viernes, 18 de septiembre de 2009

PLACIDO DOMINGO UN HOMBRE DE CORAZÓN

El afamado tenor Plácido Domingo nació en Madrid, España, aunque siempre ha reconocido a México como su segunda Patria. Tenía tan solo ocho años cuando llegó con su familia a nuestro país. Sus padres eran cantantes de zarzuela, y desde el momento en que conocieron México se enamoraron de nuestra Patria y su gente, por ello decidieron quedarse por estas tierras.
Se inició participando en pequeños papeles, cuando se requería de algún niño en una zarzuela. Posteriormente recibió lecciones de piano, dirigió un coro y participó en la obra de Mi Bella Dama. Una de las anécdotas más curiosas hace referencia a su participación dentro de la industria del disco. Eran los años del rock & roll y las figuras de moda eran César Costa y Enrique Guzmán. Plácido hizo para ellos algunos arreglos e incluso participó en algunas grabaciones haciéndoles coro, tal y como fue el caso en el tema “Tu cabeza en mi hombro”. Nadie imaginaba entonces hasta donde llegaría este incipiente cantante.
El joven Plácido ni siquiera pensaba en ser cantante, su mayor deleite estaba en andar de juerga con un grupo de amigos, visitando burdeles, fiestas y reuniones de amigos. Dondequiera que iba le pedían que cantara; era casi siempre el centro de atracción por su buen físico y excelente voz. Fue entonces cuando uno de sus amigos le hizo ver que estaba perdiendo el tiempo. Con esa voz debía presentarse a realizar una prueba en la Opera Nacional. Plácido hizo caso de la sugerencia, y aunque se equivocó en una de las notas, al final fue aceptado. Aunque se le dijo que su voz era de tenor, no de barítono como el lo pretendía.
Se inició con pequeñas participaciones y en 1961 tuvo la oportunidad de cantar interpretar su primer papel protagónico en La Traviata, en la ciudad de Monterrey. Posteriormente debutó en los Estados Unidos en un papel secundario de Lucía di Lammermoor, hasta llegar a Telaviv, donde vivió una de las más duras experiencias con una directora extremadamente exigente, pero que le ayudó a preparase para alcanzar niveles jamás por él imaginados. Después fue llamado a Nueva York y de ahí a los mejores recintos de ópera de todo el mundo.
Es muy común que se compare a Plácido Domingo con Luciano Pavarotti. A mí, en lo personal me gusta más la voz de Pavarotti y de Domingo prefiero su corazón, porque es mucho más grande que su voz.
El terremoto del 19 de septiembre de 1985 hizo que Plácido cancelara de inmediato todos sus compromisos con la ópera, para venirse de inmediato a levantar piedras en los edificios caídos de Tlaltelolco. Poco le importó encallecerse sus delicadas manos de pianista, ni correr el riesgo de dañarse la voz con el excesivo polvo de los escombros. En una entrevista realizada por Jacobo Zabludosky, Domingo confesó que no eran momentos para andar con remilgos, lo que más importaba era salvar vidas.
No logró rescatar a sus tíos, quienes murieron enterrados en el colapsado edificio Nuevo León, pero hizo mucho con sus manos e inspiró a muchos otros para que ayudaran económicamente a los afectados, incluso el fundó un fideicomiso para entregarle casas a quienes perdieron su vivienda. Y fue por todo el mundo realizando conciertos para recaudar fondos para los damnificados.
Un periodista le preguntó en aquella ocasión “¿que ganó con aquella experiencia tan intensa?” y Plácido entre otras cosas le dijo: “En todas las experiencias que tenemos en la vida, sean trágicas o no, algo se pierde, algo se gana, algo se aprende”