martes, 7 de septiembre de 2010

Lo que le ocurrió a José

«Eso es lo que le faltaba al bueno de José» o al menos eso es lo que parece que piensa todo el mundo. Unos porque lo dicen a los cuatros vientos; otros, más recatados y cautos, lo insinúan mediante signos, gestos y otras señales más o menos implícitas que alcanzan a aquél que verdaderamente quiere ver o escuchar.

La primera reacción que uno tiene en caliente, sin analizarlo mucho ni darle más vueltas que las primeras y necesarias, era que tales humillaciones sólo se resisten una vez, que inopinadamente podría darse el caso de una reiteración en el mismo sujeto.

Entre el grupo de analistas sosegados, instalados en cierta perspectiva que les da el tiempo transcurrido entre su juicio y el momento en que se enteraron, existe el debate si lo que le ocurrió a José caía dentro del plan urdido por una mente enferma —y aquí el calificativo escogido es el menor de una larga serie que se ordena crecientemente según el insulto y la calumnia—, esto es: si es fruto de la causalidad —nada casual— o, simplemente, fuera fruto de la casualidad —por otro lado, nada causal. Siempre se acaba desembocando, en el penúltimo momento del animado debate, en el mismo lugar: el enfrentamiento llega a dos posturas irreconciliables que apuntan en direcciones contrarias acerca del motivo último de lo que le ocurrió a José.

Lo que le pasó a José podía haber ocurrido en el mar abierto sobre la cubierta de una goleta, en medio de la calle o en una fiesta repleta de gente, pero la cuestión es que ocurrió en una habitación sin testigos. Y, como decimos, no sólo el lugar suele causar extrañeza, sino el momento en que eso sucedió tampoco fue el habitual. Es evidente que no fue al mediodía, ni por la tarde. Eso es una de las cosas que llaman más la atención: nadie presenció en vivo y en directo lo acaecido, más que el mismo José, claro está.

Parece ser que todo pasó como de repente, sin ningún anuncio previo o indicio que hiciera pensar a nadie que las cosas ocurrieran tal como ocurrieron. Y luego queda todo: lo que ha ido sucediendo después de eso en la vida de José. A partir de entonces, progresivamente se ha ido dando el alejamiento de su compañeros de trabajo, el rompimiento con sus amistades más duraderas, el vacío de su familia, la pérdida del trabajo, su desaparición de los círculos que frecuentaba, el abandono de su esposa, la negación de los hijos, hasta llegar al encierro perpetuo en su casa, vaya, para entendernos, que José no ha vuelto a ser el mismo. Si algún antiguo conocido se lo cruza por la calle, en las esporádicas ocasiones que sale de su piso, no es que se le retire el saludo, sino que pasa como si no lo viera, como si no reparara en su presencia.

Nadie desea que a nadie le ocurra lo mismo que a José: ni al peor enemigo de uno.

Cuando alguien que llega de fuera —extranjero, turista o emigrante— y que no está al corriente solicita saber algo de lo ocurrido, indefectiblemente el interrogado se asegura de que la voluntad del interrogador sea verdaderamente firme. Dependiendo del grado de solicitud del inminente narrador, puede ordenar los objetos circundantes, ajustar el tono de luz —si es preciso— limpiar la mesa, en el caso que estén sentados, cerrar una puerta para evitar que alguien pudiera irrumpir por sorpresa; es decir: prepara cierta escenografía para que la fuerza de las palabras sea la oportuna. Se han dado casos en los que el narrador no ha sido suficientemente delicado; si no ha sopesado mesuradamente cada palabra, si no ha empleado los adverbios decorosamente, si no le ha dado a su voz las inflexiones requeridas y, sobre todo, si no ha sabido intercalar los silencios capitales, la verdad no ha sido desvelada, esto es, sólo se tiene al final del relato una impresión volandera de lo que le ocurrió a José.