viernes, 16 de julio de 2010

WG Episodio 2, por El Ogro del Sí

En principio, cuando encuentras la ganga soñada después de muchas horas de desesperación y de acudir a una cita decepcionante tras otra, estás muy alerta a la hora de dar credibilidad a lo que intentan venderte, porque sabes que siempre se esconde algún factor que hace que lo barato sea caro. Sin embargo yo, que no sabía cuales serían esas «Genau Bedindung», —¿sin calefacción en Berlín? ¿tendría agua corriente? ¿instalación eléctrica? ¿muebles?—, que no había llegado a concertar cita alguna, dado que no pensaba moverme de la silla sin antes haber conseguido algo que mereciera la pena ver, iba a la primera de estas con toda la confianza del mundo. No me cabía la menor duda de que me encantaría y de que sería allí donde me quedaría, costara lo que costase —doscientos euros y ni un céntimo más—. Con esto en la cabeza y totalmente convencido de mis actos volví al hostal, hice la maleta, me despedí de los inquilinos con un insulto soez y le dije hasta nunca al recepcionista húngaro y sus diarreas.

Había hablado con el casero por teléfono, una voz neutra y nasal que pareció impacientarse ante mi pobre capacidad de manejo del idioma y chistó un par de veces para asegurármelo, pese a lo cual habíamos conseguido convenir vernos a la entrada del edificio, en las escaleras, a las nueve de la noche. A pesar de mi anterior optimismo, la reacción negativa del casero —más que previsible por otra parte—, hizo que dudara del éxito de mi empresa. Como tenía tiempo de sobra antes de la cita, decidí darme una vuelta por la Puerta de Brandeburgo y ver aquellos fastos que estaban preparando para la celebración del vigésimo aniversario de la caída del muro, con la intención de contentarme y levantar el ánimo. Toda Europa parecía entusiasmada con la celebración. Hacía ya unos meses que la ciudad venía siendo protagonista en los telediarios, siempre ávidos de noticias que susciten el interés popular general, y en las más diversas revistas, desde las de motor y deportes hasta las de ganchillo y punto de cruz. Yo me sentía parte de la historia por tener la oportunidad de vivir ese gran momento. Acudirían figuras políticas y culturales de toda índole, Gorvachov, Helmut Khol y Bush padre, en calidad de artífices del milagro de la apertura, los adalides de la intelectualidad y la política mundial, toda la cantera de insignes premios Nobel que tenían salud para asistir al evento, e incluso alguno en su último estertor que prefería morir en acto de servicio antes que perderse aquel momento tan importante. ¡Por todos los santos, pero si vendrían incluso U2, Bon Jovi y el flamante Nobel de la Paz, el nuevo salvador de todas las democracias y esperanza de todos los negros hambrientos del continente africano! Por supuesto que me enorgullecía estar allí presente. Yo también sería parte del progreso y los adelantos que pronto se materializarían en nuestra tristemente descompensada sociedad. Cuando pensaba en la importancia de estos acontecimientos, imaginaba la alegría que transportarían a los más desfavorecidos, las grandes propuestas que se llevarían a cabo a raíz de la multitud de encuentros por la paz que se habían generado en torno a la celebración, la libertad de maniobras con que contarían a partir de entonces organizaciones como las Naciones Unidas y el siempre atado de manos FMI. Sólo pensar en ello bastó para que me olvidara de la posibilidad de que algo fallase en mi encuentro con el casero.

Pasé por la estación de Alexanderplatz para dejar la maleta en una taquilla. A las cinco de la tarde me bajé en la estación de Friedrichstrasse y lo primero que hice al salir fue buscar un muro que, por más que intentaba encontrar a cada ocasión que se me presentaba, aún no había conseguido ver. Tuve que preguntar a una infinidad de personas hasta que me indicaron dónde podría encontrarlo. No sé porqué, tal vez fuera por mi acento, porque no me entendían bien o por el pelo, que me acababa de rapar aquella mañana, lo único que hacían era sonreír, soltar alguna gracieta incomprensible para mí, que yo tan solo era capaz de detectar gracias a la mueca perversa que se dibujaba en sus rostros, y marcharse de allí sin darme ninguna dirección concreta.
Llegué al puesto, una fina pared llena de colorines que a duras penas podía llamarse muro, cuarteada, dividida en secciones, abarrotada de turistas que la miraban como si fuera la octava maravilla del mundo e indagaban en sus inscripciones, tal vez en busca de algún mensaje en clave que hubiera dado pie a alguna revuelta al otro lado, o de una consigna preclara hecha el mismo día del derrumbamiento. Parecía extraño que un tabique tan débil y fino como ese hubiera servido de separación para cosa alguna, si acaso entre dos habitaciones contiguas. Tras él había un figurante de rostro adusto vestido con el uniforme de la RDA que conversaba en actitud severa con una señora mayor que llevaba un perrito. El tipo me fulminó con la mirada y hizo una mueca de asco. Hay cosas que se me hacen insoportables. Una de ellas es la insolencia; otra la desfachatez. Tras quedarme mirando un segundo a la extraña pareja tuve que intervenir enseguida. Le di por fin buen uso a las botas militares que había comprado la semana anterior. Lo cierto es que con la chaqueta de la aviación negra, los tirantes con la bandera y mis vaqueros ajustados hacían un conjunto perfecto que me llenaba de orgullo y satisfacción. Pero mejor efecto hizo en mí propinarle aquel tremendo puntapié al descarado animalito. El muy sinvergüenza se estaba meando en pleno monumento nacional. Cuál sería mi estupefacción al ver que todos los presentes, amparados en la muchedumbre, empezaron a increparme. No lo podía creer. Me increpaban por defender el muro. Sin querer entrar en más disputas, me escabullí con todo mi asombro e incredulidad de aquel lugar. Hay veces en que es mejor no hacerse preguntas.