jueves, 25 de noviembre de 2010

ALBERTO SANTOS

A mediados del siglo XIX, Francois Dumont, un reconocido joyero, decidió dejar Francia, para trasladarse al nuevo mundo. Se decidió por Brasil, donde llegó a convertirse en el más grande hombre de negocios cafetaleros. Ahí nació su hijo Alberto Santos, quien desde los 17 años mostró gran inclinación por la ciencia y la tecnología.

Siendo Alberto hijo de un hombre millonario, se le permitió gastar cuanto fuese necesario en el diseño y construcción de cuanta máquina le venía a la imaginación. Pero Brasil era un lugar muy estrecho para sus ambiciones, así que, a la inversa que su padre, Alberto Santos decidió irse a Francia, donde sabía que encontraría una forma más adecuada de realizar sus sueños.

De entre tantas cosas que descubrió en Francia, Alberto Santos se apasionó con los globos aerostáticos. Como era un joven inventor, de inmediato se dio a la tarea de construirlos y volarlos, ganando diversos premios y estableciendo récords de todo tipo.

Pero los diseños que había hasta entonces no cubrían con todas sus expectativas. Se dio cuenta que el principal problema de los globos era la dificultad que representaba el manejarlos, ya que con gran facilidad eran juguetes manejados a capricho por el viento. Alberto Santos Dumont dedicó bastante tiempo a meditar sobre el problema, hasta que en 1901, aplicó en ellos la tecnología de los recién inventados motores de combustión interna, adaptando uno de ellos a un globo y dotándolo de timones y una hélice.

Todos pensaron que estaba loco: en aquella época, los globos eran de hidrógeno, altamente explosivo, y colocar un motor de explosión interna tan cerca de los miles de metros cúbicos de gas, a todos pareció como ir derecho al suicidio. Sin embargo, Santos Dumont aisló perfectamente el motor del resto del aparato, y nada sucedió.

Los parisinos se acostumbraron a verlo cruzar diariamente los cielos en globo o dirigible, sonriendo, quizás, irónicamente de todos los que lo tildaron de loco.

Ganó, entre muchos otros reconocimientos, la distinción de ser el primero en darle la vuelta a Paría en menos de media hora, y cuando se enteró que el Aeroclub francés otorgaba un premio de 1.500 francos al primer aparato más pesado que el aire que fuese capaz de recorrer el espacio de cien metros por sus propios medios, de inmediato puso manos a la obra, la cual presentó varios meses después; un prototipo llamado 14bis, mismo que levantó el vuelo en el Parque La Bagatelle, el 23 de octubre de 1906.

El 14bis era un verdadero avión, con estructura de bambú y aluminio y cobertura de lona y finísima seda japonesa. Dicen los testigos que se levantó con un ruido espantoso, despegó sin ayuda y, a unos dos metros de altitud, recorrió 60 metros en línea recta, lo cual no fue suficiente para ganar el premio, pero obtuvo una copa que se otorgaba por cubrir 25 metros.

De esta manera, Alberto Santos Dumont se convirtió en el primer piloto de avión verdadero, así como en el primer diseñador de aviones, y el 14bis en el primer avión verdadero en despegar, volar y aterrizar por sí mismo.


Pero quizás usted se esté preguntando qué pasa con los hermanos Wright, quienes realizaron un vuelo en 1903, es decir, tres años antes que Santos Dumont?


Lo que sucede es que el artefacto de los hermanos Wright no era un verdadero avión, sino un planeador a motor. La diferencia estriba en que los aviones despegan por sus propios medios, y los planeadores requieren de una fuerza externa., ya bien sea viento de proa o remolque. En realidad, el prototipo norteamericano requirió de ambas. Y además la hazaña de los Wright se produjo sólo ante algunos amigos y familiares, sin la presencia de la prensa y sin el aval de ninguna entidad aeronáutica. Aunque el artefacto de los estadounidenses hubiese sido un avión verdadero, Santos Dumont sigue siendo el primer ser humano en despegar y volar un avión en un evento certificado y homologado por una Asociación Aeronáutica oficial (el Aeroclub de France), cubierto por la prensa de todo el mundo y con la entera población de una ciudad como testigo.


Santos Dumont continuó perfeccionando su invento hasta que, en 1909, decidió regresar a Brasil. Siempre pensó en que sus aviones servirían para impulsar un mundo de paz y progreso, pero fue un gran golpe para él, ver como fueron utilizados como bombarderos en la Primera Guerra Mundial. No para que trasportar carga, pasajeros o correo. Dumont soñaba con que servirían sus aviones para rescates, traslado de enfermos y heridos, viajes turísticos, en fin... pero la realidad le llenó de dolor y aflicción. Jamás previó que contribuiría a la realización de un arma de destrucción y crimen. Todo ello le provocó una enorme crisis emocional, que aunada a sus enfermedades, le llevaron a suicidarse ahorcándose con su propia corbata el 23 de julio de 1932.