sábado, 27 de marzo de 2010

SAN JORGE Y EL DRAGON

Cerca de Silca, en la provincia de Libia, había un lago muy grande donde moraba un peligroso dragón de tamaño descomunal, que tenía atemorizadas a las gentes de toda la comarca. No faltaron los valientes que se atrevieron a enfrentarlo, pero todos terminaron devorados o huyeron despavoridos ante su tremenda agresividad y astucia.
Además, este terrible animal apestaba tanto, que su hediondez llegaba hasta la ciudad volviendo el ambiente insoportable.
Para mantener aplacada a la bestia, cada día los habitantes arrojaban al lado un par de ovejas para que el dragón comiera y los dejara tranquilos, porque de no hacerlo, el dragón se metía en la ciudad provocando destrozos y mortandad.
Pero, al cabo de cierto tiempo, las ovejas comenzaron a escasear, así que se reunieron de emergencia los habitantes de Silca y en acalorada reunión decidieron que a partir de ese momento arrojarían al agua, para comida de la bestia, una sola oveja y a una persona, misma que sería diariamente designada bajo sorteo, sin excluir absolutamente a nadie. Y así se hizo; pero llegó el momento en que la mayoría de los habitantes habían sido devorados por el dragón y entonces.. la suerte recayó en la hija única del rey.
Entonces éste, profundamente afligido les propuso a sus súbditos darles todo su oro y toda su plata, y hasta la mitad de su reino con tal de que hiciera una excepción con su hija. Más el pueblo indignado se negó a aceptar la propuesta, haciéndole ver que había sido el mismo soberano quien había propuesto aquella medida. Ellos ya habían perdido a sus padres, hermanos e hijos y ahora le tocaba a él compartir con ellos el sufrimiento. Si se negaba a entregar a su hija para que fuera arrojada al lago y comiera el dragón, lo quemarían y prenderían fuego a su palacio.
Ante semejante actitud, el rey comenzó a dar alaridos de dolor, más el pueblo no se conmovió con su pena. ¿Acaso él se había conmovido de la de ellos?
Lo único que logró el rey fue convencerlos que aplazaran ocho días la entrega de la princesa, para poder llorar durante ese tiempo su desgracia.
El pueblo aceptó la petición; pero cumplidos los ocho días nuevamente se reunieron frente al palacio exigiendo que les fuera entregada la joven princesa. El rey se negaba a entregarla, más viendo la furia que los invadía, y sabiendo que aquello ya era impostergable, se convenció que no podía salvarla y la vistió con ricas y suntuosas galas.
Empapado el rey en llanto, se lamentaba ante su hija por todos los sueños que en ese momento se derrumbaban. Siempre soñó con el día de la boda de su hija, en el gran banquete que ofrecería, en su palacio adornado desde la torre hasta los cimientos por miles de margaritas. Pensaba invitar a reyes y príncipes al festejo, hacer una enorme fiesta llena de música y danzas. Pero ahora... todo se perdía.
La doncella consoló a su padre y le rogó que la bendijera antes de emprender el funesto viaje. Fue muy difícil la separación, más ella, abandonó al rey anegado en llanto y salió decidida del palacio dirigiéndose al lago. Sobre las murallas de la ciudad se apretujaba la gente para contemplar desde primera fila el trágico final de la princesa.
Ella ni siquiera volteó a verlos. Llorosa y cabizbaja caminó a cumplir su destino. Fue entonces cuando le salió al paso un joven caballero, quien le preguntó el porqué de tan copiosas lágrimas.
Ni siquiera levantó se atrevió a mirarlo, tan solo le pidió que se marchara. Que huyera de inmediato de ahí, porque si no lo hacía también él sería alcanzado por la muerte. Más el joven no la dejó continuar con su camino. La sujetó del brazo y le dijo que no le permitiría partir hasta que le contara totalmente aquella historia.
Ante semejante actitud, la joven terminó contándole su gran problema. Más apenas si le terminó de contar la historia, cuando el dragón sacó la cabeza de debajo de las aguas, nadó hasta la orilla del lago, salió a tierra y empezó a avanzar hacia ellos. La princesa al ver que el dragón se acercaba, le suplicó temerosa al joven para que se marchara.
Jorge, que así se llamaba el joven, de un salto subió a su caballo, se santiguó encomendándose a Dios, enristró su lanza, y, haciéndola vibrar en el aire y espoleando a su cabalgadura, se dirigió hacia la bestia a toda carrera. Cuando la tuvo a su alcance hundió en su cuerpo la lanza, haciendo que la bestia callera estrepitosamente.
Jorge le dijo entonces a la joven que se quitara el cinturón y sujetara al monstruo por el pescuezo. Una vez que la joven hizo lo que se le mandaba, Jorge le indicó que jalara el cinturón y sin voltear atrás, caminara de frente a la ciudad. Cuando ella obedeció se levantó el dragón y comenzó a seguirla como cualquier perrito faldero. Al acercarse a las murallas, la gente corrió aterrorizada a esconderse, temiendo que aquella bestia acabara definitivamente con sus vidas.
Jorge a gritos intentó detenerlos y tranquilizarlos. Les dijo que Dios lo enviaba a liberarlos de aquella horrible pesadilla, que en cuanto todos ellos se bautizaran, él mataría al dragón. Y en efecto, después que el rey y el pueblo se convirtieron y bautizaron, Jorge, en presencia de la multitud, desenvainó su espada y con ella dio muerte al dragón, cuyo cuerpo, arrastrado por cuatro parejas de bueyes, fue sacado de la población amurallada y tirado en un campo a muy lejana distancia.
El rey, agradecido, hizo construir una iglesia enorme, en la cual, al pie del altar, brotó una fuente abundante de agua que cuantos enfermos bebían de ella quedaban curados milagrosamente.
También ofreció el rey una inmensa cantidad de dinero a Jorge, quien por supuesto que no lo aceptó, aunque si rogó al monarca que distribuyera la fabulosa suma entre los pobres.
Esta es una de las leyendas más populares en Europa.