sábado, 18 de diciembre de 2010

Max y el banquete de cabeza

Las luces cambiaban a màs intensas y al tiempo fluctuaban ahora màs amarillas ahora màs anaranjadas ahora tal vez màs rojizas...y el espacio se iba reduciendo y reduciendo hasta un tope, el espacio se reducìa pero sòlamente alrededor de su cabeza, y en un punto cesaba el encogimiento y la presiòn aumentaba, paraba y se relajaba...entonces se oìa un ¡SLURP!¡SLURP! y un monòlogo de garganta enfurruñada, esto y las luces de viaje lisèrgico. En un instante todo se fue hacia una luz blanca cegadora precedida por un ¡FUERA!¡FUERA!. Luz blanca. Un golpe seco, como cuando se deja caer un saco de patatas al suelo en la secciòn de làcteos de un supermercado, porque has sido cogido in fraganti metièndote un pequeño comtè en los calzoncillos. El saco de patatas era Max. Asì fue apareciendo a sus ojos, abiertos como navajazos en un cartòn, hierbas-matorrales-troncos-de-àrboles-florecillas-silvestres tìpicos de los bosques de Brecknockshire...¡ah! y los cuartos traseros de un osezno alejàndose velozmente. Entre el paisaje forestal y Max se interpusieron unas canillas vestidas con polainas.
-¿Te encuentras bien?
Un jovenzuelo, con cara de pan de hogaza e idealizado inglès, le sonreìa de par en par a la que le incorporaba. Max no paraba de mirar lo alto de la cabeza del muchacho.
-Me llamo Thomas...
Thomas iba vestido igual igual que un guardabosques cualquiera, si no fuera por la especie de orinal negro y sin asa que llevaba sobre la cabeza...
Nada màs poner los pies en tierra firme varios estruendos estallaron en el bucòlico aire. Uno espolvoreò en confeti negro el orinal de Thomas, otro estampò, en una fiesta de serpentinas sanguinolentas, la cabecita de Max sobre el impecable uniforme de Thomas.