martes, 29 de marzo de 2011

WG Episodio 17, por El Ogro del Sí

Mientras Billy nos servía las copas, el doctor quedó sumido en un estado de letargo y abatimiento del que nada parecía poder desalojarlo. De vez en cuando movía su bigote en forma de interrogación o asentía para sí mismo con cara de estar afligido. Mientras Hans-Georg se embarcaba en una diatriba sobre la ciencia que dejó boquiabierto a Billy, Hoffmann empezó a sonreír por momentos y dijo: «Doctor Hoffmann, señorita», a pesar de que no se veía a ninguna por el local.

Ninguno de nosotros podía saber que compartía sus ensoñaciones con Isabella Lorraine-Smith, una aristocrática inglesa hija de un vicario de esos que atesoran más dinero que fe en el sagrario. Recordaba el primer momento, aquel momento en que acababa de conocerla y no podía pensar en otra cosa que en llevársela a la cama. Cualquiera podría imaginar que se trataba de una belleza, pero nada más lejos de la realidad. Era una chica que rondaba la treintena tan alta como el Everest, aunque mucho menos imponente. Sus escuálidas piernas se arqueaban haciendo un paréntesis que daba cabida a ciudades enteras entre sus corchetes, para luego cerrarse abruptamente en sus caderas. Cualquiera que la viera por detrás pensaría estar ante un extraño obelisco humano, en tanto que por delante nadie dudaría que se trataba de una tabla de planchar, sobre todo cuando se ponía de perfil, ya que su cara adquiría entonces todo el aspecto de una plancha de hierro antigua, tanto por sus cejas juntas como por el triángulo agudo de su nariz y los ojos esquivos que, al estar hundidos sobre las cuencas, añadían una extraña aptitud para marchar al unísono hacia el bando izquierdo. Aquello no habría tenido nada de particular de no ser por el lugar en el que se encontrab: Egipto, en el que todos la adoraban como si fuera una diosa, ya que se parecía al mismo tiempo a una esfinge, a Cleopatra y a un jeroglífico mal interpretado. Pero la razón de que al doctor le resultara atractiva no tenía nada que ver con ninguna de estas cosas, sino con algo más perverso. Personalmente le parecía más repugnante que una sopa de pelos, pero había una característica de ella que resultaba especialmente atractiva: era la pretendida de su amigo Otto.

A este lo había conocido en la Universidad Humboldt de Berlín, en donde mientras uno estudiaba medicina el otro hacía leyes. Otto contaba con una personalidad arrolladora que en seguida le hacía centro de atención de todas las reuniones. Las mujeres alemanas se lo rifaban, pero él jamás se iría con ninguna de ellas, pues tenía una sola debilidad: las féminas inglesas. No le importaba el físico de la Lorraine-Smith en lo más mínimo, ya que lo que les atraía de ellas solía ser en primer lugar la voz, cuanto más aguda y displicente posible mejor, y después sus rasgos caballunos, cosa que llegaba al summun cuando ambas cualidades conjugaban y se encontraba a una mujer centauro que relinchaba. Para él las mujeres no eran más que instrumentos de conquista, así pues no tenían nada que hacer con él si no se parecían a un caballo. Debido a esto y a que siempre andaban juntos, empezó a conocerse en los círculos sociales de Potsdam a estos dos amigos con los sobrenombres de Federico y Voltaire. Otto, como buen estratega que era, quiso deshacerse de las fámulas que lo atosigaban y ahuyentar los rumores sobre su relación homosexual con el doctor. Comenzó entonces a prometerles a las mujeres que le pretendían que para estar con él primero habrían de pasar por el tamiz de su amigo William, con lo que a este nunca le faltaban mujeres en la cama. No obstante y, como todo lo que abunda aburre, el doctor se cansó de tanta satisfacción y empezó a desentenderse de las bellísimas mujeres que le pasaba su amigo para interesarse solo por las mujeres parecidas a caballos. Este error, que cualquiera sería capaz de cometer estando en su posición, estaba a punto de arruinarle la vida.

Otto había hecho los primeros avances con Isabella Lorraine-Smith y a pesar de no haber consumado ningún acto con ella ya pensaba en ofrecerle matrimonio. Tan solo había conocido a una mujer que cumpliera con sus imperdonables características. Esto ocurrió dos años antes y su amor se había visto frustrado por la intercesión del propio Hoffmann, que en un arrebato de celos lo había convencido de que aquella mujer no era alfalfa limpia. No solo lo persuadió de que se parecía más a un perro que a un caballo, sino también de que ni tan siquiera era inglesa, sino irlandesa. Otto, consternado por el engaño, siguió los consejos de su amigo muy a pesar suyo y se alejó de aquella perra británica.

Fue esta la razón principal para que cuando viera a la señorita Lorraine-Smith relinchando de placer mientras Hoffmann le acariciaba los cuartos traseros su ira fuera implacable. Sin embargo, el que llegara a ser general y regidor de toda una nación, contaba con una capacidad inusitada para disimular sus reacciones. Cuando entró precipitadamente en la cámara de su pretendida sin esperar encontrarla en ella, con el objeto de robar una de sus prendas intimas y usarla como fetiche masturbatorio, tal vez también confundido por su impropia circunstancia, puso cara de estar azorado y marchó del lugar pidiendo disculpas. Poco después, se encontró a su apreciado amigo y se guardó de mostrar enojo alguno, llegando a quitarle importancia a la chica diciendo que podía encontrar mil como esa en cualquier establo de Bedfordshire. No obstante planeaba servir su venganza en el plato de los entremeses, exactamente en el del caviar, frío como el hidrógeno sin oxigenar.

Nadie podría dudar que el señor Otto von Bismarck era un perro despiadado, cruel, retorcido y entreverado. Le hizo ver al doctor Hoffmann que jamás pondría en peligro una relación con un amigo por ninguna mujer, por caballuna que esta fuera y fue administrando su desagravio en pequeñas dosis. Lo primero para él era acabar su pasantería en Potsdam y cerrar el círculo de buenas relaciones que estaba armando en el lago de Wansee. Lo primero nunca lo consiguió, ya que lo expulsaron de la escuela de derecho por sus repetidas faltas de disciplina. Cuando Otto se dio a la bebida y se resignó con nobleza estoica a no pensar en mujeres inglesas y caballunas, el doctor se percató de que algo ocupaba la mente de su amigo. No sabía por qué exactamente, pero estaba seguro de que la pérdida de Isabella influía en él más de lo que quería hacer notar. Después Otto se obligaría a amar a una mujer de la nobleza prusiana, Johanna von Putkammer, pía y luterana como solo podría serlo una noble prusiana y gracias a ello lavó su imagen de calavera, consiguiendo ser elegido representante del Vereinigter Landtag, donde comenzaría una imparable carrera política que más tarde le llevaría a dirigir el país, siempre con el doctor Hoffmann como fiel escudero. Cuando al año siguiente de esto llegó la revolución, Otto tuvo al fin la excusa perfecta para demostrar su conservadurismo y adhesión al régimen, una estrategia política con la que conseguiría llegar a lo más alto del poder. Todo esto, incluso el hecho de que arrastrara al estado alemán a su definitiva unificación, carecería de importancia para nosotros de no ser porque sus progresos estaban instigados por un único motivo: la venganza. Bismarck esperó a tener todo el poder posible para usarlo contra su amigo William.


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