martes, 10 de agosto de 2010

Daniliana #3, by Leliovich

Era tarde cuando el aire de la estepa empezó a vibrar al ritmo de la propulsión espiral de las hélices de un avión. Me pareció que el grito de una urraca al caer la noche era el rumor de otra era. En ese nuevo amanecer, mis ojos doloridos verían de nuevo una instantánea (a vista de pájaro) del terrible panorama de la devastada región del Volga.


Donde antes mis carreras se sincronizaban con el trepar de los tractores y de los locomóviles en la dorada pradera de los campos de trigo, quemaban ahora los maizales bajo el fuego escalonado de la artillería. Yo, que había presenciado el grandioso incendio del petrolero en el Puerto y que había sobrevolado las torres del Kremlin en el océano del aire, no podía evitar que el rojizo reflejo del sol en las turbias aguas del Dniéper fuera espejo de sangre.


El vaivén optimista de las turbinas me devolvía precariamente el vuelo de las bailarinas tejidas con espuma con que mi madre me hiciera soñar. Un bodegón con una taza de té, que mi abuelo pintó junto a una cucharilla de plata y un búho estrangulado, aparece ahora grotesco por la aparición de la cabeza del comandante Frounzé en la mesa de operaciones con el embriagador aliento del cloroformo. El ronco ladrido de los perros del pueblo, cuyas fauces sin esperanza son como las negras bocas de las minas de carbón de Kursk, resuenan ahora en los rincones donde antes contemplara los ojos encantadores de las mujeres circasianas, donde habitaba el recuerdo de una despedida amorosa en el valle del Kama.


Sé que volveré a acariciar la dulzura del terciopelo púrpura de los palcos de un teatro, acaso también la horrible narcosis de las rimas de las comedias de estos tiempos, y que intentaré abandonarme al apacible efecto que el viento tiene sobre los pliegues de mármol de las Cariátides; sé también que nunca abandonarán ya más mi rostro los ojos cárdenos de un caballo de tiro, y que incluso la magia de las noches blancas será para mí dolorosa como una navaja clavada hasta la empuñadura en la costilla de un lobo de las estepas.


Tiergarten con la arboleda de los tilos en flor traerá a mi memoria los árboles desnudos en el patio de la Lubianka: la memoria no se asemeja al impresionante equilibrio de unos bloques de hormigón, sinó al cauteloso andar de un gato siguiendo la huella del pardillo en la nieve: uno necesita ser cauto para todos sus recuerdos no sean destruidos por el fuego y su ser no se convierta en las fantasmales figures de las estatuas de bronce en el destello de unos fuegos artificiales, fugaces y crueles en su explosiva irrealidad. Para mí, las farolas de la Puerta de Brandemburgo guiarán siempre mis pasos hasta el cementerio militar al lado de Sabastopol.