viernes, 23 de octubre de 2009

EL PÍPILA

Cuando Don Pedro Martínez y su esposa María Rufina llevaron a Bautizar a su niño le pidieron al cura que le pusiera Juan José, pero como era día de los Santos Reyes, con voz autoritaria, el padrecito les dijo que se llamaría Juan José de los Reyes Martínez, y así se le quedó. Pero con el tiempo el nombre solo fue utilizado por su familia y para papeles de trámite; y como su risa era tan estruendosa, no faltó quien le dijera que se reía como guajolote. Y así se le quedó: el “guajolote”. Bueno, no precisamente con esa palabra, porque en Guanajuato a los pavos mexicanos les llaman pípilas, así que Juán José de los Reyes se quedó desde muchacho con el sobrenombre de “el pípila”.

Dicen que “El Pípila” era de piel blanca, porque su padre era español y algo le sacó de herencia, aunque tenía ojos razgados como los otomís y el pelo lacio y oscuro. Era muy serio, aunque su seriedad no parecía tal cuando se reía, por su carcajada estruendosa. Hombre fuerte y valiente, con una enfermedad silicosa que contrajo en su trabajo de las minas y además, pecoso, porque le gustaba mucho asolearse. No era un analfabeta, como muchos pudieran pensar, sabía leer y escribir.

Su trabajo en las minas era muy duro, ya que a los trabajadores los trataban prácticamente como esclavos y lo que ganaban no les ajustaba para pagar su eterna deuda en las tiendas de raya. Para colmo de males, el Rey Carlos III dio la orden de expulsar a los jesuitas de Real de Minas, lo cual molestó mucho a los mineros, quienes manifestaron su total rechazo al mandato real, acarreándose como consecuencia la ira de la autoridad, quien de inmediato ordenó para los más revoltosos la pena de muerte, mientras que muchos otros recibieron su escarmiento con una buena dosis de azotes.

Guanajuato era en la época del virreinato una próspera zona minera y una de las más importantes productoras de plata en el mundo. Las familias españolas, que manejaban la minería, amasaban grandes fortunas, mientras que los indios y mestizos vivían en condiciones de auténticos esclavos.

Cuando surgió la revuelta insurgente, el Pípila no lo pensó dos veces, abandonó las minas y se fue a San Miguel el Grande donde se unió a los rebeldes, encabezados por el cura Don Miguel Hidalgo, quien había formado su ejército armado con ondas, garrotes, lanzas y unos cuantos machetes y fusiles.

El intendente Riaño recibió pronto noticias de que el ejército insurgente se dirigía a Guanajuato. De inmediato trasladó los tesoros que estaban bajo su custodia (plata en barra y dinero en efectivo) a la Alhóndiga de Granaditas, lugar donde almacenaban granos y semillas, una enorme fortificación que juzgaba era el sitio más seguro para contener a los rebeldes. Ahí mismo se refugiaron familias criollas de posición media y acaudalada, cargando con su dinero y algunas de sus valiosas posesiones, ya que sabían que de quedarse afuera tendrían que afrontar la ira de aquella turba sedienta de libertad y justicia.

El 28 de septiembre de 1810, el ejército insurgente puso sitio a la ciudad de Guanajuato, instando Miguel Hidalgo al Intendente Riaño a que entregara la ciudad y se rindiera. Pero él prefirió enfrentar la situación. En la Alhóndiga de Granaditas solo había 570 hombres, mientras que el ejército insurgente, aunque carente de armas adecuadas, sumaban 20 000, más todo el pueblo que los apoyaba. Tras la decisión tomada por Riaño vino un espantoso combate que se inició a las 12 de la noche. Tras varias horas de combate, la situación no prosperaba para los insurgentes. Desde lo alto recibían una lluvia interminable de balas que les estaba ocasionando demasiadas bajas. Fue entonces cuando Miguel Hidalgo se acercó a Juan José, “El Pípila”, quien se encontraba arengando a un grupo de insurgentes, y le comentó la necesidad de quemar la puerta de ingreso. El Pípila se ofreció a hacerlo; se cubrió las espaldas con una losa, tomó una tea encendida de las que usaban los mineros en los túneles y ante una intensa lluvia de balas que intentaban frenarlo en su propósito, fue e incendió la puerta de la Alhóndiga.

Al ceder la madera, la multitud se abalanzó sin importarles lo nutrido de la balacera de los españoles que defendían el sitio. Cayeron muchos, pero sobre de los caídos pasaron los demás, quienes arriesgándose por entre las intensas llamas, penetraron aquella fortificación y se enfrentaron cuerpo a cuerpo, ya que en el último momento las armas ya no valieron gran cosa. En aquella ocasión murió el Intendente Riaño, doscientos soldados que tenía bajo su mando, ciento cincuenta españoles, así como tres mil insurgentes.

El Pípila participó en muchos otros enfrentamientos, después volvió a trabajar en las minas, muriendo el 25 de julio de 1863, en la ciudad de Allende Guanajuato. Aunque no falta quien diga por ahí que el Pípila es simplemente una leyenda como existen tantas en nuestro México.