domingo, 25 de abril de 2010

LA SEÑORA GOLPEADORA

Desde el pasado mes de agosto, cuando dos tipos con pistola en mano me solicitaron amablemente las llaves de mi carro, volví a los viejos tiempos de trasladarme al trabajo, como lo hace tanta gente, en camión urbano. No he perdido la vieja costumbre que adquirí en mis años mozos, de llevar siempre un libro en la mano, para leer un poco en cualquier momento que se presente.
Leí tantos y tantos libros en los camiones urbanos, que siempre he considerado que estas unidades de transporte me fueron más valiosas que cualquier aula escolar. Pero ahora la situación es distinta. Hay tanta gente en la ciudad que a todas horas camiones y minibuses parecen creación de Gabriel Vargas, como aquellos que dibujaba en La Familia Burrón. Y esto hace prácticamente imposible el cumplir con el bendito vicio de la lectura. Pero la lucha se le hace.
Fue así como uno de estos días, me fui hasta el fondo de la unidad, abriéndome paso entre un par de señoras gordas, dos estudiantes enmochilados, un vendedor de chocolates de a $ 5.00 y unos tórtolos que optimizaban el espacio, para llegar hasta un pequeño espacio disponible cerca de la puerta trasera, donde una vez acomodado, abrí mi libro para darle rienda suelta a la lectura.
No bien había leído un par de párrafos, cuando una señora que iba de pie a mi lado, y ante la sorpresa de todos los amontonados, le dio un tremendo sopapo en la cabeza a un tipo que venía sentado. Es curioso como en el momento mismo del incidente, en aquél camión que parecía no caber ni una aguja, de pronto se abrió un magnífico espacio dejando sola a la señora golpeadora, quien furiosa le reclamó al pasajero por haber tirado por la ventanilla el papelillo del chocolate que se estaba comiendo.
El sorprendido sujeto casi se atraganta con el bocado que pasó rápidamente, para luego pasar a reclamarla a la airada mujer. “A usted que le importa, yo hago lo que quiero” le contestó muy molesto el afectado. Y ella más furiosa aún le dio un nuevo golpe con la mano abierta sobre el rostro mientras le decía: “Si tú tienes tu ley y haces lo que quieres, yo también tengo la mía y puedo pegarte las veces que me de la gana”, acto seguido le sonó otro par de guamazos.
La discusión prosiguió. El sujeto tirador de basura recibió una buena surra, sin acatar a defenderse. Y no venía solo. Uno de los tres compañeros que venían a su lado trató de defenderlo de aquella fiera, más también para él tuvo la furiosa mujer. Unas cuadras más allá terminó la escena cuando la mujer llegó a su destino. Al bajarse tardaron algunos minutos en reponerse todos de la situación. Uno de ellos por fin dijo simplemente: “Si todos fuéramos así el mundo andaría patas pa’rriba”. Después otro de ellos comenzó con la carrilla: “Lo bueno es que no es tu vieja, si no pa’ que te cuento”.