lunes, 27 de diciembre de 2010

WG Episodio 12, por El Ogro del Sí

Quedé profundamente dormido. Estaba exhausto, eso era cierto, pero también, aunque no lo sabría hasta algún tiempo después, aquella palabra había obrado en mí de manera sedante, y así lo haría desde entonces. Cada vez que oía el citado vocablo: ¡plas! al suelo directo, mano de santo contra el insomnio. No obstante, la rata siguió con su discurso durante largo rato sin preocuparse por su auditorio.

—… Mostraba que la comprensión no es uno de los modos de comportamiento del sujeto, sino el modo de ser del propio Dasein —¡Plas! Al suelo. Es difícil caer cuando uno ya está en el suelo, pero aquel abracadabra tenía poderes ilimitados. Seguía oyendo sus ecos en mi sofronización y mientras tanto, me zambullía en un vacío que me llevaba a otro vacío, y de este a otro, ad infinitum. Para que nos entendamos, que la comprensión es móvil, como el propio ser, cuyo entendimiento no puede ser más que finito y histórico y se relaciona con su experiencia con el mundo. El momento de la historia efectual…

Me había transportado a regiones del sueño nunca antes visitadas. Tenía aún el soniquete de la rata en mi cabeza y el crujir de las maderas chisporroteando entre el fuego, pero me encontraba lejos, muy lejos de aquel lugar. Al parecer sus palabras evocaban unos conocimientos que yo ya albergaba en alguna zona remota de mi perjudicado hipocampo. Estaba en la Universidad Autónoma de Melilla. En realidad aquello no significaba más que un regreso, porque efectivamente yo había estudiado allí un par de años atrás. Sin embargo conocer el lugar no hacía del sueño algo más apacible. No se podía decir que mis recuerdos universitarios me remitieran a grandes experiencias vitales ya que había llegado sin entender nada, obligado por aquellas nefastas circunstancias que me expulsaron de mi verdadero destino: la Legión. Me encontraba en un aula, escuchando a un profesor que era un extraño ser mitológico, mitad humano, mitad rata. No es que fuera exactamente una criatura híbrida, sino que sus rasgos y sus miembros se confundían entre una y otro de manera caprichosa. En un momento señalaba con una mano y al siguiente con una garra. Lo mismo sonreía con dientes de rata que de persona. La voz sin duda era la de mi nuevo amigo Hans-Georg, filtrada a través del sueño. El discurso era asimismo incomprensible, como suele ocurrir en la experiencia onírica. Encontrar ese pelaje en un brazo humano o rasgos de roedor en el rostro de una persona resultaba del todo desagradable, y el sueño en sí era de lo más perturbador. Un miedo incierto me envolvía y me atenazaba. Sentía la necesidad de marchar de aquel lugar de inmediato, pero había algo hipnótico en las palabras que me retenía en el sitio. Sabía que estaba a punto de ocurrir un incidente muy desagradable, pero también que no podría oponer resistencia. El profesor escribía en la pizarra con grandes letras palabras tales como «marxismo», «MATERIALISMO DIALÉCTICO», «FEMINISMO», «BLACK POWER», «TEORÍA QUEER», «ESTRAGO SOCIAL». Yo me sentía extrañamente atraído hacia aquellas palabras y también hacia el propio profesor ratonil y casi se me caía la baba oyendo sus explicaciones. Estas se veían interrumpidas por una llamada a la puerta del aula. Cuando el profesor se disponía a abrir entraba en ella un carnero con chapiri que subía la escalinata hasta llegar a mí y empezaba a lamerme las mejillas. De repente se oían ruidos como de hordas guerreras que atravesaban el patio y en un segundo invadían el aula. Entraban en ella las unidades del Tercio Gran Capitán a pecho descubierto, mostrando sus impresionantes y oscuros vellones que asomaban por la uve torcida de sus cuellos abiertos. Sobre estos caían luengas barbas en algunos casos y estilizadas patillas negras o perillas de chivo en otros, conjuntadas a la perfección con el típico chapiri verde de borla roja con el que cubrían sus cabezas. No se amilanaban por la pizarra ni el profesor, sino que se liaban a tiros con todo lo que encontraban a su paso. Yo me escondía tras los pupitres de la última fila y observaba entre las rendijas de sus desvencijados tablones de madera lacados en marrón chocolate. En pocos segundos el profesor pasaba de parecer una rata a ser alimento para ellas, puro queso gruyere de tantos agujeros que tenía. Con este ya fenecido, derramando su extraño cuerpo, sobre el suelo, entraba en el aula José Millán-Astray, subía los escalones con paso firme y avanzaba hasta la última fila de mesas en la que yo me encontraba. En su pecho brillaban la Cruz María Cristina, la Cruz Roja, la Cruz Primera al mérito militar y la Cruz de la orden de San Lázaro. Sobre su boca desfigurada corría un bigotito teñido de negro que hacía fuerte contraste con el rojo de su mejilla izquierda, destrozada y sanguinolenta, con un agujero tan grande que estaba seguro de que si giraba la cabeza podría ver a través de él. El fundador hizo uso de su mano derecha para darse un tirón de la manga del brazo izquierdo, que llevaba plegada sobre el muñón con un alfiler. Cuando este se desprendió, dejando que la manga cayera sobre mi pupitre, metió la mano en su interior. De ella sacó un brazo mutilado con cuya mano inerte tomó mi libreta en alto. La tiró al suelo con desprecio y me dio una bofetada que casi me despertó del sueño, a la vez que exclamaba: «¡Maricón!». Como si mi propia ensoñación quisiera demostrarme que podía alcanzar mejores cotas en el reino de lo absurdo, una voz se alzaba contra él desde el estrado del aula y Millán-Astray giraba la cabeza como antes yo mismo había imaginado. A través del agujero que atravesaba su maxilar veía la figura del profesor poniéndose en pie de nuevo, solo que ya no tenía rasgos de roedor en absoluto, sino que se trataba de un señor mayor de pelo blanco con la frente despejada y unos anteojos redondos, con nariz un tanto aguileña y una barba puntiaguda como un manto de armiño siberiano perfectamente perfilada. «¡Este es el templo de la inteligencia, y yo su sumo sacerdote!», gritaba el desaforado anciano. «¡España una, grande y libre», respondía el ofendido militar ante el clamor de las hordas del Tercio Gran Capitán. «¡Estáis profanando el sagrado recinto de la inteligencia!», insistía el viejo. «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!», decía Millán-Astray volviéndose bruscamente. Entonces, al mirar abajo, el militar perdía el equilibrio incomprensiblemente y más que caer, se arrojaba como un kamikaze escaleras abajo para dar con sus huesos junto al estrado. El manto de la barba del anciano se replegaba sobre el viejo engulléndolo y convirtiéndose así en un verdadero armiño enorme que se tragaba a su vez al mutilado Millán-Astray.

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