miércoles, 22 de diciembre de 2010

WG Episodio 10, por El Ogro del Sí

Encendimos la hoguera y nos quedamos a su lumbre, guarecidos de la tormenta que empezaba a arreciar en el exterior. Mi amiga resultó incluso mejor conversadora y más erudita de lo que en un principio parecía. Nada mal para un roedor miomorfo, la verdad. Al pensar en sus inusuales cualidades caí en la cuenta de que podría ayudarme a desvelar el misterio del casero. Al menos en cuanto a la nota que me había dejado. Le expliqué todo lo sucedido hasta ese momento, mis experiencias en la pensión, la búsqueda de piso y empleo, el hallazgo del señor Düster, mis tribulaciones del día anterior con los festejos del aniversario, mi llegada al apartamento y la imposibilidad de quedarme en él, mi encuentro con Mielke…Toda aquella historia relatada al detalle la escuchó con una paciencia y atención que casi me parecieron exageradas. Solo dio muestras de desesperarse cuando creía que ya había acabado y le mostré la nota del casero. La tomó sin mucho entusiasmo y antes de leerla detenidamente me preguntó:

—¿Tiene usted simpatía por el nacional socialismo?

—No lo creo, Georg. No lo creo —dije con más reserva que estupor—. ¿Por qué lo pregunta?

—Por nada, por nada —contestó haciendo un gesto desdeñoso con la garra como para zanjar el asunto.

Me pareció advertir un brillo de desconfianza en su ojo lastimado, o tal vez fuera simplemente la desconexión de algún nervio que había dejado de funcionar. Ni corto ni perezoso, se lo presionó con la pata y luego lo apretó contra la cuenca como si de un tornillo se tratara. Sacó entonces unas gafas de leer de entre su pelaje y se puso manos a la obra.

—¿Lo entiende? —dije sin permitirle leer todo el legajo. Como no me contestó, decidí que sería mejor dejarle terminar antes de importunarle—. ¿Pero lo entiende? —volví a repetir sin hacerme caso a mí mismo.

Lo cierto es que me seguía pareciendo que fingía. Aquel gesto de atornillarse el globo ocular me había parecido demasiado efectista. No me parecía que sus nervios ópticos pudieran funcionar mejor con el atornillado mágico. Por otra parte sus suspicacias me habían dejado un poco confuso, así que me veía en la necesidad de justificarme, sobre todo porque pensé que la sinceridad colaboraría a mi favor a la hora de desencriptar la carta en clave que me había dejado el casero. La rata llamada Hans-Georg me miró por encima de sus gafas con cara de fastidio y siguió leyendo o simulando que lo hacía.

—Quizás le confunda un poco mi aspecto —repuse con astucia—. Serví durante un año en Melilla en el Tercio Gran Capitán, I Bandera de la Legión, infantería ligera acorazada, señor. Soy un Caballero Legionario y hay cosas que nunca se olvidan. —Ahora me da cierta vergüenza recordarlo, pero lo cierto es que después de la presentación no pude dejar de hacer lo que siempre hacíamos en el cuartel cuando nos presentábamos a misión. Aquello era parte de algún mecanismo arraigado a fuerza de culatazos en lo más profundo de mi consciencia y poco me importaba que el bueno de Hans-Georg no lo pudiera entender. Me puse a cantar el himno—:

«Como somos Caballeros Legionarios, hay mucha gente que no nos camela, como si fuera un delito ser de la Legión Extranjera. Nosotros no nos preocupamos ni del más grande ni del más chico, ni tampoco olvidamos ni a los pobres ni a los ricos. Cuando vamos por la carretera y nuestras carnes se tuestan al sol, la sangre de nuestras venas es igual que la mejor. Si asaltamos los corrales y robamos las gallinas es para calmar el hambre, que pasamos en la vida. Y aunque a nadie le importa el sufrimiento que un legionario lleva en el corazón demostramos que estamos satisfechos y llevamos en el pecho el emblema de La Legión. Si cantamos soleares o bailamos bulerías es para olvidar las penas que pasamos en la vida. Y aunque a nadie le importa el sufrimiento que un legionario lleva en el corazón, demostramos que estamos satisfechos y llevamos en el pecho el emblema de La Legión».

—Pues no será usted nacional socialista, pero sí que es un verdadero idiota.

—¿Perdone? —pregunté saliendo de mi trance.

—Aquí lo dice bien claro: el señor Düster solo le alquila la casa los días de semana, los fines de semana no lo quiere allí. Por eso el alquiler es barato.

—Ajá. ¿Y por no entender esa nota soy idiota? —rimé herido en mi orgullo.

—No. He de reconocer que la redacción es confusa. Es usted idiota por todo lo demás que me ha contado y por no esperar al propio señor Düster para que se lo explicara. Aunque en realidad por eso no es tan idiota. Hay un apartado en el que dice que no quiere coincidir con usted en la casa, y que el día que lo haga será excusa suficiente para romper el contrato.

—¿Cómo? —dije casi por reflejo—. No, no, no hace falta que lo repita. Ya lo he entendido. Tan solo mostraba mi estupor —expliqué al ver que se le transformaba el rostro y ponía las garras en posición de ataque—. ¿Y por qué no va a querer cruzarse conmigo? ¿Qué tiene que esconder?

—Pues eso, señor mío, no lo dice en la carta. Tendrá usted que aclararlo con él por teléfono, tal y como concertó la cita —dijo la rata con voz inflexible.

—Ah, pues no es mala idea. No se me había ocurrido eso del teléfono.

—No, ¿verdad? —repuso Hans-Georg con una voz en la que creía entrever cierta ironía.

Me quedé unos segundos reflexionando en ello, en tanto que la rata me acompañaba en silencio. Estaba claro que podía volver a aquella cómoda casa. Solo que tendría que buscarme la vida todos los fines de semana. Esto suponía un problema aún mayor, pero ya habría tiempo de solucionarlo. Tendría que buscar cobijo para el resto de ese fin de semana y luego algo fijo para los demás días.

—¿Interrumpo sus pensamientos? —dijo la rata.

—En absoluto, tan solo divagaba —contesté por atenerme a las normas de cordialidad—. Es que este asunto es cada vez más espinoso y extravagante. Pero ya habrá tiempo de solucionarlo. Dígame, dígame —le incité al tiempo que volvía a mis propios pensamientos.

—Pues supongo que ya que me ha contado su historia, puedo verme en el derecho, si usted me lo permite, de narrarle la mía propia. Como ve, por aquí no encuentro gran cosa con la que conversar.

—Adelante, adelante —le animé.


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Episodio 1