lunes, 10 de mayo de 2010

El peso de un cuerpo en el mar

El ancla estaba pesándole mucho. La arrastraba desde la cadena con la ayuda de los dos brazos y andaba con el cuerpo inclinado hacia delante como debió hacerlo Sísifo para mover su condena.
Diez pasos más y descanso, se decía. Sólo en dar el siguiente le parecía estar dejando años de su vida. Un poco más, la cadena enrollada al cuerpo, la herrumbre tiñendo su piel de óxido. Un poco más, pero los pies que se hundían en aquel desierto. La arena subía por los tobillos hasta que daba el paso siguiente, no dejaba de hundirse y tenía la sensación de que si se detenía la arena le tragaría por completo. Sólo nueve pasos más y descanso. La monotonía de un mismo esfuerzo y unas mismas palabras de aliento y una única e ingraduable sensación de agotamiento, y otro paso. Sólo ocho pasos más y descanso, y ahora el mar en su tobillo y un escalofrío que casi le convencía de poder seguir adelante. Siete pasos y ahora los pies ya no le queman aunque duelan indeciblemente las llagas. Otro paso y descanso. Cinco pasos y el ancla entra en el agua después de arar un camino larguísimo en la arena. Cuatro pasos, con el agua en la cintura, el ancla, que ahora pesa menos y casi se deja arrastrar. Tres pasos, pero el ancla tira de su cuerpo y casi no puede sacar la cabeza para respirar. Demasiado esfuerzo. Todo su cuerpo moviéndose en espasmo: y eso es otro paso. Un paso. El último esfuerzo, después la desesperación sólo le permitirá dar bocanadas en el agua, abrir la boca como un pez en el aire.