lunes, 16 de agosto de 2010

WG Episodio 5, por El Ogro del Sí

Aturdido como estaba, me costó bastante entender el significado de aquella nota, así que cuando lo hice, avergonzado por mi propia ineptitud, decidí comérmela de todas formas para evitar que quedara prueba alguna de ella, y esto a pesar de que se había manchado con unos restos de inmundicia que había pegados entre las rendijas de la suela de mi bota. Llamé, esta vez con insistencia y decisión a pesar de la hora, ya que a un portero se le puede molestar en cualquier momento. Cuando oí su voz somnolienta, tal vez inspirado por el agente que hacía un par de horas me había tocado interpretar, dije con la voz más severa que pude: «¡Meyer, ábrame ahora mismo!». Casi pude ver cómo aquel pobre hombre se ponía en posición de firmes de inmediato y pulsaba el interruptor del intercomunicador. Me dirigí hasta su puerta antes de que le diera tiempo a abrirla. Hizo esto lentamente, como si estuviera asustado o hubiera cometido alguna falta de la que aún no era consciente. Entreabrió unos ojillos de topo gris bajo los cuales asomaban las ojeras de quien lleva durmiendo ya varias horas. Aquel hombrecillo, que probablemente habría pasado muchas noches en vela pensando en sus parientes desaparecidos y soportado las incursiones en su casa a cualquier hora por parte de los oficiales del Ministerio para la Seguridad del Estado, me miró a los pies, vio mis botas relucientes y tan solo dijo:

—¿Hay algún problema, señor agente?

—Señor Meyer —le dije yo—, se le ha confiado un documento de suma importancia, y quiero que me lo entregue ahora mismo.

No sé de dónde salía aquel ímpetu, aquella voz de mando y autoridad, pero igual que pasara momentos antes con el subterfugio del agente de seguridad, parecía estar causando el efecto deseado. Meyer balbuceaba y le temblaban las manos.

—Pe-pero, señor agente, yo no tengo ningún documento.

—Señor Meyer —volví a repetir con aquella voz todopoderosa—, lo sabemos todo. El documento que le ha confiado Herr Düster.

—¿Herr Dü-Dü-Düster? —dijo el viejo acongojado.

—¡Sí, Herr Dü-Dü-Dü-Dü-Düster! —repliqué, imitando su tono lastimero.

—Sí señor. Lo siento señor, lo había olvidado, señor. En seguida se lo traigo, señor.

Volvió al cabo de un rato con un sobre cerrado en el que estaba la nota. La abrí ante sus ojos, le eché un rápido vistazo, y le dije casi sin querer, movido por la inercia del espíritu que me dominaba: «¡Retírese! ¿No ve que ya puede retirarse?», ya que no entendía una palabra de lo que había allí escrito y quería leerla con detenimiento. Yo mismo cerré la puerta ante sus narices y comencé a intentar descifrar el misterioso contenido de la nota. Unos segundos más tarde la puerta volvió a abrirse.

—¿Qué? —le dije.

—Pe-pe-perdone señor.

—¿Qué? —le repetí con un tono de una aspereza desconocida para mí mismo hasta aquel momento. El viejo blandía ante mí un sonajero ridículo mientras seguía mirando mis lustradas botas.—Las llaves —me dijo.

Me quedé observándolo durante un buen rato sin comprender nada, pero como sus ojos de topo seguían dirigidos hacia el suelo resolví que lo mejor sería desprenderle de aquello que sostenía y cerrar la puerta de nuevo a fin de resolver el enigma que se escondía en aquella extraña misiva. Me senté en la escalera y comencé de nuevo las tareas de desencriptado. No lograba entender ni tan siquiera una frase completa, y aquí debo decir que, aunque mi acento ordinario un tanto extraño pudiera pasar por polaco excepto cuando imitaba a la perfección las frases que había aprendido de memoria en el transcurso de los cientos de visionados que había hecho de la película Die Brücke, y a menudo no entendiera del todo lo que me decía la gente de la Renania del norte, mi educación alemana se había llevado a cabo bajo la más estricta vigilancia del severo tutor del colegio alemán en el que estudié de pequeño, el profesor Trottel, y por ello mismo era imposible que mostrara fisuras tales como para no entender una simple misiva de apenas una carilla. A decir verdad lo único que entendía claramente era que había diferentes epígrafes, claramente delineados gracias a los números romanos que había empleado el pícaro Herr Düster. Pensé en llamar a la puerta y volver a molestar al viejo, pero hubo algo que me hizo apiadarme de él y dejarlo en paz. Si no hubiera sido tan tarde podría haber llamado a alguno de los vecinos para que me ayudara a desentrañar lo que seguramente estaba escrito en algún tipo de dialecto desconocido para mí, pero a esas horas no habría sido recibido en casa alguna. Por otra parte, tal vez el contenido de aquella carta fuera secreto, de no ser así por qué no había de dejarla en la misma puerta de entrada junto a la otra nota. Tal vez lo mejor sería actuar con precaución hasta que el día arrojara algo de luz sobre aquel asunto. Así pues, tras casi media hora de unas deliberaciones estériles durante las que mi culo volvió a congelarse sobre el suelo de mármol, pero gracias a las cuales llegué al fantástico descubrimiento de que tenía las llaves de la vivienda en mi poder, y habida cuenta de que el propietario no estaba en la casa y los servicios de metro ya no funcionaban, decidí subir hasta la primera planta y hacerme fuerte en el interior de la vivienda para al menos pasar allí aquella noche.

La llave entró en la engrasada cerradura como un cuchillo que atraviesa un bloque de mantequilla derretida. La falleba cedió suavemente con dos golpecillos metálicos secos, como los tacones de un oficial del ejército del pueblo en retirada. La puerta se abrió sin un solo chirrido, cortando el viento como una balsa que se desliza por las aguas del Spree. Había un cuarto de la entrada iluminado, como una puerta dibujada en el plano de un arquitecto. Al apagarse el automático de la escalera la estancia quedó totalmente a oscuras, como una ciudad sitiada en medio de la noche. El interruptor no ofrecía respuesta alguna, parecía un oficial del ejército del pueblo guardando una ciudad sitiada, que atraviesa la mantequilla con su cuchillo mientras mira los planos de un arquitecto deslizándose río abajo.

Encendí mi mechero y busqué el cuadro eléctrico junto a la puerta. No me costó mucho dar con el diferencial y poner en marcha la luz de la casa. Y qué luz. Todo resplandecía. Parecía que Herr Düster hubiera dejado los interruptores conectados para que cualquier visitante desprevenido se maravillara. Me interné por el pasillo y entré a lo que parecía la sala de estar. La decoración no era muy moderna, aunque en conjunto resultaba decente. Respondía perfectamente a lo que se estilaba en los bares de moda de la ciudad: un salón confortable con sillones tapizados de pana, muebles de madera recia y paredes empapeladas con estampados de tonos claros y fríos pero a la vez acogedores. Daba la impresión de encontrarse uno en el propio hogar. Hice el recorrido completo por el piso para comprobar si había habitación, cocina y baño completos. La cocina no estaba mal, amplia, limpia y completamente equipada. El cuarto de baño contaba con aseo, lavabo y bañera. La habitación tenía una hermosa cama de matrimonio nueva, casi diría que sin estrenar, con sus dos mesitas de noche, cómoda, escritorio, y un espacioso armario empotrado sin ninguna ropa en él. «Vaya, así que este es el lugar en el que no podré quedarme», me dije. Y luego: «Un momento, quién ha dicho eso, primero habrá que descifrar lo que dice en la carta». Volví a la entrada para cerrar la puerta y apagar algunas de las luces, porque a pesar de que yo no pagara las facturas, había que hacer honor a la hospitalidad, aunque yo no creyera el cuento del ahorro energético. Con la del salón, que parecía un foco de interrogatorio, era suficiente para leer. Revisé aquella nota de principio a fin llegando a comprender al menos un par de párrafos y consiguiendo que me quedaran claras un par de cosas. Uno, aquel no era un mensaje común. Dos, había muy poco en élque estuviera al alcance de mi inteligencia. Sin embargo dos de los epígrafes no llamaban a confusión. El primero decía: 200€ solo ud. de lunes a viernes. sábados y domingos solo yo. El segundo decía: Viernes dejar llaves y dinero sobre la mesa. Caminé por la casa de un lado a otro haciendo resonar los tacones de mis botas para concentrarme en la dilucidación de aquel mensaje misterioso. Durante la primera hora de paseos resolví que 200€ se refería al precio. El resto de la noche lo dediqué a la segunda parte del epígrafe. Sí, era cierto. Yo estaba solo, eso cualquiera podía imaginarlo porque en ningún momento le hablé de una pareja y se suponía que ambos compartiríamos el piso. ¿Pero qué demonios era eso de «de lunes a viernes». ¿Y qué diantres me importaba a mí que él no tuviera compañía los fines de semana? ¿Qué era eso? ¿Una invitación homosexual? ¿Eran esas las condiciones estrictas que me iba a imponer? ¿Sería uno de esos hombres dominantes que buscan un juguete sexual?

En aquel momento la duda se apoderó de mí, intenté despejarla pero se me fue al córner. Un momento, yo había visto este anuncio en una página de clasificados. Tal vez me hubiera equivocado de sección y había mirado en la página de contactos. En ese caso me encontraría en un terrible peligro. Era posible que Herr Düster volviera en cualquier momento y me sometiera a sus caprichos al verme allí en su casa. Para cuando le explicara que todo aquello era fruto de una confusión tal vez fuera ya demasiado tarde. Tenía que salir de allí como fuera. ¿Pero a dónde podría ir? Cavilé dando vueltas por la estancia durante una hora más, golpeando el parqué con firmeza para reafirmar mis pensamientos. Puede que me estuviera precipitando. En cualquier caso no había más que revisar la página en la que vi el anuncio y comprobar si estaba en lo cierto o tan solo eran imaginaciones mías. Busqué un ordenador. Había conexión de internet ¿no decía eso el anuncio? Si había conexión habría un ordenador ¿o no? Busqué en la habitación, pero se veía claramente que no había nada. Busqué en el salón. Había una cómoda con cajones de la que saqué un router wi-fi y cables de conexión telefónica. Abrí una consola tras la que se escondía hábilmente una televisión, pero el ordenador no aparecía por ningún sitio. Miré las instrucciones que me había dejado el casero en busca de algún indicio, alguna parte en la que dijera «computer» o algo así. Nada. En ese momento oí ruidos que provenían del rellano, unos pasos contundentes que sin duda se dirigían hacia el apartamento.