sábado, 27 de marzo de 2010

QUETZALCÓATL Y KUKULCÁN

Allá por el mes de marzo del año de 1517, con la llegada de Francisco Fernández de Córdoba a Yucatán, los españoles se quedaron verdaderamente asombrados al ver que los nativos conocían y veneraban la cruz y poseían, además, nociones semejantes al bautismo, la comunión, el diluvio universal, la Virgen e incluso la Santísima Trinidad. Y todo esto, por supuesto, sin haber tenido antes contacto alguno con misioneros o gente de otras razas. Eran los tiempos de la conquista.
Y por si fuera poco. Los indígenas yucatecos hablaban de un dios llamado Kukulcán, quien tenía la piel blanca, la frente amplia, la barba roja y entrecana y los ojos grandes y azules. O sea, un personaje que en nada se parecía a los yucatecos o indios de américa. Y además decían que era sorprendentemente alto, que vestía con una túnica blanca que estaba adornada con una gran cruz de color rojo intenso sobre el pecho. Como si fuera todo un templario.
Lo más curioso de todo ello es que los Aztecas también hablaban y adoraban a un dios semejante, aunque ellos lo llamaron Quetzalcóatl, quien era para ellos dios y hombre, igual que Jesús, lo cual hace suponer a muchos investigadores el que muy probablemente haya llegado al continente americano un hombre de procedencia eruopea varios siglos antes que los colonizadores españoles.
Para los Aztecas Quetzalcóatl fue un gobernante y político ejemplar, inventor del calendario, descubridor del maíz, maestro agricultor, inventor del arte de fundir metales, tallador de piedras preciosas, rey de los Toltecas y dios unificador del mundo. Además como sacerdote se opuso una reacción contra la vida lujuriosa y desordenada que imperaba en Teotihuacán, que estaba ocasionando la ruina de la civilización y el imperio Azteca. Suprimió los sacrificios humanos, llevando a los aztecas hacia un profundo sentido de austeridad y misticismo apegado al ejercicio constante de los deberes religiosos.
Según la tradición se dice que Quetzalcóatl un día se marchó prometiendo que regresaría. Fue por ello que cuando en 1519 Cortés y los suyos desembarcaron en estas tierras, los indios mexicanos creyeron que su Dios estaba de regreso y le permitieron el ingreso con todo y los suyos, hasta el corazón de su impero propiciando con ello el inicio de la destrucción de su pueblo.