martes, 25 de enero de 2011

WG Episodio 14, por El Ogro del Sí

Al salir, disipado ya mi enfado fingido, fui directo al panel de anuncios. A decir verdad lo único que quería era desembarazarme cuanto antes de esa mujer y poner en marcha mi plan. No tenía tiempo para zarandajas económicas ni mujeres sensuales con sueños zoofílicos. Además, aquella hembra de rasgos disneyescos parecía tener una agenda oculta. No era solo que se aprovechara del género a su antojo. Había algo en su manera de conducirse, algo que no sabría especificar, salvo por la inquietud que me producía. Tal vez simplemente fuera porque era extranjera o quizás me daba la impresión de que me delataría a la policía, que me chantajearía con el recibo de la vacuna para que le ofreciera mis favores sexuales. Ya sabemos lo que se excitan las mujeres eslavas con un hombre moreno de metro sesenta, entradas en la cabeza y salidas en la panza.

En el panel se daba el nombre de un tal doctor Hoffmann y un número de teléfono en el que localizarlo. Abrí la maleta con la intención de comprobar el estado de Hans-Georg, manteniendo la inadmisible fe en que se habría recuperado y podría evitar más trances, huyendo de allí antes de que la enfermera me persiguiera con el recibo. Como no ocurrió ni lo uno ni lo otro, me puse en contacto con el doctor Hoffmann.

—Doctor Hofmann —dijo al contestar al teléfono.

—¿Doctor Hofmann?

—Doctor Hofmann, dígame.

—Sí, doctor Hofmann. Tengo aquí una rata con una coma inducida para prácticas antirrábicas.

—¿Prácticas anti qué? —dijo un estupefacto doctor Hofmann.

—Antirrábicas —repetí—. ¿Puede hacer algo con ella?

—Puedo extirpársela y usarla para hacer un injerto de pausas. ¿Por cuánto la vende?

—No, no la vendo.

—No la vende. ¿Y entonces qué quiere?

—Quiero que la saque del coma y le quite la rabia.

—¿Qué? —dijo prorrumpiendo al momento en una carcajada de sonoridades imposibles y cavernosas.

—¿Por qué ríe? Pensaba que eso era científicamente posible.

—¿Científicamente posible? Pregúntele a todos esos niños a los que han inducido al coma para nunca más regresar. Es científicamente posible. Pero ¿sabe usted cuántas ratas han sobrevivido al proceso?

—No.

—Yo tampoco. La idea del coma es mantener el cerebro protegido mientras el propio organismo crea las defensas retrovirales ¿me entiende?

—No del todo, no. Pero si han sobrevivido tan pocas tendrán que seguir investigando ¿no?

—Ese tipo de investigaciones ya no resulta rentable —dijo el doctor Hoffmann con aire taxativo—. Pero a decir verdad estoy muy interesado en la materia.

—¿Entonces qué? —pregunté bruscamente, ya cansado de que mareara tanto la perdiz.

—Me la quedo —dijo al cabo de un rato de deliberaciones.

—No, no se la queda. Se la presto.

—No entiendo.

—No hace falta que me pague nada. Yo se la presto. Usted la salva y me la devuelve.

—¡Ja! ¡Usted la salva y me la devuelve! Como si fuera cosa fácil.

—Bueno ¿sí o no?

—Tráigala al aula Robert Koch del Instituto de Microbacteriología de la Freie Universität. Y recuerde, mi nombre es doctor Hoffmann.

—Sí, claro, doctor Hoffmann.

—Recuerde… —dijo misteriosamente— No soy Gottmann ni Toddmann.

—Que sí, hombre que sí.

Hay que ver lo pesados que se ponen a veces los hombres de ciencia. Se creen tan especiales que piensan que su nombre tiene que pronunciarse con letras de oro.

—Tampoco Belebenmann —alcancé a oír cuando ya había apartado el teléfono de mi oreja para colgar la llamada—. Hoffmann. Simplemente Hoffmann —resonó su voz como un eco.

El doctor Hoffmann era un hombre de unos doscientos años en apariencia. Su aspecto vetusto en cierto modo me ofrecía una confianza que no habían proveído sus palabras al teléfono. Vestía una bata blanca impoluta sobre pantalones y camisa verde hospital. Esta tenía un bolsillo en la pechera en cuyo borde estaba inscrito su nombre con unas letras ridículamente infantiles que le daban el aspecto de una bata de niño de guardería. Me recibió en la puerta de su sección con cara de asombro. Su prusiano bigote nevado se torció tanto que tomó la apariencia de un signo de interrogación.

—Odiel Amor —dije presentándome.

—Yo también —replicó el doctor Hoffmann por encima de sus gafas de montura metálica.

—¿Perdón?

—Yo también odié el amor —dijo en un perfecto español para después soltar una carcajada. No dejaba de ser curioso que aquel hombre usara la misma broma con la que me habían congratulado mis compañeros desde la escuela primaria. Si bien el chiste era de lo más facilón, jamás habría pensado que lo oiría en boca de un alemán de aspecto prusiano. Aquello parecía una premonición—. Disculpe, no pude evitarlo —siguió ya en alemán—. Soy el doctor Hoffmann. Pase, pase.

Entré en la sala donde tenía su laboratorio. Había un orden y una pulcritud absolutas. Todo parecía oler a anestesia y ácido fénico, todo aséptico y esterilizado, gracias al mobiliario metálico y una esmerada diafanía. Hacía un frío como de sala mortuoria. A su espalda un gran ventanal que daba a un patio interior enorme con jardín iluminaba el espacio de tal modo que los neones resultaban inservibles. Sobre este había una balda en la que se mezclaban tarros con objetos de diferente naturaleza sumidos en alcohol o formol de los que solo distinguí uno en concreto. Se trataba de una bota de soldado de infantería de la Guardia Blanca.

—¿Así que habla usted español?

—Un poquino —dijo impostando el acento—. Pero dígame ¿dónde tiene a nuestra amiga? —Abrí la maleta y rebusqué a Hans-Georg en su interior. Tras sacar unos cuantos papeles, calzoncillos y calcetines sucios y desdoblar mi colección de bufandas la encontré, arrebujada dentro de un gorrito de lana. El doctor me miró con cara de incredulidad y casi diría que de pena.—¿Qué es eso?

—Esto es Hans-Georg, mi amigo, la rata de la que le hablé.

—Su amigo es de peluche.

—No, no. Es una rata auténtica. La encontré en la Teufelsberg.

—Es de peluche —insistió—. ¿Dónde diablos dice que la encontró?

—En la Teufelsberg.

—Ajá —dijo mirándome con suspicacia. No parecía fiarse en absoluto de cuanto le decía. Me miraba con la quebrada paciencia de quien ha invitado a un mormón a tomar el té—. ¿Le importaría mostrarme eso?

Se la ofrecí como si de un carnero se tratara. El doctor Hoffmann hizo el gesto de acogerla en su seno, pero después se arrepintió, me hizo señas para que esperara y dio media vuelta. Abrió un cajón de metal y sacó de él unos guantes de látex que se puso sin ceremonia alguna. Después volvió hacia mí y tomó a Hans-Georg entre sus manos. La examinó minuciosamente, con un continuo rictus de asco sobre el bigote en forma de interrogación. Palpó su pelaje y cada uno de sus frágiles cartílagos. Se detuvo en su ojo descolgado. Volvió otra vez a uno de los cajones y sacó un destornillador con el que revolvió el nervio óptico. Luego lo soltó y simplemente lo apretó con un dedo hasta que quedó encajado. Después le puso ese mismo dedo bajo el cuello. Desde mi posición me pareció ver que los dientecillos de mi amigo descansaban sobre su mandíbula inferior, completamente exánime. Tras unos segundos me la devolvió.

—¿Y bien?

—Lo que me temía, señor Amor —dijo creando suspense.

—¿Sí?

—Sí. Es un peluche.

—Le aseguro que no es así —dije indignado.

—¿Rajamos la felpa y le sacamos el relleno para que lo vea?

—No, hombre, no. ¿Está usted loco? —Solo entonces identifiqué el tufillo que venía de su cuerpo. Lo que en un principio creía ácido fénico se revelaba ahora como etileno hidratado con un cierto toque frutal amargo, algo que identifiqué como ginebra Hendricks con pepino—. Yo le digo que esa rata estaba viva hasta ayer noche. Estuve hablando con ella hasta la madrugada.

—De acuerdo. Entonces la abriré y le meteré un reproductor con un altavoz con algún discurso bonito.¿Quiere que haga eso?

—No. Es usted una vergüenza para la profesión, doctor Hoffmann. Está usted borracho.

—No estoy borracho.

—Sí lo está. Es más, le diré lo que ha bebido: ginebra Hendricks con pepino.

—Eso es una ordinariez. Jamás bebería Hendricks con pepino. Primero porque está sobrevalorada y segundo porque ya tiene pepino. Lo que he bebido es etanol puro con pepino. Ni en la mejor coctelería. Se lo recomiendo. Eso sí, procure cortar el pepino en tiras, y no en rodajas si usa alguna tónica. Yo soy un clásico: prefiero la quinina.

—¡Déjese de historias y resucite a mi Hans-Georg! —grité exasperado.

—¿Cómo ha dicho? —dijo con un cambio de rostro que lo convirtió al momento en el científico loco que se venía intuyendo desde el principio. Se volvió y cogió una jeringuilla con la que se dirigió hacía mí de modo amenazante—. ¿Recuerda nuestra conversación al teléfono? Se me olvidó decirle que tampoco me llamo Frankenstein —dijo con un brillo en los ojos que me aterró. Puso la jeringuilla ante mis ojos y apretó el émbolo haciendo salir una sustancia líquida que no supe identificar—. Traiga aquí —dijo aprovechando mi descuido para quitarme a Hans-Georg de las manos—. ¿Quiere que la resucitemos? —continuó prorrumpiendo en carcajadas—. Quiere que la resucitemos ¿eh? Yo se la resucitaré.

—¡No! ¡No! ¡Devuélvamela, monstruo!

Pero el doctor Hoffman sacó la lengua por encima de su bigotito inquisitivo y echó a correr haciendo caso omiso de mis desesperados gritos.