viernes, 30 de octubre de 2009

LA DESVENTURA DE OSCAR WILDE

El padre de Oscar Wilde era un científico, su madre una escritora de política y poesía. Una familia totalmente fuera de lo común. Por ello fue educado en los mejores colegios de Dublín y luego de Oxford. Era irlandés, pero se trasladó a vivir a Londres, donde pronto se convirtió en todo un personaje público de gran éxito. Sus libros que escribía y sus obras de teatro lo encumbraron a una posición verdaderamente privilegiada.

Pero Oscar no se comportaba como un intelectual. Siempre vestía a la moda y con toques extravagantes. Vivió a finales del siglo XIX, pero se comportaba como un excéntrico. Llevaba el pelo largo y pantalones de montar de terciopelo. Estaba casado, con dos hijos, pero su relación matrimonial se desgastó, y se relacionó íntimamente con un hijo de nobles: Lord Alfred Douglas, al cual arrastraba a sus correrías. Porque a Oscar Wilde le encantaba alejarse de los encumbrados niveles de la sociedad, para bajar a los mundos subterráneos, donde encontraba jovencitos que se prostituían, exponiéndose a riesgos innecesarios de todo tipo: el chantaje, la agresión...

Vivía en la opulencia, con sus habitaciones llenas de objetos de arte y elementos decorativos, con girasoles, plumas de pavo real y porcelanas chinas.

Su manifiesto desprecio a la burguesía, sus extravagancias y escándalos pronto le granjearon un sin número de enemigos. Era un auténtico subversivo. No acataba las reglas y esto le hizo blanco de críticas y desprecios.

Publicó un volumen de poemas, sus célebres relatos ( El Príncipe feliz, El fantasma de Canteville, el crimen de Lord Artur Sacille y otras narraciones, y su única novela, El retrato de Dorian Grey, considerada una obra maestra, triunfó luego como dramaturgo con: El abanico de lady Windermere, Una mujer sin importancia, y la Importancia de llamarse Ernesto, muestras ejemplares de su enorme talento y de la sutileza de sus irónicos diálogos.

Más poco después de haber cumplido los 40 años, cuando se hallaba en la cúspide de su éxito, la fortuna abandonó a Oscar Wilde. El marqués de Queensberry, padre de su íntimo amigo lord Alfred Douglas, levantó contra él una acusación por ultraje a la moral. Oscar Wilde fue juzgado por sodomía y condenado a cumplir una condena de dos años de trabajos forzados en prisión.

Perdió todo: su fortuna y su familia, la mayoría de sus amigos le dieron la espalda. Y aquello lo hundió en una gran depresión. Solo le quedaron el dolor y la soledad. En esos angustiosos momentos escribió: “Entré en la prisión con un corazón de piedra y pensando solo en mi placer, pero ahora mi corazón se ha roto, y la piedad ha entrado en él; y ahora comprendo que la piedad es lo más grande en el mundo”.

En la cárcel escribió “De profundis”, una extensa carta de arrepentimiento por su pasado estilo de vida.

Cuando salió de prisión estaba arruinado, material y espiritualmente. Se fue a vivir a Francia y se cambió el nombre. Poco tiempo después apareció en Inglaterra un escrito de su autoría, publicado de forma anónima, titulado “La baladas de la cárcel de Reading”. Uno de sus poemas más poderosos, donde expone la dureza de la vida de la cárcel y la desesperación de los presos.

Viviendo en París, y a la edad de cuarenta y seis años, una infección de oído le provocó un daño cerebral y le sobrevino la muerte. Abandonado por todos, Oscar Wilde murió a tan solo dos años de haber dejado la prisión.

Y sobre el muerto las coronas, porque el día de hoy es considerado uno de los más grandes personajes de la literatura universal.