viernes, 17 de diciembre de 2010

WG Episodio 9, por El Ogro del Sí

La tenía colgada de la espalda. Se aferraba con sus dientes de sierra a mi chaqueta en un intento por despedazarme. Tuve que quitármela y zarandearla hasta conseguir desprenderla y lanzarla al suelo. La muy hija de rata se había cargado mi bomber reversible, un agujero tan sañoso que la atravesaba de lado a lado en toda su reversibilidad. Aquello era imperdonable. Ya no se encontraban chaquetas como esa. Estaba dispuesto a machacarla con mi propio cuerpo cuando me miró con ojillos tristes y tuve que detenerme.

—Perdona. No puedo evitarlo. Son los ataques —dijo más calmada—. ¡Me pongo rabiosssa! —volvió a gritar de nuevo con otro acceso de cólera—. ¡No puedo! ¡Me duele la cabeza! —gritó alejándose de mí como medida preventiva.

—Espera. Hagamos un pacto. No pienso matarte por ahora—repuse en tono conciliador por más que esperara el primer descuido para acabar con ella—. Pero tendremos que solucionar esto de alguna forma. No puedo permitir que me ataques en cuanto se te vaya la cabeza.

—Está bien. Será mejor que te levantes. Así si me da un ataque no podré acceder a ti tan fácilmente.

Empecé a dudar de sus intenciones. Ya no sabía si podía tenerla o por una taimada y vil oponente con oscuros propósitos en mente o podría convertirse en una buena aliada. Ese ojo descolgado que tenía, apenas prendido por el nervio óptico medio desgarrado, le daba algo, no sé, le imprimía un carácter como de peluche compañero de juegos de la niñez que ofrecía cierta confianza. Lo de la chaqueta me dolía en lo más profundo, pero pensándolo bien ya no me gustaba tanto. El reflectante naranja del interior era adecuado para montar en bicicleta por la noche, pero por otra parte tampoco abrigaba demasiado. No habría estado bien aniquilar a alguien que todavía podía proveerme con información valiosa. Eso también me lo enseñaron en el tercio. La de cosas que había aprendido allí, y eso que solo estuve un año. Una de mis preguntas era por qué me había guiado hasta aquel lugar en el piso superior, qué tipo de relaciones mantenía con todos esos murciélagos, y sobre todo, ya que no había encontrado a ninguna más como ella, qué hacía allí sola, sin ninguno de sus congéneres para defenderla. Esto hizo que me asaltara de nuevo aquella inquietante duda. ¿Habría más como ella en aquel lugar? Sería lo más probable. Si una sola vieja rata desahuciada y medio podrida como esa me había puesto en tales apuros, ¿Qué sería de mí en caso de que me encontrara con toda una familia de ratas miserables y marrulleras? Me puse en pie como pude y la miré desde la distancia.

—De acuerdo. ¿Qué quieres de mí? —dije en tono desafiante.

—¿Yo? A mí no me queda más que esperar a la muerte. Más bien tendría que ser yo quien te preguntara eso. ¿Qué quieres tú?

—Quiero salir de aquí.

—Aléjate de las escaleras. Todavía puedo trepar por ellas y llegar a tu cuello con facilidad.

No creía en su palabra, pero hice lo que decía de todos modos. Sabía que fiarme de ella podía llevarme a una muerte segura, pero tampoco tenía grandes expectativas ni nadie en quien confiar. Esperaba que no tuviera ninguna nueva sorpresa desagradable para mí. Cuando el mundo te abandona y se ríe de ti en tus narices, cuando no queda nadie en quien confiar y ves que la luz al final del túnel no es sino un tren de mercancías a toda pastilla, incluso la enemistad con una rata puede ser bienvenida como compañía.

—Quiero salir de aquí —repetí.

—¿Salir? ¿Y a dónde irías? —inquirió mi artera acompañante.

—A casa, a la estación de tren.

—No merece la pena, ya está cerrada.

—Da igual. Quiero limpiarme toda esta porquería.

—¿Es tan necesario eso? ¿No tienes nada más importante qué hacer?

Lo pensé largo tiempo. ¿Acaso era eso tan importante en las condiciones en las que me encontraba? Desde el punto de vista de una rata que ha pasado toda la vida bajo esos estándares de higiene, estaba claro que plantearse aquello no llegaba al nivel de una prioridad. No obstante, yo sabía que la limpieza era una forma de preservar mi vida después del mordisco rabioso que acababa de recibir, algo que probablemente la inteligencia de una rata no llegara a comprender. ¿Además qué tenía ella para ofrecerme? ¿Qué clase de pregunta era esa? No era más que una rata asquerosa, no el genio de una lámpara que pudiera satisfacer mis deseos.

—No. Limpiarme es mi prioridad.

—Siendo así no tengo objeción alguna en que accedas a tu maleta.

¿Por qué me hablaba así, con ese tono de superioridad? Una sucia rata de campo con el cerebro de una musaraña enana me contagiaba una enfermedad infecciosa y además se permitía el lujo de hablarme como si mi organización celular fuera menor a la de una ameba. Claro, que en la situación en la que me encontraba, supongo que mis habilidades como primate superior manipulador de herramientas dejaban mucho que desear, y tal vez fuera yo el único ejemplar con el que se había encontrado. Aun así, ¿Con quién se creía que hablaba, con un mustélido? En el tercio no habría durado ni un segundo. En el Sahara se la habrían comido a bocados en el desayuno y habrían hecho una maleta con su piel. Eso me recordó algo. ¡La maleta! Claro, la astuta alimaña tenía toda la razón. Allí había una toalla, ropa limpia, jabón, incluso una botella de medio litro de alcohol con el que desinfectarme. Lo había robado todo antes de salir de aquel cochambroso hostal. El bichejo ganaba enteros con cada uno de sus parlamentos. Nunca subestimes el cerebro de una rata de campo.

—Gracias rata —dije haciendo las paces definitivamente.

—Me llamo Hans-Georg.

—De acuerdo. Gracias, Georg. Yo me llamo Odiel.

—Gracioso nombre —dijo mientras yo me deshacía de los papeles que aún transportaba conmigo por dentro del pantalón y me dirigía hacia la maleta a la pata coja.

Una vez desvestido no era tanta la inmundicia que me cubría, pero el olor seguía siendo nauseabundo. Lavé mis heridas y todo mi cuerpo con el alcohol, mitigando un poco el tufo. Hecho esto sentí que las fuerzas volvían a mí. La rata me indicó el lugar en el que podía encontrar un cubo para hacer la hoguera y me advirtió también de otro escondrijo donde había madera seca perteneciente a la madriguera de una familia de conejos por los que no profesaba especial simpatía.

Ver: WG, Episodio 8

WG, Episodio 10

WG, Episodio 1