miércoles, 21 de julio de 2010

WG Episodio 3, por El Ogro del Sí

La puerta de Brandeburgo resultó estar más lejos de allí de lo que pensaba. Por el camino encontré paneles explicativos que querían conmemorar el lugar en el que estuvo el muro de una manera pedagógica. Allí se detallaban sus medidas, qué sectores dividía, qué tenía que hacer la gente que quería pasar de un lado al otro, y en general cómo era la vida bajo aquella división. También había una exposición de torretas dispuestas en el lugar donde antes moraban los antiguos puntos de control, desde las que los soldados disparaban con ametralladoras de fogueo a diestro y siniestro, para ofrecer una experiencia de realidad aún más viva. Al día siguiente leí en los periódicos que algunos berlineses ya mayores, además de varios turistas, habían tenido que ser internados en hospitales, los primeros con infartos de miocardio y los otros con quemaduras de primer grado. Pero no se le puede achacar nada a la organización. La culpa es de esos incautos que acuden a cualquier evento sin estar preparados para este tipo de empresas. Yo por mi parte disfrutaba como un enano con todo ese espectáculo organizado de manera metódica y precisa para aquellos que no pudimos vivir la experiencia en nuestras propias carnes.

El monumento estaba sitiado. Policías y militares acordonaban todos los accesos conformando auténticas cadenas humanas. Los efectivos de la secreta se repartían por doquier. Eran perfectamente identificables gracias a sus mostachos setenteros y a los calcetines de deporte blancos, siempre mal conjuntados con los zapatos y pantalones de vestir. El parque de Tiergarten, plagado de minas y rodeado por trincheras teñidas de rojo sangre, se había convertido en un laberinto del que era imposible salir con vida. Bueno, eso tal vez solo fuera resultado de otra de mis alucinaciones, pero lo que sí es cierto es que las vallas, que yo supuse electrificadas, parecían haberse reproducido como bacterias en un humedal. No había manera de acceder hasta el sitio donde tendría lugar la celebración. Pero aquello no pudo desanimarme. No, cuando estaba en juego la consagración de todo mi ideario político-filosófico.

Tras muchos rodeos y un dolor de pies considerable, conseguí encontrar un resquicio, una pasarela minúscula custodiada por los servicios de seguridad. La multitud que había formada era enorme. Me puse a la cola e hice lo que todos, poner cara de expatriado del este que busca una nueva oportunidad en el próspero mundo de occidente. Para mí, que ya había sobrevivido con éxito a la cola de los Ángeles de la Noche en un par de ocasiones, a la del paro en múltiples y a las de las discotecas de postín en un sinfín de ellas, aquello no supuso problema alguno. Además, con el frío que hacía, el castañeteo de dientes me daba un aspecto lamentable que ninguno de mis competidores era capaz de conseguir. No sé cuánto tiempo tuve que esperar para pasar al otro lado. Lo cierto es que, recordando con mis compañeros aquellos tiempos en los que detrás del muro no nos esperaba más que la desesperanza y la desazón, el tiempo pasó volando.

Tuve que engañarles diciendo que mi nombre era Potocki y que venía de Varsovia, pero aquello me granjeó la simpatía inmediata de todos los que había a mi alrededor. Uno de ellos, incluso me prestó un gorro de lana para darle más veracidad a mi indumentaria. Junto a los guantes con los dedos cortados y aquella chaqueta de aviador, nadie podría negar que completaban un atuendo inmejorable. Y parece ser que tenía su efecto. Las fuerzas de ayuda humanitaria repartían Glühwein para hacer más llevadera la espera. Recogían a los que identificaban como turistas perdidos y los llevaban hasta la boca del metro. Los más débiles tenían que ser atendidos por los servicios médicos. Muchos de ellos quedaron en el camino. Pero yo, con ese disfraz de refugiado polaco con el que me había ataviado, soporté la travesía como el más experimentado de los desplazados y conseguí llegar hasta el final del pasillo de una sola pieza.

Al fin alcanzamos el espacio de entrada al recinto. Era magnífico. Una espléndida gradería con capacidad para unos miles de espectadores dirigía su mirada hacia el inmenso escenario plantado ante la famosa Puerta. Sobre la arenisca aguijoneada de sus columnas, una multitud de haces de colores resplandecían dándole un aspecto inusitado a su anciana figura. Proyecciones que recordaban el deslumbrante estilo de las mejores firmas de la pasarela de Milán cubrían el monumento como si quisieran dar a entender a la concurrencia que aquello era mucho más que una conmemoración. Dado que el pasillo que conducía hasta aquella maravilla era tan estrecho, y que uno se encontraba con el prodigio tan de sopetón, era toda una delicia observar las expresiones que se formaban en los rostros de los presentes. Aparecían todos coloreados, cual si ellos mismos formaran parte del mítico muro que, como por arte de magia, había quedado convertido en un mural ecléctico que conmemoraría la comunión de todas las culturas en una sola. Me sonreí ante lo ingenioso de aquella idea de mentes preclaras.

A mi cabeza vinieron las obras de los más egregios muralistas: El hombre en una encrucijada de Diego de Rivera, Nueva Democracia de Siqueiros, el panegirismo de Orozco y el mágico mundo de Frida Khalo. Todo ello, junto a las luces violáceas y azuladas de las grandes marcas patrocinadoras del momento, comportaba un escenario sin igual. Los cuatro caballos tiraban del carro de la Victoria con más fuerza que nunca y parecían recordarle a Napoleón que quien ríe el último ríe mejor. La diosa estaba esplendorosa. Se cubría la cara para protegerse de los rayos proyectados sobre ella y los devolvía a su vez reflejados en la cruz de hierro, que lanzaba centellas azuladas de reminiscencia celestial. Sobre ella, el águila imperial coronaba la cuádriga con su bronce dorado. Y a los pies del monumento, también rodeado de vallas, como no podía ser de otra forma, unas pocas decenas de fichas gigantes en forma de segmentos del muro pintarrajeado, firmadas por los mejores diseñadores y subvencionadas por todas las grandes empresas que operan en Europa, habían sido colocadas a la distancia justa para crear el efecto de una perfecta caída en cadena y dar principio al que sería el dominó más grande de todos los tiempos. Como todos, quedé extasiado contemplando aquellas obras de arte en las que, para mayor regocijo de la feligresía, niños de colegios de todo el orbe seleccionados por UNICEF, habían escrito con rotulador sus mensajes y deseos de libertad para un mundo que, por fortuna, ya no tenía nada que ver con aquel que se había vivido hasta hacía veinte años. Las observé una a una, cada una de sus bellas inscripciones subyugándome como la primera, y debieron pasar horas, claro, porque tan absorto estaba yo en esa creación, que ni tan siquiera escuchaba la algarabía que se había montado a mi alrededor. Habían empezado ya los conciertos de los adalides culturales de la libertad y la democracia, y supuse que ya habrían acabado todos los discursos. Tuve que darme una colleja a mí mismo por no asistir al tan esperado mitin de Sarkozy y Merkel, unidos una vez más por el bien común de Europa y la unión de civilizaciones.

Pero pronto se me olvidó aquello ante el arrobamiento general causado por Sunday Bloody Sunday. El público estaba extasiado. Mi deseo era encaminarme hacia el escenario entre la muchedumbre para formar parte de la algaraza y así mantener aquel momento siempre vivo en mi corazón. Al llegar a la valla protectora del graderío, avisté a un oficial y le pedí que me diera paso, a lo que contestó en pocas palabras que el aforo era limitado y había que estar en una lista para obtener el pase. Contrariado, comprobé que desde donde me apostaba no se veía nada. Apenas podía vislumbrar el lateral del escenario, entre cuyo fastuoso equipo de sonido no había hueco alguno para atisbar, y las malditas gradas llenas de gente con cara de vivir una experiencia única. Le pregunté al oficial cuánto tiempo faltaba, pero me entendió mal y me dijo que eran las diez de la noche. ¡Las diez de la noche! Confiando en que fuera un hombre de paciencia, haría ya una hora que el casero me estaría esperando.

Ver: WG, Episodio 4