martes, 29 de marzo de 2011

Desenfrenado

Empieza otro día soluble. Subido a una bicicleta, resoyando a ratos, tendré tiempo de avergonzarme de las letras que no escribo cuando me entrego, perro sumiso, a una pereza que ya no necesita calzarse las botas o depilarse, que fastidio, para calzarse ese buzo de vinilo. Le basta con el pijama y la bata dos tallas más grandes para recordarme que soy un fastidio y que como escribió Blake: el que desea y no engendra: podredumbre.

Desentrenado, plano sobre las superficies, esperando a que los leds cambien de sitio y de color y tal vez un motorista se salte un semáforo animado por una ambulancia que lo empuje debajo de un autobús escolar que se eleve al fin por encima de nuestras cabezas y parezca que algo va a cambiar cuando todos detengan sus motores y decidan que ese día y el día siguiente y el siguiente no van a ir a trabajar.

Tengo la seguridad y la tranquilidad de que nadie va a pagar estas facturas que se acumulan a la espera de cierre de suministro. Si es que parece que tengo otras prioridades, otros caprichos, cuando decido substituir la tranquilidad y la seguridad de un recibo pagado por la compañía borracha de esos espejos retorcidos que son los amigos.

Ya ves, desentrenado.