miércoles, 22 de septiembre de 2010

VARLAM SHALAMOV Y EL INFIERNO CONGELADO

A la caída de los zares, el pueblo Ruso esperaba que con la llegada del comunismo se terminara la opresión que había venido padeciendo. Más las cosas no fueron del todo favorables, especialmente para quienes se atrevieron a pensar diferente.
Varlam Shalámov, un poeta, novelista ruso y periodista fue víctima del proceso de purga para eliminar a los disidentes. Cualquier motivo era válido para condenar a los transgresores: un mal chiste, una opinión no muy clara, un comentario inapropiado… todo ello podía conducir al peor de los infiernos, donde los prisioneros no moraban entre las llamas, sino dentro de un ambiente de heladas temperaturas que les arrebataba toda dignidad y resistencia, enflaqueciendo su espíritu de tal manera que la única llama que quedaba en su interior era su anhelo por la muerte.
El año de 1926 Varlam Shalámov fue aceptado como estudiante en el Departamento de Derecho Soviético de la Universidad estatal de Moscú, donde se vinculo a un grupo trots-kista. En 1929 fue arrestado y sentenciado a tres años de cárcel, por distribuir la Carta al Congreso del Partido, que se conocía como el Testamento de Lenin. En ese documento, el dirigente soviético expresaba sus reticencias respecto a la elección de Stalin como su sucesor como Secretario general del partido.
Varlam Shalamov cumplió la condena, mas el duro castigo, en lugar de alinearle el pensamiento, le volvió un contrarrevolucionario. Grave pecado que incrementó su condena a más de 15 años de trabajos forzados en Kolymá, una de las regiones más heladas de Siberia. Consiguiendo la libertad hasta el año de 1953, tras el fallecimiento de Stalin.
Un año después, en 1954 Varlam Shalámov comenzó a escribir la gran obra de su vida: Relatos de Kolymá, misma que se publicaría en Londres en 1978 y donde se describe la vergonzosa historia de esclavitud y sufrimiento que le tocó vivir en su condena.
Shalamov escribió: ¿Cómo contar lo que no puede ser contado? Es imposible encontrar palabras. Morir tal vez habría sido lo mas sencillo”. Pero Shalamov decidió vivir, pues comprendió que la memoria es una forma de justicia, un modo de oponernos a la barbarie.
Kolymá se encuentra en el noreste de Siberia. Su nombre lo debe a un rio de 2.129 km de longitud, congelado hasta varios metros de profundidad la mayor parte del año, se deshiela a principios de junio, volviéndose a congelar en octubre. Este río es el hábitat del lucio, la parca, el salmón y el tímalo. En tierra habitan alces, osos, borregos cimarrones, renos salvajes, grullas blancas y grises y otras muchas clases de pájaros poco comunes. Desgraciadamente la cuenca del Kolymá es mas conocida por los campos de trabajo para esclavos (el GULAG) que estuvieron activos hasta 1956 y las minas de oro, sitio de tortura permanente para los prisioneros.
El GULAG estaba integrado por unos 120 campos, de los cuales 80 estaban dedicados a las labores en las minas. Era una región que en invierno llegaba a los -60º C, y un escupitajo se congelaba antes de llegar al suelo. Una canción popular de la época decía: “Kolyma, Kolyma, planeta encantado. El invierno dura doce meses, el resto es verano”. Por este clima tan riguroso a Kolyma se le conocía como “el crematorio blanco”.
El crudo invierno es una referencia permanente en todos los escritos de Varlam Shalamov. Apunta que el sueño de todo recluso era calentarse, librarse de aquel frio helador que penetraba todo el cuerpo y detenía la actividad del cerebro. Los dedos de las manos y de los pies zumbaban de dolor. La piel de los dedos, de un rosado encendido, así se quedaba, rosada y quebradiza ante cualquier rasguño. Se protegían los dedos manteniéndolos envueltos en cualquier trapo sucio que evitaba las heridas, pero no les evitaba las infecciones. De los dedos gordos de ambos pies fluía pus, un pus que no tenia fin.
A las inclemencias del clima se sumaban las durísimas condiciones del trabajo. Los reclusos estaban obligados a laborar de 13 a 16 horas al día, eso sin contar las horas extras que seguido les ordenaban. El plan de extracción de oro se realizaba no importaba a qué precio. Los planes se mantenían a costa de la salud y la vida de los detenidos. Además de trabajar en las minas y los bosques, construían sus barracas, así como caminos y pueblos para el personal que los custodiaba.
A eso se sumaba la mala alimentación. Cada preso recibía diariamente entre 300 y 400 gramos de pan, un plato de sopa (muy aguado), un jarro de agua caliente, al que llamaban té y, en algunas ocasiones, medio arenque salado. Por esa razón, tenían siempre un hambre devoradora, persistente, que nada podía saciar.
Shalamov soñaba con frecuencia que en el aire flotaban barras de pan que llenaban las casas, las calles, la tierra toda. Porque su vida, como la de todos los prisioneros se resumía, en hambre, cansancio extremo y mucho frio. Demasiado frio.
Aunque tenían un hambre insaciable, todos estaban asqueados de la comida que se les daba. Cada día era el mismo espectáculo de los peroles de cinc con la sopa que traían al barracón colgando de unas varas. Deseaban que la sopa fuera espesa, algo que les llenara, pero casi siempre era un caldo caliente que en nada les alimentaba; y aunque llenaran sus estómagos con aquella sopa tan aguada, no se apagaba el zumbido del dolor el en estomago; por llevar tanto tiempo el hambre atrasada. Y aunque todos parecían cadáveres vivientes, que se arrastraban penosamente entre la nieve, los médicos, sin embargo, no podían diagnosticar desnutrición, pues en la patria del socialismo nadie moría de inanición.
Las raciones, por otro lado, dependían del rendimiento del preso, pues en la medida en que éste trabajase mejor, más útil era y por eso se le daba una ración mayor. Por el contrario, quienes no cumplían la norma o se enfermaban recibían menos comida. Sufrían además vejaciones e insultos, y existían castigos para los "remolones".
La violencia era parte integrante esencial de la vida cotidiana del GULAG. Cuando alguien llegaba al extremo de no querer ya dar un paso, dos vigilantes lo levantaban de manos y pies y tras zarandearlo lo arrojaban ladera abajo, para que el preso fuera dando tumbos unos trescientos metros, abajo lo esperaba una escolta, y si el preso no se levantaba le daban de patadas para que intentara incorporarse, y si ni aun así lo lograba, era arrastrado por los caballos hasta su lugar de trabajo. En Kolyma, al igual que en los otros campos de concentración, imperaba una arbitrariedad ilimitada y un sadismo preciso, que estaban destinados a materializar la campaña de exterminio social que con Stalin alcanzó niveles difícilmente superables.