martes, 14 de diciembre de 2010

el amigo de Max

Bajò al sòtano. Sus padres se habìan ausentado de la casa para acudir a la cena de los viernes (el terror como el ocio social tambièn funciona con la llegada del fin de semana). En la cocina los fuegos encendidos, los enchufes preparados por toda el hogar con sus buenas tijeras inox, las ventanas abiertas con sillas acomodadas para un "te invito a subir"...los progenitores lo habìan dispuesto todo como cada viernes, incluso habìan desconectado el telèfono. El pequeño Arthur de seis años deambulaba tràgico en un sorteo alegre y balbuceante...asì hasta llegar a la puerta que daba al sòtano. La puerta por supuesto estaba abierta...la luz apagada y las escaleras que descendìan allà abajo recièn fregadas. Arthur no habrìa bajado si no hubiera sido porque el armonioso silencio habìa sido roto por un premonitorio y accidental gorgojeo. Algo sonaba como si a un tierno niño le hubiera caido una caja de herramientas olvidada encima de una lavadora industrial acabando su turno de centrifugado, precipitàndose asì sobre su blando e inmaduro tòrax...el ruido se asemejaba a como cuando un pez de agua dulce està sorbiendo fango en vez de respirar plàcido en su preciado lìquido elemento. Emocionado, Arthur asido a la pared desprovista de barandilla, fue tanteando con sus liliputienses "piesitos" las oscuras escaleras (digo oscuras no porque estuvieran fabricadas en madera de èbano sino porque allì se veìa menos que yendo disfrazado de Espinete). Al llegar a la falda de las escaleras, Arthur caminò exactamente cuatro pasos, y tropezò con el cuerpo aùn con vida de un niño atrapado por una pesada caja de herramientas. Arthur se abriò la cabeza como una granada podrida aùn colgante en su rama. El gorgojeo habìa cesado. Arthur tambièn habìa cesado. El piloto rojo de la lavadora industrial que indicaba el final del lavado revelaba una penumbra de dos cuerpos tendidos. ¿Còmo habìa llegado allì aquel niño que se llamaba Max? era algo que no le habìa dado tiempo a preguntarse al recièn fallecido Arthur. El ambiente era hùmedo pero no por la lavadora industrial perfectamente cerrada. Mientras, Max hacìa pompitas de mocos y saliba como un pez en el fango. ¿Què habìa sucedido en aquel sòtano? era una pregunta que sì llegarìan a hacerse los padres del ya inerte Arthur, bajo la atenta mirada, incrèdula y horrorizada, del equipo mèdico de urgencias y la pareja de policìas, Bertolt y Samuel, que les habìa tocado patrullar aquel viernes noche 10 de noviembre. Un par de horas antes, Max se habrìa zafado entre estertores para esfumarse (con todos sus fluidos derramados) de la misma manera que le habìa hecho llegar al sòtano.