miércoles, 23 de marzo de 2011

Crónicas Autobombásticas: WG Episodio 16, por El Ogro del Sí

Anteriormente, en WG: ver Episodio 15 completo

—¿Lo hacemos? —dijo el viejo atleta solo para que yo rabiara. Supongo que sería deformación profesional—. ¿Lo hacemos? —repitió—. ¿Lo hacemos? —insistía en insistir.

—Sí —contesté al fin—. Haga lo que sea.

...

—Me hará usted famoso. ¿No se da cuenta? Walter Hoffmann, el hombre que descubrió cómo funciona el sistema nervioso de los peluches. Venga acá. Es más, le invitaré a que pruebe mi cóctel favorito. ¿Lo quiere ahora o después?

—Después, a ser posible —dije vencido por su ridículo sentido de la realidad.

...

—¡Pero qué hace! —dije aterrado—. ¡Va a matarlo!

—¡Ja! Eso ya sería un principio Como mucho lo tostaré un poco.

...

—¡Salga de aquí ahora mismo, fantoche! ¡O se piensa que un científico como yo tiene tiempo para perderlo con escorias de las sociedad como usted! ¡Fuera, hombre, fuera!

...

—Yo me conformaré con un Sewer Rat —dijo Hans-Georg.

—Demonios. ¿Además de hablar también bebe?

—Sí, espero que no le moleste —contestó indolente—. Como buen europeo, tiendo a la autodestrucción, y no digo al nihilismo porque no quiero entrar a valorar términos nietzscheanos antes de tomar una copa.

—Así se habla —dijo el doctor Hoffmann—. ¡Menudo fenómeno!

Cogí a Hans-Georg y me lo puse al hombro. Estuve a punto de darle un beso, pero la infección de ese ojo que campaba a sus anchas fuera de su cuenca hizo que me detuviera a tiempo.

—No sabes lo que me alegro de que vuelvas a estar con nosotros —dije en cambio.

—Menos monsergas y vamos a lo que vamos, que me muero por quitarme este dolor de cabeza.



Episodio 16

El doctor Hoffmann me tomó aparte, en la medida en que alguien puede tomar aparte a otra persona que lleva a otro individuo al hombro, siempre en la medida en que una rata es un individuo, claro está, y me susurró algo que no alcancé a comprender: "Usted y yo tenemos que hablar de negocios".

De modo que salimos del hospital y nos encaminamos a la estación de S-Bahn, ya que el doctor Hoffmann había dado pruebas de su inteligencia negándose a tomar su propio coche y decidiéndose por la conveniencia del transporte público. Nos dirigíamos al Billy Wilder. Yo no lo conocía, pero al parecer preparaban unos cócteles estupendos y hacían gala de una carta de alcoholes tan larga como el listín telefónico de Potsdam. Faltaban seis minutos para que llegara el tren. Hans-Georg, abatido, había pedido excusas para ausentarse en sueños y dormitar sobre mi hombro hasta llegar al sitio, en tanto que yo me quedé pensando en cómo había llegado hasta allí y los pasos que tendría que dar a continuación, lo cual a punto estuvo de costarme un buen susto, ya que, impelido por mi modo errático de pensamiento, faltó poco para que cayera en el hueco de las vías justo en el momento en que pasaba un tren de larga distancia sin parada en nuestra estación. He aquí en lo que pensaba: Tenía todo el fin de semana por delante y prácticamente nada que hacer salvo pasar el tiempo hasta que llegara el momento de poder volver a casa. El militar que había dentro de mí me decía que tenía que planificar, estudiar mi posición y calcular la situación, pero por otra parte el idealista bohemio me llamaba a tomar las cosas como venían. Acababa de conocer a un hombre extraordinario, no solo por su curioso bigote, su extravagancia y sus inauditas dotes, sino porque probablemente contara con un pasado espectacular a sus espaldas. Tendría que tomarme la molestia de empezar a conocerle. Sabía que lo formal y correcto sería preguntarle acerca de su vida pasada, pero también que esto llevaría a que yo tuviera que contarle la mía y maldita la gana que tenía de recordar los propios problemas que marcaban mi triste avatar. No obstante, el aburrimiento y mi imprudencia innata pudieron con la precaución. Empecé a oír una bocina estruendosa, que me parecía la sirena de un barco y estaba a punto ya de encontrarme con el objeto más impactante de mi vida, cuando el doctor Hoffmann lo impidió in extremis, agarrándome por el brazo en el momento en que me disponía a caer como bola que encuentra su tronera.

—¿Le gustan las armas, doctor Hoffmann? -dije por evitarle la confusión del momento.

El doctor me miró con cara de pacifista aletargado y esbozó una media sonrisa que bien podía ser de desprecio o tal vez de conmiseración. Me respondió con otra pregunta.

—¿A usted sí? Por lo que he visto tiene tendencias suicidas.

—Encuentro cierto placer en sostener un cetme en mis manos, no se lo voy a negar.

—¿Y se puede saber que demonios es un cetme?

—Es el fusil de asalto del ejército español —contesté con orgullo. Dejé que calibrara la idea que le acababa de transmitir mientras él, obviamente impresionado, guardaba un silencio respetuoso. Al ver que no comentaría nada al respecto pasado un minuto, ahondé en explicaciones técnicas al respecto—. Mis preferencias están con el CETME C, claro está. Sin duda es el mejor de los modelos. Podría incapacitar a su objetivo desde un kilómetro de distancia. Tiene una bocacha lanzallamas que además es capaz de lanzar granadas, culatín ergonómico, recamara estriada, alza de tipo librillo, carril para mira telescópica, guardamanos y culata de madera, una auténtica joya digna del diseño del Mauser, solo que más fiable, duro y resistente. Está en servicio en más de treinta países.

Permití que esta frase perdurara en su memoria como el eco de las balas de la primera línea del frente. Presentía que aquí sí se vería obligado a hacer algún comentario, pero permaneció impasible, mirándome por encima del hombro como si le hablara en chino, en lugar de en un correcto alemán. En realidad lo que hacía era observar el trance de Hans-Georg. Un viento frío unidireccional entró por las vías al tiempo que rugía el sonido del tren que venía a nuestro encuentro y le privó de la necesidad de hacer comentario alguno. El doctor se sentó junto a la puerta y yo quedé entre él y una señora de avanzada edad que no levantó la vista. Seguí comentándole las excelencias del cetme mientras él miraba por la ventana haciéndose el distraído. Le explicaba que obviamente, como buen sentimental, yo prefería el modelo original, pero parece ser que el calibre de los cartuchos no era aceptado por la Convención de Ginebra.

—¿Está seguro de que no está muerta? —me preguntó cuando pasamos la estación del zoológico.

—¿La Convención de Ginebra? Más que muerta diría yo.

—Me refiero a la rata.

El tren anunció que llegábamos a Potsdamer Platz, lugar en donde teníamos que bajar. La señora mayor sentada junto a mí, me miró por encima del hombro con todo su desprecio y musitó:

—Bonito peluche, pero haría bien en lavarlo un poco.

—Gracias señora —contesté amablemente.

—Ya ve, incluso esa señora ha pensado que es un peluche —dijo el doctor Hoffmann una vez estuvimos en el andén. Dicho esto cogió a Hans-Georg y lo sostuvo en alto—. Pesa menos que el aire —dijo—. Tóquela, parece que estuviera rellena de afrecho.

La palpé con cuidado y observé lo que decía el doctor. Estaba en lo cierto. Parecía pesar mucho menos que antes y tener tanta vida como un peluche.

—¡Hans! —grité—. ¡Hans! ¡Despierta!

—Con Fever Tree —dijo la descarada rata.

—¿Ve? —dije—. Lo único que le preocupa es la Convención de Ginebra. Como le decía —continué, haciendo caso omiso de las quejas de Hans-Georg por despertarla antes de tiempo—, que los idiotas esos de Ginebra decidieron que ese tipo de munición no era lo suficiente humana y nos prohibieron usarla. Yo la habría dejado tal y como estaba. Hacía unos agujeros así —dije haciendo un círculo mágico con ambas manos—. No se escapaba ni uno, después de un tiro con los cetme originales. Pero en fin, no sé si estará al tanto de cómo son esos burócratas. En mi opinión la convención del cuarenta y nueve acabó convirtiendo la guerra en un juego de nenazas. Dígame usted si no está de acuerdo en que eso de hacer que una guerra sea más humana no es más que una chorrada.

Hasta que entramos al Billy Wilder’s el doctor Hoffmann no rompió su silencio. Lo hizo para pedir un zumo de limón. El barman, un tipo mayor de pelo entrecano y gafas de pasta rectangulares, lo miró con complicidad, sacó una botella de la nevera en la que se leía el nombre del doctor y vertió lo que había pedido sobre una copa de martini. Portaba un atuendo de lo más curioso. Aunque por debajo lucía un impoluto traje blanco con corbata blanca que podrían ser atributos del coctelero más chic, llevaba encima un sobretodo ajedrezado y una gorra con los mismos motivos que le hacían parecer un Sherlock Holmes de la barra. El doctor extrajo de su bolsillo la petaca de etileno y se sirvió de lo suyo. Hecho esto, le ofreció la copa al barman, que completó la mezcla con una guindilla, lo removió con un mezclador y dijo en un horrible acento inglés:

—Listo, doctor Hoffmann. Ya ve, viene a la mejor coctelería de Berlín y trae su propia mezcla —añadió dirigiéndose a mi persona—. En fin, cosa de genios. Espero que usted sí se fíe de un buen profesional.

—No haga caso —dijo el doctor—. Los mejores mezcladores siempre han sido los boticarios. Y creo que de eso yo tengo algo más que Billy, ¿no le parece?

—¿Qué le pongo? —preguntó el camarero sin hacerle mucho caso.

—¿Tiene usted quina? —dije por hacerme el interesante.

El camarero rió y miró al doctor como diciéndole «¿de dónde has sacado a este?».

—Pues no —dijo finalmente—. Tenía, pero la confiscó el doctor la semana pasada con amenazas de denunciarme en la Inspección de Sanidad.

—Póngame un Hendricks con Fever Tree y a él un Sewers Rat.

—Y un cuerno —dijo Hans-Georg, volviendo en sí—. A mí me pone un Citadelle, con pepino. El Sewers Rat es puro veneno y además una ordinariez.

—Tengo que darle toda la razón, caballero —dijo Billy sin inmutarse.

—¿Pero no bebías Sewers Rat? —pregunté a Hans-Georg.

—No pienses que me conoces tanto. Aquello no era más que una licencia poética, una broma, vamos. ¿Qué tipo de rata podría beber eso?

—En fin, póngale lo que quiera. Es mejor no enfadarla. Tiene la rabia y se pone furiosa.

—Negativo —dijo el doctor Hoffmann—. De ser así ya estaría muerta.

—¿Y qué sabe usted de todo eso? —preguntó Hans-Georg con incredulidad.

—¿Qué sé yo? —respondió a su vez el doctor con una sonora y sombría carcajada—. ¿Qué sé yo?

—Sí, qué sabe usted. Si es que en estos días se puede estar seguro de algún conocimiento humano, doctor Kopfmann.

—Soy yo a quien debe la vida, peluche ingrato. ¡Yo, el doctor Hoffmann! —proclamó ante todos los clientes del bar— ¡El único hombre capaz de dar vida a un peluche recién sacado de la basura y convertirlo en un roedor viviente y con capacidad de habla! ¡El gran William Hoffmann, celebrado microbacteriólogo en todo el mundo! ¡El que acabó con la rabia y descubrió a todos la ciencia de la resurrección! ¡El insigne William Hoffmann, abanderado de Prusia y de las diez alemanias! ¡Hoffmann el reunificador! ¡El conquistador! El que ganó África para el imperio y no pide condecoraciones…

Su voz se fue apagando poco a poco hasta dar lugar a unos sollozos, que más bien parecían los lloros de un niño enrabietado. Cierto es que el doctor estaba haciendo un ridículo espantoso en aquel bar. Pero hay que añadir que en realidad los ocupantes del bar no se asombraban de nada, ya que tan solo éramos tres: dos personas que ya lo conocíamos un poco y uno que dudaba de todo conocimiento.

—He cambiado de idea —dijo Hans-Georg con sorna—. Sírvame lo mismo que a él.