martes, 7 de septiembre de 2010

El escultor

Hasta aquel día no había tenido problemas para obrar de aquel modo. Me senté allí como siempre lo hacía, relajado y sin preocupación alguna, pero por alguna razón la cosa no acababa de funcionar. Apreté todo lo que pude, hasta casi hacerme saltar una vena, o un vaso capilar, cualquiera sabe. El caso es que cuando me incorporé, miré hacia abajo y contemplé el resultado de lo que me había parecido un esfuerzo titánico. Se trataba de un fragmento minúsculo en el que se apreciaba con toda claridad la figura de una cabeza humana. Observe con perplejidad el mentón y la nariz pronunciada, la barbilla un tanto inclinada hacia delante en la que se distinguía incluso el hoyito con su lunar junto a él. La cavidad de los ojos era exactamente la misma, bolsas demacradas bajo ellos. Por encima de las cejas había algo que no podía ser sino una cicatriz. No pude dejar de advertir las orejas, en una de las cuales había una pequeña imperfección, como un trozo de barro sobrante que el escultor se olvida de pulir. No cabía duda alguna. Se trataba de mi propia cara.