jueves, 7 de abril de 2011

Agamenón: partes 4 y 5

4
  • Para empezar, quiero que Virna se vaya. No quiero hablar con ella.
  • Pero vosotros sois dos...

  • Manolita no tiene nada que ver con esto. Me parece impropio que la saques siquiera a colación.

  • Manolita tiene mucho que ver con esto. Quiero proponerte un intercambio, si quieres, de rehenes.

  • Esto ha sido idea de Virna.

  • Bueno, lo hemos discutido, sí.

  • ¿Y?

  • La opinión de Virna en todo este asunto no es válida porque, para empezar, ella considera que soy estúpido por tener solo una copia, y de papel, de mi manuscrito.

  • En cualquier caso, no puedes ofrecerme a Manolita. No te pertenece.


Ese era el momento clave. Lo pude sentir. Pude percibir la duda que se cimbraba en esa frase de Agamenón. También el miedo. Y sabía que el miedo era peligroso. Si lo usaba bien, operaría en mi favor, pero si se me escapaba, este episodio podía acabar en tragedia.


  • Agamenón...

  • No me llames así.

  • De acuerdo. Escúchame...

  • No, escúchame tú. Cállate ahora mismo.


Quizá a causa de la rabia, quizá a propósito, un par de bolitas negruzcas salieron de su ano y se depositaron sobre mi manuscrito. No me gustaba nada el cariz que tomaban las cosas. Agamenón no lo vio, o simuló no verlo. Siguió:


  • Mañana, hacia las once y media, vendrán a desalojarte. Ya no sirven más excusas. El banco se ha puesto en movimiento y te van a echar, así que tenemos un problema. Debemos aliarnos; si no, tú te quedarás sin casa pero antes pasarán cosas desagradables. Si accedes, te ayudaré.

  • Y tú, ¿cómo sabes eso?


Como respuesta me dedicó una mirada cabruna que, en contraste a la nitidez con que me llegaban sus palabras, no me dijo absolutamente nada. Esa diferencia me traía loco. ¿Cómo podía ser que un animal tan locuaz fuera, a la vez, tan hermético? Cuando no hablaba, y caminaba como si escalara unos riscos por el alféizar o una silla para alcanzar un libro de los estantes, parecía tan solo una cabra. Pero cuando hablaba, de repente lo veía como un ser inteligente, aterradoramente inteligente. ¿Dónde estaba mi error, en pensar que era un animal cuando no hablaba, o en pensar que era inteligente cuando lo hacía?


5


  • No podemos hacer eso.

  • Es necesaria una demostración de fuerza. Como mucho se comerá algunas páginas en represalia, pero no más. No se arriesgará. Yo puedo mantenerme aquí e informarte por teléfono de su reacción. Lo estará viendo todo por la ventana.

  • Lo único que conseguiremos es, en el mejor de los casos, que nos quedemos con una cabra y un manuscrito mutilados.

  • Tienes que atacar. Tu estudio es un caos absoluto, los libros medio comidos están por todas partes, y es posible incluso que acabe mordiendo el manuscrito sin darse cuenta. Tienes que intervenir.

  • Pero, ¿y si es cierto lo del desalojo?. Si me puede ayudar, podría quedarme aquí, al menos hasta el final del verano, y terminar mi libro.

  • ¿¡Qué libro!? ¡No tienes ningún libro, lo tiene ese cabrón del diablo!