martes, 7 de diciembre de 2010

Defunción Nº2: WG, Episodio 8, por El Ogro del Sí

Aquello parecía una cueva. El techo de la estructura era una amalgama de manchas negras de entre las que sobresalían sospechosas protuberancias. Sobre mi cabeza se formó un revuelo de graznidos inimaginable y se produjo una gran polvareda. Miles de murciélagos abandonaban su guarida asustados por la repentina luz. Ver el aspecto real de aquel suelo no colaboró en nada con mi estado físico. Me introduje en el espacio abierto, el mismo por el que poco antes había entrado la rata, y vomité hasta que no quedó nada dentro de mi estómago. Para cuando estuve recuperado ya había olvidado el verdadero motivo de mi ascenso a los infiernos. Por más que intentaba concentrarme no conseguía recordar lo que me había llevado hasta allí. Al levantarme para airear mis pensamientos y darles movimiento noté cómo mi rodilla crujía, probablemente el menisco, negándose a funcionar. De repente me invadió un sentimiento de desesperación y claustrofobia. El lugar en que me encontraba era un espacio pequeño, lo justo para que cupieran un par de personas. El olor que desprendía aquel guano, unos gases espesos que apenas dejaban respirar, unidos a mi ansiedad y frustración, provocaron un ataque de pánico imposible de controlar. Aullé como un poseso, con tal fuerza que a punto estuvo de estallarme una vena junto a la sién derecha. La rata salió de su escondrijo y guiñó un ojo desgarrado al pasar frente a mí sin darme tiempo para la reacción. Los pocos murciélagos que quedaban se marcharon de la sala armando gran revuelo. Un sonido metálico, que no era sino el eco reverberado de mi propio aullido, quedó rondando en mis oídos hasta convertirse en un pitido insidioso. Continué mi apoplejía con unos fuertes mazazos compulsivos contra aquella pared de metal, que querían conseguir calmarme más que cualquier otra cosa, pero que lograron, aparte de hacerme parecer un primitivo orangután ante mi inexistente audiencia de bestezuelas variadas, abrir un par de compartimentos secretos escondidos entre las rendijas que componían los paneles de metal de la pared. Uno de ellos salió despedido de ella como un proyectil para caer justo a mis pies. Estaba vacío. El otro quedó pendiendo peligrosamente sobre mi cabeza. Sorprendido por el hallazgo y distraido con él, conseguí vencer mi ansiedad, más preocupado ahora por complacer la facción curiosa de mi naturaleza. Alcé las manos superando todos los dolores que ello me procuraba para llegar hasta el cajón y sacarlo de allí, pero apenas podía llegar a él. Me apoyé contra la pared y deslicé mi cuerpo por ella empujando con la pierna útil, mientras mantenía estirada la otra. Tomé el cajón entre mis manos y al desencajarlo se vino abruptamente sobre mí con todo su peso. Logré salvar la cabeza. El cajón estaba lleno de carpetas color manila con papeles, informes de algún tipo. Me parecía haber hecho un hallazgo maravilloso, quién sabía de qué importancia. Cada una de las carpetas estaba encabezada con un nombre: Markus Wolf, Günther Gillaume, Werner Grossmann, Rudi Mitig, Rosemarie Keller… Al repasar entre mis manos todas aquellas hojas caí en la cuenta de mi propósito al llegar hasta allí. Había venido a ese lugar buscando papel para hacer una candela y ahora lo había encontrado. Lo malo del espisodio era que apenas podía moverme. Pero tendría que hacer un último esfuerzo para salir de aquel infecto lugar porque de lo contrario tenía pocas posibilidades de mantenerme sano o salvo. Metí cuantos papeles cupieron bajo mi pantalón y todas las resmas que pude aguantar con una mano. La otra la necesitaría para apoyarme en la barandilla. Conseguí ponerme en pie y hacer equilibrios a la pata coja. Salté con todo el cuidado sobre la superficie enmierdada de la sala y aterricé con gracia y equilibrio. Estaba sorprendiéndome de mi propia destreza cuando el contrapeso del papel que llevaba en la mano me hizo perder la estabilidad y caer de lado entre el guano. Desde allí, con esa pasta de excrementos tapándome los orificios nasales, comprendí que la única alternativa que tenía era la de arrastrarme hasta las escaleras, arropado por la luz que desprendía el escondrijo secreto. No me recrearé en la desagradable experiencia que supuso esto. Tan solo anotaré que cuando conseguí alcanzar mi objetivo, la desesperación y frustración eran tales que dejé caer mi cuerpo por las escaleras con la esperanza de que mi resbaloso ungüento sirviera para deslizarme por los escalones de la manera menos traumática y rápida posible. Levanté la barbillla para no partirmerla en el empeño y me lancé a pecho descubierto por la pendiente. Afortunadamente había arrastrado tanta mierda conmigo que fue suficiente para transportarme y ahorrarme los golpes del contacto contra los duros escalones. Me pareció un absoluto milagro encontrarme de nuevo en la sala inferior.

No obstante, la amiga que había hecho en el piso de arriba me miraba con cara de sorpresa y casi diría que de admiración. Me esperaba allí, al pie de la escalera. Tendría que hacer un pacto con ella si quería continuar con vida, ya que esa vieja astuta conocía todas las tretas de aquel fascinante lugar.

—De acuerdo, llama a los bomberos —le dije a la rata.

Una risa malévola salió de entre sus dientecillos afilados.

—Más bien a una ambulancia ¿no te parece? —dijo el roedor.

—No lo sé. Llama a Dios y que me lleve al infierno.

—Te informo de que esos cabrones de ahí arriba me han contagiado la rabia. De hecho por eso te he atacado. Por lo general soy una rata pacífica, pero ser la última de una estirpe en lucha diaria por el sustento y la supervivencia con ese hatajo de bestias hacen que traicione mi naturaleza. Eso significa que ahora tú también tienes la rabia. Obviamente me queda poco de vida y si tú no recibes la medicación debida caerás conmigo. Me temo que el guano no ayudará a que la infección sea menos severa.

Nunca habría esperado que una rata se mostrara tan locuaz y sobre todo tan colaboradora. No es la idea que uno suele hacerse de una rata. En cualquier caso aquella no parecía una rata común. No en vano era la última de una estirpe, una rata con linaje.

—¿Quieres decir que si no consigo atención médica inmediata moriré? —pregunté desde el suelo con ansiedad en mi ronca voz (el aullido anterior había pasado su factura).

—Bueno, aunque no soy médico, acerca de esta materia en particular sí tengo cierta información —dijo la rata con aire docto—. Los síntomas de la rabia suelen tardar de sesenta a trescientos días en manifestarse, pero las heridas han de ser lavadas de inmediato. Lamentablemente yo no he conseguido más que revolcarme en agua estancada y eso no será suficiente para salvarme. Tal vez tú tengas más suerte —deseó con una voz temblorosa y llena de temor ante su cierto final.

No pude evitar congraciarme con aquel animalillo que acababa de traspasarme la rabia y nos aventuraba a compartir un destino común. Al igual que momentos antes había sentido necesidad de aniquilarla, ahora estaba llamado a hacer algo por ella.

—Bueno, tampoco hay que ponerse tan trágico. Todo tendrá su solución.

—Te informo de que no hay agua corriente —dijo la rata.

—¡No! —grité a mi pesar, sin poder reprimirme. ¡Es imposible! ¡Necesito agua! —seguí gritando sin control—. ¡Mírame, pero si ya estoy rabioso!

—Vuelvo a repetir que los síntomas se presentan a partir de los sesenta días. ¿Entiendes? Dos meses.

—Ah —dije ya más calmado—. ¿Y cuánto tiempo hace que te mordieron a ti?

—Dos meses —respondió abalanzándose sobre mí sin razón alguna.

—¿Pero qué haces? ¿Te has vuelto loca? —pregunté al tiempo que me zafaba de ella hábilmente con un rápido movimiento de cuello

—¡Ahhhhhhhhhhh! —gritaba la traicionera alimaña como una verdulera con el culo en llamas.