viernes, 24 de junio de 2011

FRANCESCO GUISEPPE BORRI

En 1653, un milanés de 27 años llamado Francesco Giuseppe Borri, comenzó a recorrer las calles de la ciudad diciendo a todos que se le había aparecido el arcángel Miguel, para anunciarle que él había sido elegido como capitán general del ejército del nuevo Papa, un ejército que ocuparía y revitalizaría la tierra. Además el arcángel Gabriel le había otorgado ciertos poderes divinos que le permitían ver el interior de las almas de la gente, e incluso luego le sería revelada la piedra filosofal, una sustancia buscada desde tiempos inmemoriales, capaz de transformar los metales básicos en oro.
Quienes lo conocían quedaron impresionado con Borri, no tanto por lo que decía, sino porque este personaje había llevado una vida dedicada al vino, las mujeres y los juegos de azar. Más de pronto había dejado todo eso para sumergirse en el estudio de la alquimia y hablar solo de lo místico y oculto. Esta transformación fue tan repentina y milagrosa, y sus palabras tan pletóricas de entusiasmo, que Borri generó pronto un buen grupo de seguidores.
También llamó la atención de la Inquisición Italiana, quienes por aquellos años buscaban por todos lados alguien para alimentar su hoguera. Así que Borri se fue a recorrer Europa, desde Austria hasta Holanda, prometiendo a sus seguidores que vivirían la plenitud del conocimiento y la alegría. Su enorme entusiasmo y la vivacidad de sus palabras le ganaron infinidad de seguidores por todas partes. Todo aquél que pretendía agregarse a su grupo primero debía estar en su presencia para que Borri, una vez entrado en trance, pudiera mirar su alma y descubrir si había nobleza y los atributos necesarios para integrarse a su grupo de fieles devotos. No todos eran aceptados, por lo cual se convertía en un gran honor el que Borri los considerara aptos para seguirle.
El culto constaba de siete grados o niveles, a los cuales los discípulos eran asignados de acuerdo con lo que Borri había visto en sus almas. Mediante el trabajo y una devoción total podían graduarse y pasar a un nivel superior. La prueba más difícil de superar era que debían entregarle a Borri todos sus bienes; más esto no pareció ser un gran obstáculo, ya que Borri les prometía que muy pronto terminaría sus estudios químicos y descubriría la piedra filosofal, con lo cual podrían obtener todo el oro que quisieran.
Con su creciente fortuna Borri comenzó a cambiar su estilo de vida. Se hizo llamar “Su Excelencia” o “Doctor Universal”; acostumbraba alquilar lujosas viviendas en las ciudades donde se encontraba temporalmente, amuebladas con lujo y costosas obras de arte que comenzó a coleccionar. Recorría la ciudad en un carruaje adornado con piedras preciosas y tirado por seis magníficos caballos negros. Nunca permanecía mucho tiempo en cada lugar, y cuando desaparecía, con la excusa de ir a buscar más almas para su rebaño, su ausencia con su ausenincrementaba aún más su fama.
De toda Europa llegaban hasta él los ciegos, los tullidos y los desesperados, porque se había corrido la voz de que poseía poderes curativos. Borri no cobraba por sus servicios. ¿Acaso le hacía falta?, y con ello lograba que la gente hablara maravillas de él. El hecho de que se manejara con tanto lujo, hacía que se rumorara que ya había descubierto la piedra filosofal, pero que aún no consideraba oportuno participar de ello a sus seguidores, porque todavía no estaban lo suficientemente preparados. Aunque el derroche de dinero que hacía era producto de los donativos de sus seguidores.
La Inquisición trataba por todos los medios a su alcance de acorralarlo, más sus discípulos los defendían y protegían. Para ellos el Papa era el Anticristo. Hasta que en cierta ocasión abandonó la ciudad de Amsterdam, donde se había instalado durante un tiempo, llevando consigo enormes sumas de dinero prestado y diamantes cuya custodia le habían confiado (Borri afirmaba que podía hacer desaparecer las fallas de los diamantes, gracias a sus poderes mentales).
La Inquisición lo atrapó poniéndolo en prisión por los últimos 20 años de su vida. Pero la fe de la gente era tan grande, que hasta el día de su muerte lo visitaron acaudalados feligreses, entre los que se contaba la reina Cristina de Suecia. Y con semejante apoyo logró liberarse al menos de morir en la hoguera como el caso de tantos otros sabios, iluminados y charlatanes.