martes, 13 de julio de 2010

Una de realidades


I
"Pecamos de vanidosos y pensamos que podemos comprender la realidad. Pero que categoricemos esto y aquello no significa que comprendamos la vida. Tenemos que vivir más y acostumbrarnos a andar perdidos". Las palabras vienen del tipo sentado junto a mí, un hombre negro de unos cuarenta años y acento estadounidense, que comparte charla con otros dos compatriotas a las puertas de la llamada Biblioteca Americana. Se trata de una charla profunda, pero a medida que la escucho me doy cuenta de que no es una de esas disquisiciones banales y fútiles acerca de la comprensión que nos rodea, que tantas veces pronunciamos simplemente por escuchar el eco de nuestras teorías. Se trata de una conversación práctica. Una de esas que ponen los pelos de punta, no por lo que dicen, sino por la tranquilidad con que son habladas. "Bueno, eso es lo que he intentado hacer. Y llevo consiguiéndolo casi sesenta años. Sobrevivir", replica con calma el aludido, un hombre de apariencia indulgente, con varios tatuajes en los brazos que no llegan a ser del todo estrafalarios y revelan, tal vez, la vida de un hombre que ha vivido las revueltas del pasado siglo y ha luchado por ellas.

II

Mientras escucho este intercambio disimulando mi atención, veo a un pobre hombre. No sé cómo se reconoce a un pobre hombre, pero este es completamente distinguible. Se trata de un chico de unos treinta años al que ya había visto rondar por la biblioteca. Un ser oscuro. De esos que visten de invierno en verano y pasean su mirada por la de los otros intentando encontrar alguien a quien vampirizar. Tiene el pelo corto, negro como su alma, y unos ojos también tan negros que pareciera que los llevara pintados para dar profundidad a su caústica mirada. Una sensación de malestar, eso es lo que recorre todo mi cuerpo cada vez que lo veo. Pues bien, allí está a la caza indisimulada de alguna presa fácil. Una chica preciosa, probablemente turca, pasa frente a mí y se dispone a entrar en el edificio. El tipo, que franquea la entrada, le sale al paso y le pregunta algo a lo que la chica responde con una cara de estupefacción. Continúa con ella durante un par de minutos hasta que ella le despide con media sonrisa forzada. No obstante, la alimaña no se retira. Continua acechando en busca de la próxima presa. Otra chica, curiosamente también hermosa, aunque esta vez hablando por teléfono, se acerca a la entrada. Pero en esta ocasión su posición es poco ventajosa, ya que ella le precede y está ocupada. De haber observado la situación con detenimiento no se le habría ocurrido incurrir en este error fatal. Pero se ve que alguna desesperación atormenta su pensamiento: el terror de la insatisfacción. El cazador se acerca por detrás y la interpela. La chica se da la vuelta y al verlo escrito en su cara, hace un gesto de desdén con la mano y obvia su presencia. El chico, derrotado, vuelve al banco donde estamos sentados.

III

Presenciar estos intercambios me parece de lo más curioso. Pero ayer, aunque en ese momento no le diera importancia, pasó algo mucho más interesante dos bancos más allá de este en el que me siento. He sido capaz de advertirlo gracias al periódico de hoy. Ayer por la tarde, al salir de la biblioteca, pasé con la bicicleta ante un hombre de unos sesenta y tantos, solo, sentado a la sombra y disfrutando del asueto como si fuera la última vez que podría hacerlo. Me hizo mucha gracia verlo, no solo por su actitud, sino porque mirándole bien la cara me dio la impresión de que se parecía mucho a Polansky. Es cierto que la semana pasada vi El cuchillo bajo el agua, aquella primera película del director judío polaco-francés-estadounidense. De lo que no tenía ni idea es de que era imposible que viera al director en Berlín a esas horas porque se encontraba bajo arresto domiciliario en su casa de Suiza, controlado por una pulsera para violadores que él mismo pagaba de su bolsillo según dicen los periódicos. Curiosamente el arresto domiciliario acabó ayer, según leo, creo que a las 12 del mediodía, ya que los tribunales suizos han decidido que no lo extraditarán a Estados Unidos para que lo juzguen bajo la premisa de que es posible que con el arresto ya haya cumplido condena por lo que hizo. El periódico informa de que lo primero que hizo Polansky en cuanto acabó su cautiverio fue partir hacia el aeropuerto en el asiento de atrás de un todoterreno con las lunas tintadas.

IV

La conversación continua. "Y eso es lo que ha pasado con aquella chica. También ella tendría que haberlo sabido", dice la mujer que les acompaña, que rondará la edad del hombre de los tatuajes y también parece haber vivido historias similares.
Entonces recuerdo el motivo por el que había salido de la biblioteca. Sí, quería darme un respiro y hacer una pausa. Pero solo me he decidido ahora porque la atractiva chica que tenía delante acababa de salir para marcharse y esperaba cruzarme con ella. Había sido la chica la que había hecho este movimiento, el de seguirme, presumo, las dos anteriores veces que yo había hecho una pausa. Pero ahora, viendo al depredador y escuchando la conversación que tiene lugar ante mí, me parece que los papeles se confunden. No sé si soy yo el vampiro o el perseguido."Así que si no quieres que te ocurra lo mismo, no vuelvas (a América, se entiende)", cierra la conversación la mujer mirando con ojos duros al hombre de los tatuajes.