viernes, 30 de julio de 2010

WG Episodio 4, por El Ogro del Sí

Salir de todo aquel tumulto se convirtió en una odisea, una carrera de obstáculos en la que hube de pasar por innumerables controles que me cerraban el paso. No conseguía avanzar más que hasta la siguiente barrera policíal sin llegar a pasar a través de ninguna. Intentar dar pena, gimotear, y suplicar por que abrieran la salida no dio los resultados esperados. Nadie se conmiseraba de mi situación. Al fin, hastiado ya de tanta contrariedad y cerrazón, decidí pensar en «Alte Kamaraden» y adoptar una aptitud militar. Es cierto que hay himnos nacionales mucho más emotivos y enaltecedores para un soldado de la patria. Pero con esta marcha en la cabeza yo había conseguido ganar mis batallas más importantes. En alguna ocasión incluso la usé para aderezar mis actuaciones como payaso en fiestas de niños y mayores. Y también hay que aceptar que el nivel de composición de Carl Teike y sus compañeros de la ciudad de Ulm es mucho más brillante que el de los españoles. Por otra parte, nadie puede negar los orígenes prusianos de nuestra propia «Marcha Real». Así pues, me saqué el gorro de la cabeza y lo tiré al suelo. Dirigí mis pasos al ritmo de aquella vieja marcha hacia la valla con todo el descaro, empujando y propinando codazos a cuantos salían a mi encuentro. Elevaba la pierna todo lo que podía, tal y como me habían enseñado en la Legión Española, y a pesar de mi escasa estatura llegué a puntear más de una nariz teutona. Saqué la billetera y presenté en alto mi carnet de identidad español como si se tratara de una tarjeta de identificación de los servicios de seguridad, gritando: «Sicherheit». Al parecer aquella estrategia funcionaba. La actitud despótica convencía a los agentes, que ni tan siquiera miraban la placa. Se cuadraban como autómatas, abrían las vallas y me protegían de la muchedumbre. Algunos individuos suspicaces intentaban seguir mis pasos aprovechando la situación, en tanto que otros me vituperaban e incluso me empujaban al ver el trato de favor que se me daba. A punto estuve de llevarme esposado a una señora altanera con cara de aristócrata venida a menos que me opuso resistencia, pero —dejando a un lado que por más que me convenciera mi papel, no llevaba esposas— al mirarla y ver su bello rostro, tan avejentado como horrorizado, decidí que era mejor seguir guardando el respeto por según qué cosas. Avanzaba con rapidez y seguridad, pero a pesar de todo, me costó una hora más salir de aquella barahúnda. El trayecto desde el centro hasta la dirección que me habían dado, contando mi incursión en Alexanderplatz para recuperar la maleta, duró el tiempo record de cuarenta y cinco minutos. Llegué tres horas tarde a mi cita, rozando la medianoche, pero con la esperanza de que el tipo viviría allí, aún no se habría acostado y comprendería los motivos de mi tardanza. Nada de esto ocurrió, sino algo inusitadamente extraordinario.

Las calles estaban desoladas, pero todavía quedaban locales abiertos, antros sin letrero en los que los turcos jugaban a las damas o al backgammon. A decir verdad, para cuando llegué a aquella calle tan mal iluminada no las tenía todas conmigo. No sé que razones habían llevado a que mi humor tomara un cariz algo más sombrío. El apartamento estaba en las inmediaciones de Landsberger Alle, en una callecita, Chrysanthemenstrasse, cuyo nombre no ocultaré que me daba cierta mala espina. Los alrededores me producían escalofríos. Si la avenida por la que había llegado hasta allí desde la estación de tren ya era lo suficientemente desangelada y espectral, aquella calle, que para colmo acababa en un callejón sin salida, me pareció digna de un secuestro político. Por suerte no eran ya tiempos en que ocurrieran ese tipo de cosas, ni yo tenía nada que ver con la política, pero por un momento pensé que aquel hombre, cualquiera sabía a santo de qué, me había preparado una emboscada. El piso de Herr Düster, que así se llamaba el propietario, estaba en el 2º1ª. Presioné el timbre primero con precaución y después, ante la falta de respuesta, con mayor insistencia, siempre con miedo a que el casero estuviera ya dormido y con el convenciminento de que de allí no saldría nada bueno. De ser así, debía tener un sueño muy profundo, porque lo cierto es que no contestaba. Volví a insistir. Algo me decía que llamar a esas horas con tanta obstinación podía molestar a los vecinos, así que a los treinta minutos de andar quemando el timbre decidí dejarlo como cosa perdida. Tal vez aquel hombre no viviera allí y además, estaba muriéndome de frío y se me había quedado dormido el dedo de tanto darle al interruptor. Me agarré a la reja de la puerta y sostuve mi peso a pulso, tanto para calentarme un poco con el esfuerzo como para curiosear qué tipo de vivienda era aquella a la que por mi celo conmemorativo ya jamás podría acceder. No estaba mal, ancho vestíbulo con paredes recién pintadas, suelo de mármol y barandilla de madera labrada. Se trataba de un edificio de cuatro plantas de construcción antigua, por lo menos de los años cuarenta. Junto a la escalera había una puerta desde la que se veía un parque interior iluminado. En él había una playa artificial de esas que parecen hechas antes con serrín que con arena, una fuente en medio a modo de lago y una zona de juegos para los niños que alternaba su uso con el de la obligatoria área de residuos donde dejar la basura. Al final de este jardín interior había una portezuela de madera que comunicaba con otro parque exactamente igual que el anterior, solo que en este caso el área de residuos hacía las veces de lago. Al fondo de este otro jardín se atisbaba con toda claridad un edificio de oficinas siniestro de colores amarillo y verde que presidía la vista. En una de las ventanas de este edificio me sorprendió sobremanera poder ver el perfecto reflejo de la torre de comunicaciones de Alexanderplatz y en ella, a un hombre con uniforme de operario fumándose un pitillo asomado a una balaustrada sobre el restaurante. Cuando lo hube visto todo con deleite y mis fuerzas ya no me sostuvieron más, me dejé caer sobre el escalón. La mala fortuna hizo que resbalara con algo ante lo que mis dos pies patinaron al mismo tiempo y fueran a dar contra la reja. Este impacto causó el desequilibrio consiguiente y necesario para que mi figura cayera de espaldas y se golpeara contra el frío e indecoroso suelo de la acera. Me quedé allí sentado sobre mi trasero unos instantes, maldiciendo y buscando el objeto causante de mi desgracia, seguramente una de esas estúpidas hojas de castaño que tienen la manía de colarse bajo la planta del pie para intentar quebrar las caderas de los viandantes. Por curioso que parezca, el único espacio de la calle en el que no había hojas era aquel en el que se encontraba este portal. Busqué y rebusqué para darle su merecido castigo y aliviar mi frustración, pero no encontré nada. Entonces, ofuscado por mi mala suerte, pataleé y pataleé. Hice esto primero para demostrar mi enojo y luego para volver a calentar mi cuerpo, que había quedado entumecido. Allí fue cuando apareció, por debajo de la suela de mi bota derecha. No se trataba de una hoja de castaño, sino de la hoja de un cuaderno, una cuartilla a cuadros con un vestido de garabatos ridículos garrapateado en ella. «¡Aquí te tengo bellaca!», le dije. «¿Qué vas a hacer ahora? ¿Llamar a tu mamá? ¿A la policía? ¡No ves que esto está desierto! ¡Eres mía!». La agarré del cuello y me la puse ante los ojos mostrándole los dientes, con la intención de introducirla entre mis fauces y devorarla de un bocado. Entonces me miró con unos ojillos tristes, pero a la vez simpáticos, que me hicieron enternecer. No necesitó hablar para apelar a mi conmiseración. Al parecer aquellos ojos, insólitos en una hoja por lo demás bastante común, los había dibujado el casero para que me fijara en su débil y desapercibida figura. Supe esto porque bajo ellos había una nota que decía: es ist mir unmöglich sie zu treffen . hinweis bei hausmeister meyer.


Ver: WG, Episodio 5