda su carga. Sacó este y se metió el otro. Y luego, los dos juntos. Pero había más sorpresas. Cuando pensaba que no podría alcanzar cotas de delectación mayores y que Valeria volvía a la carga para chuparme la polla, dejó resbalar la mano hasta atrás, acarició mi perineo y metió dos dedos en mi ano que me dejaron temblando de goce. Aquello era escalofriante, simplemente genial. Penetró con el anular y el índice hasta que sentí los nudillos de los otros dedos golpeando contra el hueso. Los hacía entrar una y otra vez con facilidad, con la sencilla ayuda de su prodigiosa saliva. Creía que moriría de la excitación. Nunca sentí nada igual antes y creía que allí me quedaría, que tampoco después volvería a sentir nada como eso. Sin embargo Valeria no se hacía cargo de mi estado. Volvió a meterse el rabo en la cavidad oral y lo restregó contra los carrillos, rodeándolo con la lengua arriba y abajo, poniendo especial interés en el prepucio descorrido que dejaba el glande expuesto a sus caprichos. No aguanté mucho más tiempo. Aquello era demasiado. Intentaba controlar la onda que se expandía desde mi perineo, pero no había forma de detenerla. Su fuerza era mucho mayor que la mía. Tiraba tanto de la corriente para retardarla y quedarme eternamente con esa sensación, que cuando llegó con toda su fuerza el primer disparo sonó con un golpe sordo: «¡Zut!». La densa y concentrada secreción cubrió su cara como un espeso velo, acoplándose a su rostro como una masa de pizza fresca. Después llegaron los afluentes menores de la primera descarga : uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis , siete ocho, nueve, diez, once, hasta doce eyecciones me pareció contar. La cara de Valeria era un pastel de crema chorreante, pero sus ojos denotaban una satisfacción casi tan plena como la mía. Restregó mi polla contra su cara y se embebió de ella, relamiéndose de un lado al otro de la boca, hasta sacar la última gota de semen de ella. Entonces me miró con cara inocente y dijo: «¿Te importaría pasarme la papel?».