viernes, 1 de abril de 2011

WG Episodio 18, por El Ogro del Sí

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—Pero, vamos a ver, Billy. ¿Se llama usted Billy, verdad? —preguntó Hans-Georg con condescendencia—. ¿Usted cómo hace sus cócteles, con una batidora? No, ¿verdad?. Los hace con un mezclador y los agita con las manos. Pues esto es lo mismo. ¿Cómo va a estar la ciencia al servicio del hombre?

—Bueno, yo hablo desde mi experiencia.

—Ay, la experiencia, siempre la experiencia.

—Si un hombre como yo, al que le gusta el cine, le da por escribir y quiere hacer una película, pues ahí están las cámaras, las grúas, los focos, los vehículos motorizados. Si la ciencia no investiga, eso no existiría y tampoco existiría el cine.

—Ah, la ciencia no, Billy. El hombre. Si el cine no existiera lo inventaríamos, simplemente porque nos es necesario, como la costumbre de contar historias. Es el hombre el que se preocupa, no la ciencia. La ciencia no se preocupa por la comodidad. No le importa que seas inválido y no puedas subir unas escaleras. La ciencia solo se preocupa por sí misma. ¿Qué es lo que quiere la ciencia? Desarrollarse. Más desarrollo técnico, más progreso. ¿Para qué? Para tener más poder. La ciencia no te ayuda. Te esclaviza. Ahora dígame, si usted empezara a hacer sus cócteles con una batidora, cosa que no queremos que suceda nunca. ¿Qué haría si se le rompe el aparato?

—Ir a un técnico.

—Ajá. Tiene que depender de un técnico para que arregle el aparato porque no sabe repararlo.

—Hombre, si se me rompe la coctelera también tengo que comprar otra.

—Pero no va a un técnico.

—No, porque no se puede arreglar. Una vez que una coctelera se abolla, adiós secreto —contestó Billy con toda la simpleza de un hombre de mundo sencillo.

—¿Y si le duele algo qué hace? Va al médico, ¿no?

—Sí, al doctor Hoffmann.

El doctor pareció desperezarse al oír su nombre. Murmuró algo, se pasó la lengua por las comisuras de los labios y terminó con un mohín un tanto desagradable. Hecho esto tomó su copa y la apuró hasta el final. Me quedé mirándolo para ver sus reacciones, pero no parecía verme. Toda esa discusión me sobrepasaba. No era ciertamente mi disciplina, si es que tal cosa existe y tampoco es que me interesara mucho, sobre todo porque no alcanzaba a comprender a dónde quería llegar Hans-Georg con todo eso. El doctor empezó a mirarlo con suspicacia.

—¿En serio? Pensé que solo era investigador. Y usted confía en él —siguió sin darle importancia al hecho. Cuando vio que Billy asentía, continuó—. Porque tiene experiencia en el trato con humanos, además de con ratas de laboratorio y alguna que otra de alcantarilla, supongo. ¿Y cómo cree usted que hace el doctor Hoffmann sus diagnósticos?

—Pues no sé. Tendrá sus métodos. Él ha estudiado y sabe cómo hacerlo.

—Exacto. Ha estudiado. Ha estudiado una serie de verdades que se pueden comprobar científicamente. Si a usted le duele la cabeza, tiene mareos, fiebre, tos y malestar general, el doctor le dice que tiene una gripe. Eso son datos que la experiencia recoge. Prácticamente infalibles. Siempre que se presenta alguien con esos síntomas suele tener esa enfermedad. ¿No es eso cierto, doctor Hoffmann? —preguntó Hans-Georg al percatarse de que había vuelto en sí. El doctor Hoffmann asintió y le dirigió una mirada de pocos amigos—. ¿Y qué hace cuándo alguien viene con unos síntomas desconocidos totalmente?

—Se le hacen análisis de sangre y orina, para empezar.

—¿Y si los índices son los correctos?

—Se plantea hacer otro tipo de pruebas dependiendo de los órganos afectados: tacs, endoscopias, biopsia, linfografías, mielografías, tomografías, resonancias… depende.

—¿Y si tras hacer todo eso no se encuentra nada anómalo?

—Se deja al paciente en monitorización si es grave y se espera al desarrollo de los acontecimientos.

—A la fatalidad —concluyó Hans-Georg.

—Lamentablemente no se puede hacer otra cosa. Se necesitan refutaciones para poder operar según nuestros métodos. A veces es necesario pasar por muchas muertes para poder salvar la primera vida. Es duro, pero no existe otro camino.

—¿No existe o no lo conoce?

—¿No es lo mismo?

—Pudiera ser —concedió Hans-Georg—. Pero eso no significa que tengan que negarse otras posibilidades. Por ejemplo: si alguien sin la calificación otorgada por la universidad y los centros médicos, alguien proveniente de otro país, tal vez, viniera y le dijera que en su país se ha encontrado con cientos de casos como ese y que la solución es una sencilla hierba silvestre que por desgracia solo se encuentra en su lugar de origen. ¿Lo creería?

—Bueno, sí. ¿Por qué no? Eso no tiene importancia. Siempre es preciso recoger datos que puedan ayudarnos en la investigación, provengan de donde provengan.

—Y si la tuviera en sus manos y se la ofreciera para la curación del enfermo, ¿se la suministraría?

—Me temo que el código deontológico del colegio médico es estrictamente explícito a ese respecto, así como el juramento hipocrático. Sin analizar esa sustancia no podría saber sus componentes, de modo que no sabría exactamente qué tipo de activos estaría suministrando. La respuesta es no.

—¿Y si sabe que su muerte es inminente, que no hay otro remedio, que el paciente moriría de todas formas, como ya lo han hecho los otros casos con los que usted se ha encontrado antes de dar con la cura?

—Me vería imposibilitado de hacerlo éticamente, amigo. No se puede recomendar algo que no se conoce. No es ético.

—Pero es ético dejarle morir. A pesar de que hay un hombre cuya experiencia dice todo lo contrario y que podría salvarle la vida.

—¿Pero de qué experiencia me habla? ¿Acaso se puede contrastar esa experiencia? ¿Quién me dice que puedo confiar en ese hombre? No tengo ningunas garantías respecto a sus conocimientos…

—¿Y respecto a los suyos? ¿Tiene todas las garantías?

—No, tampoco. Un médico se encuentra ante la dicotomía muchas veces en su carrera. La elección es complicada, pero… Bah —dijo haciendo un gesto con la mano—. ¿De verdad estoy discutiendo esto con una rata? Amigo Odiel, esto es mucho mejor de lo que esperaba. Muy divertido, ya verá. Lo vamos a pasar muy bien cuando…

—¿Qué le pasa, doctor Hoffmann? ¿No es capaz de seguir un diálogo? -lo interrumpió Hans-Georg- ¿No tiene argumentos para rebatirme? Inténtelo, hombre. Los míos son más que flojos. ¿No me dirá que el insigne Hoffmann, abanderado de Prusia, el que ganó África para el imperio, no es capaz de librar una batalla dialéctica con una rata? —El doctor estaba rojo de la ira. Temía que intentara darle un mamporro a Hans y fuera yo quien acabara recibiendo una hostia sagrada de las que no caben en el copón—. Por cierto, ¿qué era eso de que ganó África para el imperio? ¿No ha exagerado un poco?

—Por edad obviamente no. Pero usted habría sido un digno soldado prusiano —dije para animarlo y desviar la conversación, temiendo que esta acabaría estampada contra mi mentón—. ¿Conoce usted los orígenes del ejército prusiano? Personalmente me considero un admirador de Federico Guillermo I y de las llamadas virtudes prusianas, aunque debo admitir que en esto tuvieron más efecto su hijo Federico II y el mismo Bismarck. Cómo me habría gustado vivir aquella época. ¿A usted no? Entonces existían los principios. Había fortaleza, sobriedad, sacrificio, pragmatismo, puntualidad, modestia, diligencia, sí, diligencia. Eso es lo que más me gusta del personaje de Bismarck. Su diligencia, su pragmatismo. Bismarck…

Al parecer mi intento de calmar los ánimos no tuvo el efecto deseado, sino más bien todo el contrario. Era imposible acertar con esas dos criaturas tan complicadas de por medio.

—¿Qué dice de Bismarck? ¿A qué viene tanto Bismarck ahora? —preguntó encolerizado el doctor con los ojos inyectados en sangre—. Bismarck por aquí, Bismarck por allá. ¡Un canalla eso es lo que era Bismarck! —gritó dando un mazazo en la mesa que hizo temblar las cubiteras—. ¡Ponme otro! —ordenó a Billy al tiempo que sacaba su petaca.

—¡Y a mí! —se agregó Hans-Georg aprovechando la coyuntura.

Se le veía una sonrisa de plena satisfacción, como si hubiera encontrado el elixir de la vida y viviera un momento envidiable. Yo por mi parte estaba de los nervios. No podía entender los cambios de humor del doctor, pero al fin y al cabo ya me había demostrado que no era más que un majadero con ínfulas que se creía el descubridor de la penicilina. Cada vez me sentía más incómodo en su presencia, pero por otro lado había algo que podía oler aparte del etileno y eso era sus ganas de ocultar su pasado. Yo sabía que teníamos algo en común y aunque todavía no hubiera llegado a descubrirlo estaba dispuesto a dejarme llevar para hacerlo. Al menos hasta la siguiente copa.