martes, 5 de abril de 2011

Agamenón: 2 y 3


2



-Y en el pacto, ¿incluisteis los excrementos?


-¿A qué te refieres?


-Bueno, si come seguramente defecará, con lo que dejará tu estudio lleno de excrementos. ¿No habéis hablado de eso? Quizá podrías sugerirle que cagara solo en un rincón, o en la terraza.


-La verdad, dada la naturaleza de los excrementos de cabra, ese no me parece un tema preocupante. Pero, lo que dices me hace pensar que crees que he sido débil en la negociación...


-No, no es eso. Simplemente repaso, objetivamente, los términos del pacto, y me parece que si no impones alguna exigencia de tu parte, te sitúas en una posición de inferioridad.


-¿Te parece poco lo que he conseguido, salvando el manuscrito?


-En primer lugar, el manuscrito no está salvado, tan solo tienes la palabra de una cabra de que lo respetará. Pero no se trata de eso, sino de sentar unas bases más fuertes. Al fin y al cabo, es una cabra...


-...que habla, no lo olvides.


-Sin duda, pero una cabra. Lo que quiero decir es que el hecho de que hable no borra miles de años de dominio del hombre sobre la naturaleza. Y eso, tiene que valer algo.


-Sí, para alimentar un agravio acumulado, un ansia de venganza, una crueldad...


-Me parece que estás exagerando. Y además, la cabra no te ha dado motivos para pensar que actúa con alevosía. Quizá todo se trate de un accidente.


3



Mientras Agamenón devoraba, tranquilamente, mi biblioteca, salí al huerto y me dirigí hasta donde estaba Manolita. Tras un momento de duda, la interpelé, pero no conseguí que dijera nada. Pensé que acaso la clave estuviera en la traba, que si se le quitaba hablaría como Agamenón. Pero con eso me arriesgaba a tener dos cabras voraces merodeando mi manuscrito, y además, quizá lo importante había sido que Agamenón se había liberado a sí mismo. De pie como un pasmarote (no pude evitar sentirme estúpido al descubrirme esperando unas palabras de una cabra), giré la cabeza con embarazo y vi a Agamenón que nos observaba desde la ventana. La idea me llegó de repente y me dirigí con pasos lentos hacia la cocina, donde Virna se había quedado fregando los platos.