jueves, 5 de agosto de 2010

Los tilos en flor de Tiergarten


Siguiendo la propuesta de nuestra amiga Leli y una de las máximas no oficializadas del autobombismo, aquella que dice que es obligatorio participar con entusiasmo en cualquier propuesta abiertas por un miembro del colectivo, aquí os dejo un trozo de relato inspirado por las primeras frases regalo de Danilo Kis, para que sea continuado o reconvertido por quien le apetezca hacerlo. Ánimo, ya solo quedan 29 frases del listado.




"La verdad es que no tengo ni idea del efecto que tiene el viento sobre los pliegues de las cariátides de mármol, y tampoco es que me interese mucho", le dijo el joven Roco al hombre, tan solo unos años mayor que él, que le acompañaba liándose un cigarrillo a la salida del museo de Pérgamo. No dijo nada más. Si hubiera podido evitarlo ni tan siquiera habría dicho esto, pero las normas de la cordialidad le obligaban a decir algo, y además necesitaba dejar de oír la voz de aquel hombre que con su discurso erudito le hacía sentir inferior en casi todos los aspectos. Nada importaba que él fuera más joven, más guapo, más apuesto, que tuviera éxito en sus relaciones y siempre fuera el centro de atención de los círculos que frecuentaba. Ante él se sentía ridículo, frágil. Temía ver expuestos todos sus defectos y se sentía inseguro. "Bueno, tampoco es que tenga mucha importancia. Los detalles de la historia del arte acaban siendo como los pormenores de una batalla. Al final solo importa el número de muertos". Aunque pareció no oírlo, ni darle la más mínima importancia, Roco se quedó pensando en esto largo rato, intentando descifrar su significado. Permanecieron en silencio mientras el hombre mayor se fumaba su cigarrillo y hacían tiempo hasta que llegaran sus respectivas compañeras. Ambas se habían quedado en la tienda del museo mirando libros y curiosidades y salían riendo a carcajadas. El hombre mayor se quedó mirando a la chica del joven. Se trataba de una de esas bellezas imposibles de evitar. No se trataba del corte perfecto de su cara y sus facciones filosas. No eran los pómulos marcados, las cejas delineadas con pincel ni los labios carnosos y bien perfilados, pero apenas insinuados. Tampoco se trataba de su silueta, un cuerpo pequeño de espalda esbelta y una trasera de las que hacen a hombres y mujeres mirar hacia atrás. Se trataba más bien de la necesidad de sentirse admirada que tenía aquella chica. Esto hacía que se preocupara por seducir con la boca y los ojos a todo aquel que no le prestara la suficiente atención. Era como si se preocupara por que no quedara nadie que no estuviera dispuesto a rendirse a sus pies y caer ante el mínimo chasquido de dedos que ella hiciera. Roco le había dado la espalda al hombre sin darse cuenta y no podía apreciarlo, pero era a esto a lo que se refería cuando hablaba de los pliegues de las cariátides, el roce de la tela, la erosión del viento.