jueves, 14 de abril de 2011

WG, Episodio 19, por El Ogro del Sí

Ver Episodio 18

—A nada, hombre, a nada. Cálmese. Usted perdone, ya veo que no le gusta nada el tema de la milicia y las armas, pero es que yo soy un apasionado y me cuesta controlarme.

Hans-Georg me miró con cara de asco y se bebió el lingotazo de un tirón. Lo soltó sobre la barra con decisión, eructó y volvió a dormirse como un tronco.

—No me hable de Bismarck.

—De acuerdo, no lo haré. Verá —dije en un susurro confidente, aprovechando que Georg no nos escuchaba—: no se lo he contado antes, porque a mí mismo me resulta difícil aceptarlo, pero ¿sabe qué? Aquí donde me ve serví en el ejército durante dos, tres años completos. Lo de la pasión por las armas me viene de pequeño. Mi propio padre, al igual que mi abuelo, formaban parte del ejército español de tierra.

—Ajá —dijo el doctor mirándome con cara de aburrimiento.

Puede que se me pasen por alto muchas cosas, pero si hay algo que me enseñaron a reconocer en la legión fue a los que son como yo, a los que llevan el ejército en la sangre por más que quieran dedicarse a otras cosas y esconder su vocación. Yo mismo, animado por mi madre, intenté olvidar la milicia dedicándome al estudio de las humanidades y he decidido excluirme de ella. Pero no se puede negar lo que uno es. Por más que quiera ser un intelectual, por más libros que lea, por más filosofía, historia y artes que estudie, llevo el fuego en las venas y lo llevaré siempre. Del mismo modo, el doctor Hoffmann podía fingir despreocupación y aburrimiento cuanto quisiera. Reconozco el fragor de la batalla incluso en los pensamientos ajenos.

—¿Y usted? —pregunté provocadoramente.

—¿Y yo, qué?

—Confiese, ahora que no nos escucha nadie. Su historia oculta —dije dándole un codazo como para demostrar que ya éramos colegas—. Yo sé que ha vivido más de lo que dice.

—No tiene usted ni idea —repuso con cara de asco—. Pero hagamos una cosa. ¿Está muerta otra vez?

—¿Otra vez? ¿Quién?

El doctor Hoffman señaló a Hans-Georg con el dedo y me hizo unas señas extrañas. Hizo dos círculos con el índice, seguidos de un movimiento con el dorso de la mano hacia la barra. Después juntó las manos rápidamente y las extendió como haciendo un paréntesis y volvió a señalar a Hans-Georg. Me señaló a mí y a sí mismo, juntó sus manos con los índices extendidos, los replegó, sacó entonces ambos pulgares y señaló hacia la puerta. Al principio creí que se trataba de lengua de signos. Lo primero que entendí es Hans-Georg es una borracha y deberíamos tirarla a la calle. Después me di cuenta de que quería que saliéramos a discutir algún asunto. Solté a Hans-Georg sobre la barra plácidamente y salí con el doctor a la puerta. Este sacó una pitillera, me ofreció un cigarro que rechacé y se encendió el suyo. Aspiró el humo directamente hacia mi cara.

—Negocios —dijo simple y llanamente.

—¿Qué negocios? —pregunté un poco aturdido.

—Lo que le dije. Le contaré mi pasado si está usted dispuesto a hacer negocios. De hecho, no debería contarle nada. Usted me lo debe todo después de que haya dado vida a ese peluche ingrato suyo. ¿De dónde dice que lo sacó?

—Primero, es usted el que dijo que estaba en deuda conmigo. ¿Ya no se acuerda? Segundo, su pasado no me interesa tanto como para meterme en asuntos turbios. Y tercero, todavía no me ha dicho cuáles son esos negocios.

—Conferencias, debates, actos en grandes teatros, televisión, cine.

—¿Qué?

—¿Qué le parece «El circo de la filosofía»?

—No entiendo nada de lo que dice. No debería tomar tanto etanol, doctor.

—Le dijo el paciente a su médico. ¡No lo entiende! ¡Esa rata es una mina! Tenemos que sacar partido de ella, pasearla, visitar las capitales y los círculos intelectuales. Se quedarán de piedra cuando la oigan hablar. Pero cuando realmente la escuchen… Esa rata sabe de lo que habla, Odiel. Esa rata es más que un animal que habla, que no es poco. ¿No comprende? ¿Es que no ve la singularidad de la situación y la oportunidad como para aprovecharla?

—Pero doctor, Hans-Georg jamás se prestaría a eso. No creo que le vayan ese tipo de juegos.

—Celebridad.

—¿Qué?

—¿Piensa usted que no tiene un lado frívolo, que no es vanidoso como lo somos todos, que no caerá a los pies del reconocimiento mundial y lamerá los zapatos de ministros y agregados culturales cuando le concedan los premios? Nos haremos famosos, Odiel. Hans-Georg, la rata filosofa; Odiel Amor, su descubridor y amigo íntimo; y William Hoffmann, insigne descubridor del sistema nervioso de los peluches. Nos invitarán a todos los congresos. ¡Podríamos abrir un circo propio y forrarnos los abrigos con billetes, Odiel!

Aunque hubiera querido contestarle no habría sabido cómo hacerlo. Como ya ocurriera antes, la conversación etílica del doctor y sus absurdas propuestas me sobrepasaban y me llevaban a mundos paralelos. Ya había empezado a andar hacia la nada, hacia la carretera, cuando noté que el doctor me tomaba por el brazo.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo con seriedad—. He advertido que tiene usted una peligrosa tendencia al pensamiento deambulatorio. Hágame caso. No piense. Diga lo que le pasa por la cabeza o actúe, pero no piense. No quiero que nos dé usted un disgusto.

Tenía razón. Pensar siempre había sido una actividad peligrosa para mí y era prácticamente un milagro que permaneciera con vida a mis treinta años, después de todos los desastres que habían estado a punto de acontecer, pero que por una maravilla u otra jamás llegaban a formalizarse. Que no pensara ya me lo habían dicho muchas veces antes. El primero mi padre. Fue la razón primordial para que quisiera hacer carrera en el ejército. «Allí te enseñarán a obedecer sin necesidad de pensar por ti mismo». Y era cierto. Solo que no fui capaz de permanecer allí todo el tiempo que esperaba para llegar a entrenarme en la doctrina del no pensar. ¿Cómo cojones querían que no pensase? Es algo físicamente imposible. El mismo psiquiatra del ejército me lo dijo bien claro: «la abstracción absoluta es imposible. Le recomiendo los espacios cerrados y vigilados». Sin embargo en aquel momento, impelido por alguna extraña fuerza fui capaz de dominarme y entrar en la nada. No recordaba de qué me había hablado el doctor. Solo podía ver unas piernas. Unas piernas de mujer que avanzaban con paso firme y revelador creando un eco con sus tacones que resonaba en lo más profundo de mi cabeza. Unas piernas envueltas en unas medias negras caladas con extraños y sugerentes bordados de flores, que avanzaban hacia mí, largas como una pista de aterrizaje sin iluminar en plena noche. Venían a por mí. Me asusté un poco al tenerlas delante y tan cerca. Ya no podía ver las piernas, sino simplemente una falda negra y esas largas pistas de aterrizaje en plena noche, a pesar de que no fuera todavía la una del mediodía. Estaban detenidas frente a mí, pero no acertaba a levantar la cabeza para ver el supuesto cuerpo que debía acompañarlas. Acababa de encontrar mi limbo perfecto.

—Creo que estamos de celebración. ¿No es cierta, doctor? —Su aterciopelada voz con cantos del este me hizo despertar de inmediato, pero seguí con la cabeza gacha, pues me di cuenta en seguida de que se trataba de la enfermera de la Clínica Koch. Nunca olvido un acento. Pero esperaba que ella sí olvidara mi cara o qué se yo, mi circunstancia. Algo que se me antojaba poco probable dadas las características de nuestro encuentro—. Oh, pero si es el señor Odiel Amor —dijo tomándome de la barbilla con un dedo y alzándomela para que la mirara—. No esperaba encontrarlo aquí también, pero me alegra mucha. Nos tomaremos algo juntas y la pasaremos el mar de bien.

Era, como decirlo, empalagosa. ¿Por qué demonios tenía que fijarse en mí? Yo no había hecho nada para llamar su atención. Su cara astuta decía que me tenía en un puño. Jamás vi una expresión tan taimada. Tenía el presentimiento de que esa maldita perra del este acabaría arruinándome el día de alguna manera u otra.

—Para ser usted nueva en el trabajo se toma todas las molestias por congeniar con el jefe. Eso me gusta, Valeria. Vamos adentro. La pasaremos el mar de bien —dijo prorrumpiendo en una carcajada.

Entré de mala gana. Estaba ya medio borracho y me empezaba a dar miedo todo lo que sucedía a mi alrededor.