jueves, 15 de octubre de 2009

EL RESCATE DEL CONCEPCIÓN

Cien años después del descubrimiento de América, Acapulco y Veracruz se habían convertido en dos de los puertos más importantes del continente. Grandes barcos repletos de ricas mercancías traídas del Oriente, llegaban al puerto de Acapulco, para bajar su valioso tesoro y trasladarlo luego al puerto de Veracruz, donde era cargado a nuevos barcos que llevarían la preciada carga rumbo al viejo continente Europeo.

Desde las regiones aledañas a los mares de China llegaban a México las codiciadas especies, abanicos de plata, junco y carey, hermosísimas telas de seda, fina porcelana china, y muchas otras ricas prendas y objetos que eran muy solicitados por las familias adineradas de Europa. En Veracruz estos valiosos tesoros orientales se mezclaban con el oro, la plata y todas esas riquezas que los conquistadores ordeñaban de México y Centroamérica, como valioso fruto de las tierras conquistadas.


A medidos de julio de 1641 salió de Veracruz una flota de 30 navíos, bajo el mando del capitán general Juan Campos. La escuadra iba capitaneada por el barco San Pedro y San Pablo, mientras que cerraba la agrupación naviera la nave almirante llamada Santa María de la limpia y pura Concepción.


Solo Dios sabe el porqué se ensañó con esta flota el infortunio, lo cierto es que prácticamente todas las naves se perdieron en el camino embestidas por la mar embravecida a causa de las terribles tempestades, más también hicieron lo suyo los bancos de corales, cortando de tajo algunas naves para enviarlas con tesoros y tripulación al fondo.


Fue tanto lo que se perdió en esta empresa, que los mares quedaron aquí y allá repletos de tesoros, provocando desde entonces la afanosa búsqueda de ellos por parte de saqueadores y gente autorizada, quienes han puesto especial empeño en la localización del buque que mayor tesoros transportaba, ya que de ellos se conserva un valioso registro y testimonio de algunos sobrevivientes de la tragedia. Se trata de la nave Santa María de la limpia y pura Concepción.


En el naufragio de esta desdichada embarcación perecieron 332 personas en aquella trampa mortal de los corales, pero 194 se salvaron y lograron llegar a La Española, tierra hoy llamada República Dominicana. El almirante Villavicencio, intento infructuosamente en tres ocasiones rescatar los preciados tesoros perdidos en la tragedia. En España el caso se dejó a la desidia, pero los ingleses, siempre amigos de lo ajeno, hicieron buen alarde de su rapacidad.


Dos expediciones se hicieron presentes en el lugar de los hechos y extrajeron, con la ayuda de buzos expertos: 37 538 libras de plata, 27 556 en lingotes del mismo metal, 347 libras en platos, candelabros, copas y cubiertos de lo mismo, 27 libras y 11 onzas de oro, varios sacos de perlas y esmeraldas, y 7 cañones de bronce, mismos que hoy se pueden contemplar en la afamada Torre de Londres. Fue mucho ciertamente lo que rescataron, y es más notable aún sabiendo que los buzos no utilizaron escafandras, ni gafas, ni artilugio alguno para respirar en las profundidades. Todo fue a pulmón libre, debido a que en aquellos tiempos aún no se inventaban este tipo de cosas. Pero si bien fue mucho lo que se sacó de las aguas, mucho más fue lo que se dejó entre los arrecifes.


En 1977, la compañía Seaquest Internacional dedicó cinco largos meses a la localización del sitio. Como no sabían con certeza su localización, peinaron la zona numerando con gran paciencia las mil ochocientas noventa y un cabezas de coral, buscando afanosamente el resto del tesoro, pero todo fue inútil. Confundidos y desalentados, decidieron abandonar las pesquisas con tanto empeño iniciadas.


Más tiempo después renovaron su entusiasmo y volvieron a la carga. Se tomaron fotografías aéreas de la zona, más estas no denunciaron ninguna mancha anómala que permitiera sospechar la existencia de un cuerpo extraño en el fondo de las aguas. Más luego recurrieron a un aparato denominado magnetómetro de cesio, el cual es arrastrado por el fondo de las aguas y, este instrumento, refleja señales sobre una pantalla llevada a bordo. Cuando detecta cualquier anormalidad, aunque sea un alfiler de acero enterrado entre la arena, una aguja indica en la pantalla el suceso, más cuando hay una multitud de objetos metálicos, la aguja del magnetómetro se vuelve loca.


Al detectar la nueva expedición este suceso, de inmediato un buzo se lanzó a las aguas. En el fondo, lo primero que descubrió aquél hombre fue una enorme cantidad de piedras de río, cosa que le dio gran alegría, pues sus conocimientos le permitían comprender que aquellas piedras eran del tipo de las que usaban los viejos galeones como lastre. Por tanto era indicio de que en dicho lugar se encontraba un navío hundido. Levantó luego el buzo una de aquellas piedras y encontró una moneda de plata. Ascendió a la superficie y la mostró a sus compañeros. Aquella tarde el equipo rescató ciento sesenta monedas acuñadas en México. Fueron las primeras de las sesenta mil que habrían de encontrar. La gran aventura del hallazgo submarino más importante del mundo había comenzado.


Al día siguiente, y mientras el experto numismático de a bordo, limpiaba y clasificaba las piezas, comprobando que la mayoría estaban acuñadas en México en 1641, el mismo año de la catástrofe del Concepción, los buzos prosiguieron su fascinante labor.


Uno de los buzos, en la profundidad de aquellos mares, tras levantar algunas de las piedras de río y algo de la arena amontonada, vio que del suelo surgía cierta sustancia de un azul intensísimo que, en poco tiempo, le dejó envuelto en una nube, cual si un millar de pulpos lanzara sobre él su tinta para cegarlo. Pero aquella tinta era azul y no negra como la de los pulpos. Cuando ascendió a la superficie, teñido todo de azul, se analizó la extraña sustancia en que estaba impregnado comprobándose que era añil. Podridas las cajas en que iba empaquetado, y los lienzos o papeles que envolvían cada pieza, un inmenso cargamento de varias toneladas de añil se había conservado allí, intacto, durante casi cuatro siglos, hasta que la mano de aquél buzo vino a removerlo de su escondrijo.


Mientras este hombre vivía tan insólita experiencia, otros buzos descubrieron un astrolabios, unos compases, unas balas de cañón, estatuas chinas de marfil, apagables de plata con sus tijeras para cortar pabilo, un vaso de cristal tallado, cerámica mexicana de Puebla, una valiosa vajilla china de la dinastía Ming, sin un solo rasguño, bases de plata para vasos, collares y perfumeros de oro de 22 kilates, huesos humanos, huesos de animales, jeringuillas para limpiar los oídos, balas de mosquete, empuñaduras de espadas, un collar de oro de medio metro de longitud, y la estatua de un niño de marfil oriunda de China.


Pero el descubrimiento no terminó ahí, en el fondo de lo que pareció haber sido una gran maleta, encontraron, perfectamente apiladas dieciséis mil monedas de plata, una verdadera fortuna. Muy próximo al lugar donde surgió el sorprendente manantial de añil, uno de los arqueólogos encontró juegos de té y muchas otras vajillas perfectamente bien conservadas.


El navío de la Concepción llevaba 436 baúles de mercancías del lejano oriente, 21 baúles de esmeraldas de las minas de Muzo, en Colombia, 43 baúles de perlas de las pequeñas Antillas, 321 baúles de objetos de plata de propiedad privada, 528 kilos de objetos de oro puro, 288 kilos de oro en barras. Y una enorme cantidad de plata y lingotes de oro y monedas para el tesoro real.


Además de todas estas riquezas también transportaba especiería, aceites vegetales, frutas no perecederas, cerámica mexicana, animales vivos, corrales de gallina, jaulas con aves y multitud de tinajas con vino y aceite.


El inmenso tesoro rescatado fue compartido en partes iguales entre los rescatistas y el gobierno de la República Dominicana, quien, tal y como se estipuló en el convenio, tuvo la oportunidad de quedarse con las piezas que le resultaron más agradables.


Pero en esa misma zona hay aún muchos otros barcos hundidos, cuyos fabulosos tesoros están esperando a los intrépidos aventureros que vayan tras su rescate.