sábado, 11 de diciembre de 2010

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max llevaba doce horas seguidas llorando cuando su padre lo cogió y lo puso debajo del agua helada que caía del grifo de la ducha, ahora abierto. En aquél momento se detuvo el mundo mientras el agua empapaba su cuerpecillo convulso y le caía a plomo sobre la cabeza.
Ese gesto desbordó las previsiones del niño y le hizo sentir el abismo bajo sus pies. Fue sólo un segundo, pero en aquel momento Max hubiera entendido que se rompieran las leyes del mundo. Un instante después, Max resbaló de las manos paternas y el desagüe comenzó a engullir un diluído pero inequívoco líquido rojizo.