miércoles, 18 de mayo de 2011

WG, Episodio 21, por El Ogro del Sí

—Disculpe la molestia, señorita. A veces me dan ataques de rabia —dijo Hans-Georg con una sonrisa irónica, no tan forzada como la mía, que dada mi necesidad de fingir ventriloquia, parecía un rictus de puro estado catatónico.

—Negativo —contestó el doctor. Pero luego, dándose cuenta de su error, obvió lo que le parecía pura incongruencia y siguió contando su historia—. Ciento noventa y ocho años, sí señor. No sé cómo lo habrá usted acertado, si por chiripa o clarividencia, pero le diré una cosa, cada vez me sorprenden más sus virtudes —añadió mirando a Valeria como si dijera algo desternillante—. Le hablaré, señor Odiel, de mis razones para odiar las armas y el ejército. Ciento noventa y ocho años dan para mucha historia.

Y tanta. Sería enojoso y resultaría del todo innecesario reflejar el interminable parlamento del doctor, además de que no podría referirlo por una sencilla razón de espacio y aguante, sin contar con que mi memoria, si bien prodigiosa, tiene ciertos límites, y mi imaginación, unos contornos más definidos de lo que me agradaría confesar en este ejercicio de sinceridad. Tendría que recorrer un páramo infinito, deambular por el desierto del Sahara desde Marruecos hasta Sudán, para dar cabida a esos pensamientos que permitieran rememorar aquel soliloquio insoportable. Por no contar con que el alcohol empezaba a hacer mella en mis sentidos y no escuché ni media palabra. El resumen que narro a continuación lo debemos a la deslumbrante mente de Hans-Georg, que era capaz de interpretar su papel de muñeco de ventrílocuo, beber constantemente como si hiciera una gracia, coquetear con el seductor perfil de los pechos de Valeria, insultarla a ella misma con comentarios ingeniosos y poner ritmo al monólogo del doctor, interrumpiéndole con unas disquisiciones filosóficas siempre pertinentes respecto a la wirkungsgeschichte que cortaban sus parrafadas y nos daban un respiro a todos.

El doctor Hoffmann no compartía conmigo la pasión por la milicia por la sencilla razón de haber combatido en numerosas campañas. Se había perdido la victoriosa batalla de Leipzig, dado que coincidió funestamente con su nacimiento, pero años más tarde el general Bismarck, conocedor de su aversión al frío glaciar, lo envió a la península de Jutlandia para que luchara en primera línea de la llamada Guerra de los Ducados. Allí el doctor se empeñó en hacer ver que su papel debía estar más en la política que en la milicia. A pesar de no tener acceso al Estado Mayor del ejército, se las arregló para establecer un contacto continuo con la cámara a través de su viejo amigo el mariscal Moltke, a quien había conocido años antes en un aventura conjunta de supervisión en la guerra entre Egipto y Turquía. Lo convenció para que abandonara la base de Berlín y manejara la batalla desde el sitio y le imbuyó de unas ideas que este se apropiaría para ganarse una reputación como afamado estratega.

—El pobre hombre se empeñaba en diseñar la batalla desde casa al milímetro. ¡Imagínense! —dijo un exaltado doctor Hoffmann ante la cada vez más concurrida parroquia. Los tres nos quedamos mirándolo como si supiésemos de lo que hablaba, con la sabiduría y aquiescencia que otorgan tres copas bien apuradas, de modo que prosiguió—. Para cuando quería darse cuenta, las variables ya habían dado al traste con todos sus planes. No saben lo que me costó que pensara en un sistema de opciones, en las mil posibilidades que se pueden dar en el tablero.

—¡Vaya! Pues yo tenía entendido que el mariscal Moltke era el inventor de la estrategia tal y como la conocemos hoy.

—¡Paparruchas! —dijo el doctor, ostensiblemente ofendido—. Lo único que sabía antes de conocerme era la inclinación perfecta para su sombrero. Bueno, sí. Es cierto que sabía bastante de poesía, de arte, de teatro, incluso de arqueología y tenía buen punto para la descripción novelesca, pero de historia de la guerra, de estrategia…¡Bah! —dijo haciendo un gesto desdeñoso con el que regó la rubia melena de Valeria.

Según la historia que nos contó, gracias a su información como bateador del terreno en aquella guerra, invadieron la isla de Als, lugar donde se ocultaba el ejército danés al completo. Así, tras el reparto de final de contienda, en el que convenció al Estado Mayor para reclamar Schleswig y Laudenburg, en lugar del más jugoso ducado de Holstein, se ocupó de exaltar el nacionalismo entre los daneses más allá de la corona y en convencer a los austriacos de que aquellas tierras les pertenecían, al tiempo que advertía del peligro de un ataque italiano por la espalda y se encargaba de que la administración pusiera todo tipo de trabas al gobierno austriaco para provocarlos. La declaración de la guerra de las Siete Semanas dejó patente sus dotes para la estrategia política, algo de lo que se beneficiarían tanto el propio canciller como el mariscal Moltke. Poco después, Hoffmann recibía la orden de reredactar el famoso telegrama de Ems que dio la excusa a Bismarck para reunir a los estados alemanes contra Francia. A partir de aquí, su amigo Otto quiso quitarlo de en medio y lo hizo nombrar consejero oficial de los Hohenzollern de Prusia.

No tardó demasiado Guillermo I en cansarse de sus excentricidades y mandarlo a África para que intentara rebañar lo que pudiera y conseguir terrenos para su nueva expansión imperialista. Vivió allí durante casi quince años en un exilio forzado en el que conoció los aspectos más brutales del ser humano, algo que él pensaba haber superado largo tiempo atrás. Su dilatada vida le enseñaría que no hay nada en una existencia que no sea susceptible de empeorar. Así fue como comenzaron sus primeros escarceos con la bebida. Echaba de menos los amables vientos de Brandeburgo. Según alegaba él mismo, se había cansado de la vida política, y los mosquitos y el clima africano estaban acabando con su astucia, pero lo cierto es que en el continente negro había poco que rascar. Esa fue la razón que le obligó a organizar la famosa Conferencia de Berlín. Los alemanes se habían dormido en los laureles y quedaban a merced de las migajas, de ahí la necesidad de establecer unas normas a la hora de la repartición. Bastaba poner pie en cualquier territorio africano para que el país de turno reclamara las tierras para sí, sin invasión real, sin cargas, sin muertes, sin parlamentar con los jefes nativos, tan siquiera. El primero que lo viera se lo quedaba, con el añadido de que las expediciones ya tenían mapas de todo el terreno africano. Al parecer Bismarck quería que Hoffmann fuera el Stanley de Alemania y lo envió allí a tal efecto, convenciendo al emperador Guillermo I de que aquello era lo correcto. Tras la conferencia fundó la Compañía para la Colonización Alemana, pero aquello no resultó ni de lejos igual de lucrativo que para el monarca belga. En realidad el objetivo de esta empresa no era otro que el favorito de Otto: provocar conflictos en su intento de acabar con el doctor. El diecisiete de febrero de 1885 el gobierno alemán anunciaba la concesión de un permiso imperial a la compañía para establecer un protectorado en el África Oriental. El continente frente a Zanzíbar le ofreció la excusa perfecta para tenderla la trampa. Cinco buques de guerra dispararon contra el palacio del Sultán, que se negaba a reconocer la soberanía alemana. La celada estaba tendida, el conflicto tendría que haber resultado en consejo de guerra contra Hoffmann, pero una vez más, el astuto doctor hizo gala de sus dotes para la negociación. Convenció a los británicos para dividir el terreno en áreas de influencia e incluso consiguió su apoyo para reprimir las revueltas nativas.

—¿Y creen ustedes que yo no intenté avisarles de que aquello era una pantomima, de que Leopoldo de Bélgica nos la había dado con chocolate del Congo? ¿Y piensan que dieron crédito a mis palabras, que me creyeron a mí, que conquisté para ellos, Tanganica, Togolandia, Camerún, el África Oriental? ¿No sabría yo lo que saldría de la dichosa conferencia? Avaricia y más avaricia. Pero claro, de algún modo había que pagar las costas del Sacro Imperio y no seríamos nosotros los que aflojáramos el cordel. ¡Se estaban poniendo las botas por todos lados! "El que lo vea antes se lo queda. ¿Pero estamos todos locos?", le dije yo a Bismarck. "¡Nos vamos a quedar sin salvajes, hombre de Dios!" Pero claro, luego eran tan fuertes y trabajaban tan bien, sin rechistar que… imagínense, Europa entera se conmovía con los movimientos obreros. Marx y Engels hasta en la sopa… y lo que estaba por venir. "¿Otra revolución francesa? ¡Nosotros somos alemanes, Hoffmann! No lo olvide: alemanes", me contestaba el muy zorro—dijo el doctor poniéndose en pie y gesticulando como un energúmeno.

Mientras Hoffmann seguía con su discurso, Hans-Georg dialogaba plácidamente con los pechos de Valeria y los invitaba a otro Hendricks con pepino. Entre tanto, la propietaria de ellos, con la espalda encorvada y la cabeza tan inclinada que casi lamía mi regazo, se regodeaba en tocarme la barbilla y acariciarme el pelo de manera contumaz, al tiempo que hacía comentarios incongruentes y no paraba de reír rindiendo tributo a las supuestas gracietas de mi muñeco. Al parecer Hans se había acostumbrado mejor que bien a tener mi mano en su trasero, e incluso hacía aspavientos cuando no la movía, como para informarme de que si seguía por ese camino la farsa no funcionaría. No puedo negar que, tal vez por mi estado de alcoholización progresiva, no hacía los suficientes ascos a las solicitudes de la húngara, de modo que tampoco puedo culparla a ella exclusivamente de lo que ocurriría después.

—Espere una momenta doctor —dijo Valeria poniéndose seria de repente, al parecer captando la última frase de Hoffmann—. Pero ¿quién era este Leopoldo? —preguntó con una voz que parecía quedarse sin baterías.

El bigote del doctor se puso enhiesto para mostrar su estupor y su rostro debió adoptar un gesto más inquisitivo de lo que Valeria esperaba, porque pareció arrepentirse de su pregunta y se refugió bajo mi brazo de su torva mirada. Ahora comprendo que no era más que una excusa, como lo era la misma pregunta, pero en aquel momento no me quedó más remedio que conmiserarme de ella y agarrarla con firmeza.

—¿Bromea usted, señorita? El rey Leopoldo es el culpable de la mayor matanza jamás contada de la historia del genocidio universal más infame y a la vez diligente de todos los tiempos, un maestro de la estrategia, un adalid de la modernidad, una de esos turbios espíritus que marcan el destino de naciones enteras a su antojo sin que nadie sea capaz de alzar una voz en su contra.

—¿Pero ese no era Hitler? —pregunté yo, instigado por el propio interés de Valeria.

Un silencio sepulcral inundó la sala. El pianista, cuyo turno había comenzado poco después de que el doctor iniciara su disquisición y llevaba una hora tocando As time goes by, haciéndonos sentir en un eterno retorno a Casablanca, fue el primero en detener sus notas y a su infinito stacatto siguió el silencio de los murmullos del resto de concurrencia, hasta que solo quedó en el aire el sonido de la coctelera de Billy, al parecer tan ocupado que no había podido oír nada de nuestro intercambio. Las agrias miradas que me dirigían cada una de las personas allí reunidas provocaron que el sudor comenzara a acumularse sobre mis cejas.