sábado, 9 de abril de 2011

Agamenón: partes 6 y 7

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No oí nada durante la noche, pero por las señales la lucha debía haber sido feroz. El cadáver de Virna estaba caído en las escaleras, seguramente con el cuello roto. Antes de morir, se enzarzaron en una buena pelea, que debió causar los moratones y mordiscos que tenía en la cara y el pecho. Agamenón seguía arriba, podía oír sus pasos irregulares sobre la madera y las baldosas de marés.

Al mediodía llegaron un par de coches seguidos de una patrulla de policía. Se pararon delante de la casa y abrieron la cerca de madera. En un momento dado miraron hacia arriba, hacia la habitación de la torre. Yo no quería que me viesen, que entraran en casa y vieran el cadáver, la cabra, que me echaran. Seguí su mirada, que a su vez seguía lo que adiviné como el progreso de Agamenón por los tejados hasta que con un salto grácil y largo se plantó en suelo, a escasos centímetros de un gran tiesto con geranios. Se dirigió, lento, trazando diagonales, hacia donde estaba el grupo desalojador, que se mantuvo quieto y expectante. Tras unos minutos de incertidumbre (el teléfono de la casa sonó, varias veces; los policías se metieron en el coche y hablaron por radio; alguien se quejó del calor), se subieron a los coches y desaparecieron. Agamenón comía un hierbajo que salía de las piedras que rodeaban el caminito hasta el garaje.

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Quizá sea una forma de aplazamiento, pero nadie me puede acusar por ello. Tanto la cabra como yo hemos dado señales de buena voluntad. Agamenón ahuyentó a los policías, eso era indudable. No sé cómo lo hizo, pero no por ello es menos cierto. Del mismo modo, no lo vi atacando a Virna pero sé que él la mató. Salí ayer en coche, brevemente, hasta el pueblo para comprar, a petición de la cabra, setas shitake. Las preparé como me dijo, con un breve paseo por una sartén con aceite y ajo.

  • Sí, claro, me gusta el papel. Pero del mismo modo que a ti.

Esa respuesta me dejó cavilando un buen rato.

Su propuesta de montar juntos el parqué ha sido una gran idea. No es que me olvidara de la amenaza del desalojo, lo que convierte cualquier gasto extra en una empresa inútil e incluso idiota, sino que parecía que al montar las tablas contra el suelo de piedra (para lo cual las pezuñas y los pequeños cuernos de Agamenón se revelaron realmente útiles) se afianzaba nuestra toma del lugar. El problema es que también Agamenón parece ser, cada día un poco más, el dueño del lugar.