lunes, 4 de octubre de 2010

WG Episodio 6, por El Ogro del Sí


Me acerqué hasta la puerta para observar por la mirilla, dispuesto a esconderme tras el quicio en caso de que el tipo entrara abruptamente. Lo vi aparecer por las escaleras. Primero su cabeza: un enorme cubo desproporcionado con surcos de cicatrices como soldaduras y una cara trasnochada de muy pocos amigos de la que sobresalía una prominente y fiera nariz. Tras esto el cuello: un potente cañón con una vena hinchada como un río en época de lluvias coronada por una escabrosa roca que hacía las veces de nuez. Después descubrí el torso: un pecho abombado de boxeador con unos hombros que presentaban la envergadura de un águila imperial con las alas desplegadas, sobre los que caía una chaqueta de cuero claveteada. No quise mirar más. Me escondí tras el quicio sin haber tenido la inteligencia de agarrar algo con lo que defenderme. En un momento de iluminación apagué el diferencial de la luz para que no me viera al cerrar la puerta. Un paso, dos pasos, tres: «¡Riiiiiiiiiiiiiing!». El imprevisto sonido del timbre me hizo sacudir la cabeza y golpeármela contra la pared. Me pareció oír que las manos de aquel siniestro leviatán trasteaban con el pomo. Se me hizo una bola en la boca del estómago que no me dejaba respirar. No sé por qué estúpido resorte me había puesto de puntillas y permanecía allí con el cuerpo completamente agarrotado, pertrechado sobre la pared y arañándola con las uñas en un intento de conservar el equilibrio. Al otro lado tronó una furiosa voz. De entre toda su verborrea pude entender «Arschloch», «Stiefel», y «Herr Düster». Suponiendo que tendría llaves, no comprendí muy bien que no entrara, pero como medida preventiva puse mi cuerpo contra la puerta a modo de pobre barricada y apreté con todas mis fuerzas. El tipo golpeó sobre la madera varias veces con una potencia terrible que hizo vibrar las membranas de mis tímpanos, agitó el pomo hasta casi arrancar el marco de cuajo y se marchó inexplicablemente al cabo de un rato, mascullando algo entre dientes.

Me arrastré hasta el suelo y permanecí allí durante unos instantes. La agitación y la sucesión de eventos ocurridos a lo largo del día, sumada a unas horas de cavilaciones a las que no estaba acostumbrado, provocaron que me quedara allí dormido sobre la moqueta. Ahora comprendo que aquello fue un acto de total inconsciencia, que habría quedado a merced de los designios de mi funesto casero, pero en aquel momento no estaba en disposición de decidir sobre lo que había de hacer mi cuerpo. Era él quien decidía por sí mismo.
Cuando desperté, a pesar de que parecía haber dormido horas, y que incluso me había trasladado en sueños hasta el sofá, todavía no se veía la luz del sol. Recordé los sucesos de la noche anterior y mi corazón empezó a palpitar como el pistón de una locomotora de vapor con accionamiento de distribución de tipo Walschaerts. ¿Cómo había podido quedarme allí dormido tan pancho? ¿Cuántas horas habían pasado? ¿Qué había sido del maniaco Herr Düster? ¿Había sido todo un sueño?

Comprobar que el diferencial continuaba apagado bastó para certificar que no estaba bien despierto. A falta de un reloj para mirar la hora abrí la contrapuerta de la ventana y busqué una iglesia en las inmediaciones. ¿Sería posible que no hubiera ninguna? Fue toda una suerte que al darme la vuelta en busca de inspiración encontrara un reloj de pared de oficina justo frente a mis ojos. Marcaba las cuatro y cuarenta y un minutos. Pero, no podía ser ¿Había ido el tiempo hacia atrás? ¿Me estaba volviendo majareta? La única explicación posible era que me hubiera quedado dormido unas ocho horas. Volví a la ventana y dirigí mi vista a la calzada. Aquello sirvió para cerciorarme de que había comercios abiertos y vida en la calle. No me estaba volviendo loco. Respiré aliviado, pero aún había varias cosas que me inquietaban.
Acababa de desembarcar en un piso compartido cuyo propietario y compañero era un ángel del infierno desarrapado que aparecía en casa de madrugada y aporreaba la puerta en lugar de entrar. El tipo no se presentaba a la cita acordada, le dejaba las llaves al portero, permitía que entrara en su casa un perfecto desconocido y le tendía una emboscada para abusar de él, sin llegar a perpetrarla por algún secreto motivo.

Había algo que no me cuadraba en todo eso. No tenía la certeza de estar discurriendo con claridad. Necesitaba andar para poner en claro mis pensamientos. Cuando era más joven mis padres y mis conocidos solían decirme: «Párate a pensar». Qué ridículos los encontraba entonces y más me parecen ahora. El pensamiento es acción. Esto es indiscutible, lo quieran o no el primer y segundo Wittgenstein. Desde el momento en que un pensamiento no se articula mediante la acción no existe, así de simple. Del mismo modo una proposición no indica nada si no tiene una función. Esta es la razón de que siempre apoyara mis cavilaciones en un alegre deambular que de manera infalible me conducía a lugares insospechados. En esta ocasión no obstante, decidí cerrar la puerta de la casa con llave para evitar posibles fugas no deseadas. No sé cuánto tiempo pasé dando vueltas en círculo por el salón. La moqueta marrón que amortiguaba mis pasos exhibía una circunferencia imperfecta que se asemejaba a los símbolos supuestamente extraterrestres superpuestos sobre campos de cosecha segados de medio mundo. Por cierto, al final se descubrió que estos símbolos no eran más que parte de una campaña publicitaria de ron Bacardí a nivel mundial. Pero volvamos a lo nuestro. El caso es que era sábado por la mañana cuando me percaté de que aquel hombre volvería a aparecer de un momento a otro. Dilucidé esto por las dos únicas frases de aquel texto que había sido capaz de comprender: SAMSTAG VORMITTAG RAUS! SIE DÜRFEN HIER NICHT BLEIBEN! No sabía muy bien cómo afrontar el futuro, pero por más que me quedara en la calle tenía muy claro que no quería volver a encontrarme con aquel tipo de la chupa claveteada. Solo de pensar en él me daban mareos. Era momento de rememorar la batalla del río Orbigo, o como vulgarmente se dice, poner pies en polvorosa.

Hice la maleta y recogí mis cosas junto a la hoja con las instrucciones, más por pura curiosidad y capricho que por encontrarla de utilidad, y me dispuse a salir de allí antes de que volviera aquel mostrenco. Bajé las escaleras al galope, mirando hacia atrás para cerciorarme de que había cerrado bien la puerta. No se demostró aquello como una maniobra sensata, ya que una masa informe y acolchada frenó mi avance al llegar al descansillo. Reboté y fui impelido de espaldas hacia los escalones. Cuando me recobré de la conmoción me pareció volver al sueño de la noche anterior. Herr Düster en persona, chaqueta claveteada y torso de águila imperial antes mis narices. Me miró con una cara entre compasión y desprecio. Estaba perdonándome la vida y posiblemente también otras cosas. Permaneció erguido mostrando su colosal figura ante mí. En esta ocasión su voz era clara y pausada.

—¿Es usted el nuevo inquilino del señor Düster?
Quedé patidifuso. ¿A qué venía que el propio señor Düster me preguntara eso precisamente a mí? Empecé a perder el control de mis fluidos corporales, pero una fuerza interior, tal vez el instinto de supervivencia, me ayudó a hacerlos entrar de nuevo en sus conductos y a conducirme yo mismo casi con valentía.
—El mismo que viste y calza —dije desde el suelo sin pensarlo, con un equivalente alemán de nuestra frase hecha.
—Pues ándese con ojo y no calce tanto. Sus botas militares no me dejan vivir. Soy Wilhelm Mielke. El vecino de abajo.
Me quedé unos momentos con cara de bobo, sin saber qué decir, hasta que conseguí valorar el significado de sus palabras.
—¿Tiene usted idea de con quién está hablando? —dije con descaro, intentando recobrar el tono que tan buenos resultados me había dado en otras ocasiones. No obstante parecía haber perdido mis poderes, ya que no conseguí impresionarle lo más mínimo.
—Me importa una mierda. Ándese con ojo —repitió.
—Lo haré. Gracias, señor Mielke. Auf wiedersehen! —dije escabulléndome bajo sus enormes piernas, consciente de la imposibilidad de amilanarlo.
El señor Mielke dio un respingo, como si hubiera visto un ratón, y giró la cabeza siguiéndome con la mirada.
—¡Ándese con ojo! —volvió a repetir.

Mientras caminaba sin rumbo determinado me quedé pensando en el suceso que acababa de tener lugar y que daba un vuelco total a mi situación. O al menos eso es lo que yo creía, pues aún no me quedaba del todo claro. Por ahora el señor Düster no había aparecido por ningún sitio. Simplemente se había encargado de entregarme las llaves mediante el portero, confiando ciega y estúpidamente en mi honradez. Cosas y costumbres desconocidas e ingenuas de los germanos, tuve que suponer. El propio señor Mielke no podía ser más que mi vecino, bastante molesto por mis largos y contundentes paseos de la noche anterior, que si bien provocaron una escena casi dramática, también me ayudaron a discurrirlo todo con mucha más cordura. Eso significaba que no había nada que temer. Bien podría haber vuelto al piso y esperar a encontrarme con el señor Düster para que me explicara un poco las cosas. Eso habría sido lo más lógico. No obstante, el tono de aquellas dos frases me daba a entender que tal vez no quisiera verme, probablemente nunca; sus razones tendría. Aquello no era de mi incumbencia.
Además, mi método de pensamiento andariego y errante, mi único modo de razonar fiable, había obrado por mí. Cuando me hube devanado los sesos para llegar a esta impresionante conclusión, había andado hasta la estación de S-Bahn, esperado cinco minutos a que llegara el tren y embarcado en él para trasladarme a la otra parte de la ciudad. Ya habría tiempo de volver y aclarar todo el asunto. Me encontraba en la estación de Grunewald cuando llegué a tal conclusión. Salí del tren medio desnortado, aún cavilando sobre mis posibilidades, cuando vi algo que resultaba tremendamente sorpendente: una colina al final de un inmenso bosque. Se trataba de la primera que veía en la ciudad, una cúpula coronándola en la lejanía. Me dirigí a ella, prácticamente hipnotizado por su atmósfera futurista.