viernes, 6 de noviembre de 2009

EL NIÑO Y EL CHIMPANCÉ

El año de 1931, el psicólogo norteamericano Winthrop Niles Kellog, tuvo, según él, una brillante idea. Adoptó un chimpancé de siete meses al que llamó Gua, y lo integró a su familia como un miembro más. Esto quiere decir que sus intenciones no eran que Gua fuera una mascota, sino un auténtico hijo. La idea de Winthrop era comprobar científicamente la evolución paralela de dos criaturas en su propia casa: su pequeño hijo Donald, de tan solo diez meses y el chimpancé de siete.
De esta forma, el niño y el simio fueron criados como si fueran hermanos, sin diferencia: se les trataba igual, con idéntico afecto, usaban la misma ropa, cucharas, platos, juguetes y todo lo que es propio de un niño.
El chimpancé tardo menos que el niño en aprender a comer con cuchara y a no mojar los pañales. Al final el niño comenzó a imitar a Gua y a los 14 meses emitía una especie de ladrido para indicar que tenía hambre. Lamía los restos de comida del suelo y al año y medio comenzó a mordisquearse los zapatos.
A los 19 meses, edad en que los niños saben decir medio centenar de palabras, Donald solo pronunciaba seis. Pero las complementaba con una serie de gruñidos, gritos y ladridos que había aprendido del chimpancé..
Al darse cuenta el psicólogo que en muchos aspectos el chimpancé superaba al niño, y que este tenía un nivel muy inferior en desarrollo respecto a los demás niños de su edad, decidió terminar con el experimento y echó el chimpancé fuera de casa.
Afortunadamente el experimento no trastornó el desarrollo del niño: décadas más tarde Donald se licenció en Medicina por la Universidad de Harvard con buenas calificaciones.