viernes, 11 de diciembre de 2009

FRAY ANTONIO ALCALDE

El año de 1786 brotaron en la ciudad de Guadalajara múltiples epidemias que cubrieron de muertos todas las casas y calles de la ciudad. La situación era desesperada. No había espacios suficientes para poder atender a tantos enfermos contagiados con ese terrible mal que la gente dio en llamar “la bola”. El año anterior la situación se había visto demasiado complicada para la enorme cantidad de pobres indígenas que habitaban la zona. Las lluvias no se presentaron en el otoño convirtiendo aquél año en “el año del hambre”, porque la mayoría de la gente no tuvo ni lo indispensable para llevarse a la boca.

Al llegar la temporada de invierno, unas terribles heladas azotaron sin clemencia la zona, provocando gran mortandad, pero esto fue solo el principio de la tragedia, porque apenas se dispersaron los vientos helados, llegó como ave de rapiña “la bola”, epidemia que pasaría a la historia como una de las más terribles que ha tenido que enfrentar nuestra ciudad.

Fray Antonio Alcalde había llegado a esta ciudad de Guadalajara el 12 de diciembre de 1771, al ser designado Obispo de la Diócesis. Este ilustre señor nació en Cigales, población de Valladolid, España y era de la orden de los Dominicos. Antes de su llegada a Guadalajara había realizado su ministerio eclesiástico como Obispo de Yucatán.

El Sr. Alcalde era un hombre dinámico, emprendedor y muy sensible ante las miserias que aquejaban a los pobres. Y aquella epidemia que estaba diezmando a su feligresía rebasaba todos los límites del dolor y el sufrimiento. Parecía como si Dios se hubiera ensañado con los suyos. No había sido suficiente el dolor que propició la escasez de lluvias, el hambre padecida por los pobres, ni las terribles heladas que se presentaron. Aún faltaba lo peor, y era necesario enfrentarlo.

El Sr. Obispo no se quedó con los brazos cruzados. Abrió las puertas de las casas religiosas para los enfermos y todo edificio disponible lo puso al servicio de los necesitados. Sacerdotes, religiosas y religiosos, fueron designados para atender a las víctimas de esta tragedia. Pero faltaban espacios, medicinas y doctores.

Fue así como surgió su gran propósito de hacer un hospital para los pobres. Habló con el Ayuntamiento y consiguió que le cedieran gratuitamente un terreno. Con limosnas y donativos inició la construcción el 26 de febrero de 1787.

El 14 de junio de 1792, aún cuando el hospital no estaba totalmente terminado, se le solicitó a Fray Antonio Alcalde que lo bendijera y realizara la apertura de sus puertas. En parte porque era mucha la necesidad, pero también porque el Sr. Obsipo estaba tan enfermo y anciano que podía morir sin ver en servicio su obra.

Aquél día de junio, después de la ceremonia, Fray Antonio Alcalde se dirigió a una de las camas, donde ya había un enfermo y personalmente le realizó una curación. Era un hombre austero, no buscaba realmente nada para sí. Su mayor satisfacción la encontraba en realizar obras para atender las necesidades de su comunidad.

No bien hubo tomado el mando de la Diócesis de la Nueva Galicia, como se le llamaba a esta zona de Guadalajara, movió sus influencias ante el rey de España, para que los bienes de la extinguida Compañía de Jesús, incluido el templo y el edificio del antiguo Colegio de Santo Tomás pasaran a la fundación de la Real y Literaria Universidad de Guadalajara, misma a la que dedicó con gran pasión todos sus esfuerzos. Donó además 60 mil pesos para establecer las cátedras y estimuló al cabildo catedralicio para que aportara los 10 mil pesos restantes necesarios para su fundación. El total del patrimonio original de la Universidad fue de 95,298 pesos y el señor Alcalde aportó casi las dos terceras partes de ello. La Universidad de Guadalajara recibió la cédula real de parte del rey Carlos IV el 18 de noviembre de 1791.

El martes 7 de agosto de 1972 falleció Fray Antonio Alcalde a los 91 años, después de 21 años ejerciendo su labor espiritual y humanitaria en nuestra ciudad. Como gran herencia suya, quedó el Hospital Civil, fundo la Universidad de Guadalajara, estableció la primer imprenta tapatía, el Real Consulado de Comercio, 100 industrias de artefactos de algodón, construyó el Santuario de Guadalupe, el beatario de Santa Clara y el Sagrario Metropolitano; todo esto además de abrir las puertas para la educación de los indígenas, en un tiempo en que no se les prestaba la más mínima atención.

Los restos del ilustre obispo fueron depositados en el Santuario de Guadalupe, pero su corazón siempre palpitará entre nosotros, mientras exista la ciudad de Guadalajara.