martes, 10 de agosto de 2010

Como ese conjunto de historias jamás contadas que acaban en el cementerio militar al lado de Sabastopol.

Tres son las formas que conozco para atisbar al otro: la lectura, el viaje y la conversación. Las tres son formas de leer, las tres también lo son de viajar y claro está: la tres son formas de conversar

Andreiev, Leonid La ventana



Paseas las pupilas desde uno de los miradores que dan al río que rasga el mapa de Kiev y Ucrania como argentina navaja clavada hasta la empuñadura en la costilla de un lobo de las estepas. Tras una vuelta por uno de los parques de la ciudad, acodado en la baranda, intentas conversar ahora, iluminado por el rojizo reflejo del sol en las turbias aguas del Dniéper, con unas líneas cuya lectura has ido difiriendo inexplicable y penosamente. Comprendes que por fin has llegado, junto al huidizo Juan Preciado, a Comala:

«Platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir a dormir.

–A, mí me dolió mucho ese muerto –dijo Terencio Lubianes–. Todavía traigo adoloridos los hombros.»

Inopinadamente, las palabras del viejo Terencio te ayudan a leer –desentrañar o descifrar– la mirada del anciano que se sienta tras de ti, sentado en el banco, en el que acabas de reparar. Primero, pruebas de alinear tu mirada con la del viejo, dando con una dirección determinada en la otra orilla, allá donde se levanta la parte más soviética de la ciudad –te dices, sonriéndote por el inapropiado cuantificador. Quedas absorto ante el impresionante equilibrio de unos bloques de hormigón. Ves en la monumental presencia de aquel estatismo el minucioso y paranoico control que ejercía el gobierno de la URSS sobre el último y más remoto de sus rincones, dominio que si variaba lo hacía a la velocidad de la deriva continental –hasta la llegada de la glásnot.

No puedes evitar imaginarte en la piel del anciano lustros atrás, arrastrando sus pies entre los árboles desnudos, en el patio de la Lubianka, la antigua sede del KGB. Cómo resuenan en tu cerebro de repente las palabras, que habías cogido al vuelo por la calle, de que la Gran Lubyanka era el edificio más alto de Moscú porque ya desde el sótano se divisaba perfectamente Siberia.

Esa mezcla extraña de sentidos (del homor o del hurror), como negras bocas de las minas de carbón de Kursk, te ha llevado a hermanar al bueno de Terencio con el viejo del banco: formas de convivir con el terror que estabas leyendo hace un momento en tu paseo a orillas del río, donde el vuelo de las bailarinas tejidas de espuma acaban por devolverte al presente más físico e inmediato.

Por un segundo te olvidaste que eres espectador de la historia, cómodamente sentado en el terciopelo púrpura de los palcos de un teatro, y entreviste al abrir las piernas sobre el sillón, cómo el color púrpura se tornaba cada vez más bermellón.


Del cuaderno de viaje del Burrot