lunes, 17 de agosto de 2009

LA PESTE

A finales de la Edad Media floreció el comercio de los europeos con los mercaderes de Asia. Los comerciantes genoveses y venecianos lograron enormes riquezas negociando con sedas, especies y exóticas mercancías que eran sumamente apreciadas por los europeos, aunque jamás imaginaron que en aquellas enormes cajas que transportaban los barcos venía encerrada “la muerte negra”. Llegó con las ratas y las pulgas, pasajeros comunes de los barcos. Mismas que se bajaron en los puertos y propagaron a diestra y siniestra su fatídico mal.

De improviso apareció en todo el sur de Italia una rara enfermedad que liquidaba a los enfermos después de tres días de intensa agonía, durante los cuales escupían sangre, deliraban y se llenaban de ronchas y grandes tumores. Aquello era algo nunca visto, y se tomó como un castigo divino por los grandes pecados de la humanidad.

Mas otros pensaron diferente y culparon a los judíos, a los leprosos y los extranjeros. ¡Ellos eran quienes habían contaminado los posos!; fue así como se desató una violenta acometida contra todos ellos. Los acusados fueron quemados, apedreados, arrojados a los ríos, pero aún así “la muerte negra” continuó propagándose.

La mayoría de los infectados eran pobres, quienes vivían en precarias condiciones de higiene y alimentación.

Fueron tantos y tantos los muertos, que hubo pueblos enteros que fueron aniquilados; ya no había quien enterrara a los muertos. Los cadáveres quedaban tirados por las calles sin que nadie quisiera acercarse a ellos. No había madera suficiente para hacer tantos ataúdes. Y sabiendo del grave peligro de contagio, la gente huía de los enfermos, aún cuando fueran los miembros de su propia familia.

Los médicos, intentando evitar el contagio, se vistieron con ropas largas y se cubrían totalmente la cabeza. En la nariz se colocaban una especie de pico de ave rellena de algodones empapados en sustancias aromáticas para evitar el contagio por inhalación. También recomendaban quemar hierbas aromáticas en las calles, por lo cual pronto todas las calles estaban llenas de fogatas con densas humaredas cuyo único logro fue hacer que el viento oliera a humo de yerbas y podredumbre de peste negra.

Pero ni los médicos se salvaron, al igual que poetas y escritores, comerciantes y gobernantes, pobres y ricos, hasta el mismo rey de Castilla Alfonso XI sucumbió ante la peste. Se cerraron los palacios y los pueblos. Llegó el hambre porque los campos quedaron sin trabajarse. Las granjas quedaron abandonadas. Nadie quería tener contacto con nadie, pero la peste no amainaba.

Desde Italia el mal subió al norte de Europa, expandiéndose por Francia, España, Inglaterra y hasta Rusia. Muchos perdieron la fe porque sentían que Dios los había abandonado. Otros se entregaron a extravagancias y excesos religiosos. Surgió un grupo de fanáticos a quienes llamaron “los flagelantes”, que iban de pueblo en pueblo, con la espalda descubierta y azotándose unos a otros como expiación de sus pecados. Aunque también servían de verdugos para todos aquellos que ellos consideraban que eran culpables de su desdicha.

La peste negra arrasó con China e India, acabando en este último país con más del 60 % de la población. En Europa el daño no fue menor: En Sevilla murieron más de 200 000 personas, en Londres la población quedó reducida a la mitad, Escocia perdió una tercera parte de su población, Francia cerca de la mitad, mientras que algunas ciudades alemanas tuvieron pérdidas elevadísimas. En toda Europa se calcula que murieron con el contagio 25 millones de personas.